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Un Rey y un reinado que nos transforma
No dejemos de alabar al Señor en la medida que lo honramos y servimos en los más pobres y necesitados.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



Los títulos cristológicos que aparecen en la Biblia exaltan la grandeza y la majestad de Nuestro Señor Jesucristo. Al concluir el año litúrgico, ponemos en la cúspide del mundo, en el centro de nuestra vida y en el corazón de la Iglesia uno de esos títulos honoríficos para reconocer y honrar a Jesucristo como Rey del Universo.

Este título quiere expresar la excelencia y centralidad del Señor Jesús, como lo dice el cántico de la carta a los Filipenses con una solemnidad que conmueve: “Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre que está sobre todo nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Filip 2, 10).

Al celebrarlo con solemnidad y al suplicar con insistencia que venga su reino sobre nosotros, tenemos que manifestar con firmeza nuestra fe para llegar a confesar, como San Pablo en la segunda lectura, que: “Cristo tiene que reinar hasta que el Padre ponga bajo sus pies a todos sus enemigos”.

Este anhelo paulino puede estar marcado por la nostalgia, al constatar tantas situaciones en el mundo donde no ha llegado todavía el reino de Dios. Como cristianos solemos señalar dónde no se está realizando el reino de Dios.

El mundo está lleno de situaciones de miseria, de sufrimiento y de pecado. Sin embargo, la fiesta que celebramos debe llevarnos más allá de esta constatación nostálgica. Si de suyo es preocupante y desalentador lo que alcanzamos a ver en nuestra sociedad, es todavía más triste y hasta vergonzoso darnos cuenta que entre nosotros, en nuestro propio corazón, el Señor no reina por completo.



De ahí que lleguemos a reconocer todas las implicaciones de una fiesta litúrgica como ésta, para que no solo constatemos que está reinando la injusticia, que se está imponiendo el pecado y que se está extendiendo la oscuridad en el mundo, sino que también aceptemos que en nuestra vida Jesús todavía no reina como es debido.

Jesús no reina entre nosotros cuando nos reservamos algunos aspectos de nuestra vida, donde no dejamos que entre la luz de Dios y los valores del evangelio. Es como si le dijéramos a Jesús: “te acepto hasta aquí, tú llegas hasta aquí”. Sin embargo, esto o aquello es solo mío y aquí no dejo que llegue la luz de Dios ni el criterio evangélico.

Cuando vivimos de esta manera reflejamos que no tratamos a Jesús como Rey, como Dios y como el Salvador del mundo, sino que lo tratamos como un ídolo o simplemente como una divinidad para que nos facilite las cosas, nos dé protección y para que obtengamos un beneficio.

La fiesta de hoy nos lleva a comprometernos con el reino de Dios. Si queremos que Jesús reine afuera, tiene que comenzar reinando en nuestros corazones. Si nos quejamos que Jesús no reina afuera, debemos esforzarnos para que reine en nosotros y nos revista de los valores de su reino.

Por otra parte, el evangelio apunta hacia la consumación de la historia donde el Señor Jesús reconocerá como suyos a aquellos que hayan sabido reconocerlo en los pobres, en los enfermos y en los más necesitados. Nuestro amoroso pastor, como se presenta en el libro del profeta Ezequiel, será también nuestro juez.



Para que nos llegue a decir: “Vengan benditos de mi Padre”, no basta conocer a Cristo. Hay que reconocerlo y no pasar por alto su presencia en las situaciones que vivimos y de manera especial en todos los que sufren y experimentan muchas necesidades. El Señor está muy cerca, pasa a nuestro lado; lo imaginamos en las nubes y nos cruzamos con él por el camino. Los santos llegaron a entender que al final seremos juzgamos en el amor. El Señor reconocerá en nuestra vida las cicatrices del amor, es decir todo lo que haya marcado nuestra vida en la medida que amamos, honramos, defendemos y servimos a Cristo en los pobres y en los que sufren.

Por lo tanto, el amor para nosotros los cristianos es consolar y sanar; el amor se hace cargo, el amor es sentirse responsable de la situación de los demás. Aunque Cristo permanece oculto, el sufrimiento y la pobreza son el ámbito en el que Cristo se revela y donde debemos construir el reino de Dios.

Demos gracias por la dicha de conocer al Señor y en esta solemne liturgia de la Iglesia pasemos a reconocerlo y alabarlo como nuestro Rey, para que de la celebración gozosa de nuestra fe pasemos a la vivencia gloriosa de la misma.

No dejemos de alabar al Señor en la medida que lo honramos y servimos en los más pobres y necesitados. Que de esta forma sigamos construyendo el reino de Dios, para que también a nosotros nos sorprendan las palabras de nuestro Rey: “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.







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