Menu


Los millones de talentos
Por la fe nos hemos sentido consolados, pero también provocados porque la fe nos lleva más allá de las dificultades.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



Cuando observamos nuestro trabajo y tareas particulares nos sentimos satisfechos por el esfuerzo realizado para alcanzar tantas metas en la vida.

Sin desconocer ni minusvalorar esta parte, y haciendo una revisión más profunda, llegamos a la conclusión de que muchas cosas se nos han concedido, tantos dones han llegado gratuitamente a nuestra vida No trata de desdeñar esa experiencia que da mucha satisfacción, al lograr cosas que de verdad hemos conseguido a base de desvelos, sacrificios y un grande esfuerzo.

Pero hace falta admirarse y agradecer todo lo que hemos recibido. Hemos sido bendecidos por Dios que ha adornado nuestra alma con muchas cualidades. Ahora se habla de millones y el evangelio se refiere a los talentos que hemos recibido.

De manera inmerecida Dios nos ha concedido tantos talentos. De algunos somos conscientes y quizá sea necesario reconocer otros que también han llegado a nuestra vida.

En las comunidades cristianas constatamos los talentos de los hermanos. Por ejemplo, las personas que tienen una gran sensibilidad y una capacidad muy especial para las relaciones humanas e interactuar con los demás; los hermanos que se distinguen por su especial nobleza que los hace ser personas cabales, personas de bien y de comunión; hermanos que tienen una grande disposición para estar pendientes de las necesidades de los demás, al grado incluso de fijarse más en las necesidades de los demás que en los propios. Son dones que no tuvimos que capacitarnos ni hacer cursos especiales para conseguirlos, sino que se nos concedieron gratuitamente, como parte de nuestra personalidad.



Al respecto dice San Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1Cor 4, 7). De qué me puedo jactar, si el Señor así me ha distinguido con dones muy especiales.

Una cosa diferente es cuando la persona no tiene buena autoestima y se lastima en la percepción de sí misma, dejando de reconocer y confiar en el potencial de sus propias cualidades.

Cinco recomendaciones para considerar los talentos que hemos recibido.

En primer lugar, hay que agradecer. No podemos crecer en soberbia, ni alardear que somos muy buenos y capaces. Hay que aceptar en el hecho de que son cualidades que han llegado gratuitamente a nuestra vida.

Se impone la gratitud porque el Señor nos ha distinguido a todos. Nadie se ha quedado sin talentos, en la proporción que la providencia de Dios ha dispuesto. Por eso, en el evangelio a uno se le dieron 5 millones, a otro, 2, y, a otro, 1.



En segundo lugar, no hay que tener miedo de esas cantidades que se nos han entregado, de ese potencial que hemos recibido y del que se espera tanto. No se trata de reconocerlo de manera timorata, ni tampoco utilizarlo para el lucimiento personal, sino para dar gloria a Dios y servir a los hermanos.

En tercer lugar, tenemos que aceptar que no se nos ha repartido igual para todos, pero a cada uno se nos han otorgado infinidad de dones. De ahí que el evangelio hable de millones. El que recibió dos millones no se quejó del que recibió cinco, y viceversa. A todos se nos ha repartido en abundancia.

El problema es que el pecado no nos permite ver y valorar la inmensidad que cada uno ha recibido y provoca la envidia, es decir, la tristeza por el bien ajeno. En vez de disfrutar y celebrar que las personas sean competentes, entra la envidia que nos lleva a ambicionar otras cosas, dejando de ver la inmensidad de lo que hemos recibido. Por tanto, no hay que tener miedo ni mucho menos envidia, porque Dios nos ha dado a todos, conforme a su infinita bondad.

En cuarto lugar, estos dones deben activar nuestra vida. No son dones para presumir, ni para ir por la vida comparándonos con los demás, y asegurando que somos mejores que los otros. Son para la gloria de Dios y el servicio de los hermanos. No son dones en sentido pasivo, sino en sentido activo. ¡Cuánto bien podemos hacer, a partir de estos dones, en la vida de los demás!

Finalmente, estos dones nos llevan a ser emprendedores. La fe es creativa, pues trata de sobreponerse a las dificultades. Por eso, al final el Señor llama a cuentas a las personas para ver cuánto han producido con estos millones que se les concedió.

Por lo tanto, no hay que limitar ni encapsular el poder de la fe, pues la fe no solo nos hace sentirnos bendecidos, protegidos y consolados, sino que también nos hace sentirnos provocados para que nos activemos delante de los desafíos y produzcamos conforme al potencial que se nos ha confiado.

Por la fe nos hemos sentido consolados, pero también provocados porque la fe nos lleva más allá de las dificultades, nos hace emprender, arriesgar y confiar incondicionalmente en el Señor. La fe invita y motiva para que produzcamos de acuerdo a los talentos que cada quien ha recibido.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |