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Inviten al banquete a todos los que encuentren
El Señor es magnánimo, el mismo prepara la fiesta y Él mismo otorga el traje.


Por: Pbro. Francisco Ontiveros Gutiérrez | Fuente: Semanario Alégrate



El banquete de bodas

El Señor Jesús continúa hablando en parábolas con los mismos interlocutores con los que lo ha venido haciendo desde atrás. Ya los fariseos se encuentran desesperados y no hallan el modo perfecto de enredar a Jesús y hacerlo caer en sus propias palabras (cfr. Mt 21, 15). En esta ocasión Jesús está utilizando como centro de su mensaje una de las fiestas con mayor simbolismo, trascendencia y derroche de la sociedad de su época: la boda. Las bodas en los tiempos de Jesús eran unas fiestas impresionantes, llevaba varios días celebrar una de ellas; no era un evento de un rato. Lo que se celebraba el día de la boda era el cumplimiento de un pacto que llevaba tratado varios años atrás. Venían todos, hombres y mujeres y era la fiesta de todos, se dice que las mujeres se integraban ayudando mientras todos gozaban los tres a siete días de comilonas y bebidas. ¡Una verdadera fiesta!

El centro del problema

No se trataba de una boda cualquiera, ni siquiera era la boda del hijo de un gran funcionario en la que todo estaba elegantemente dispuesto y el derroche se dejaba ver por todos lados. Se trataba, nada más y nada menos, que la boda del hijo del rey. Nadie podía quedar al margen de esta celebración, todos debían estar. Es así que, una vez que todo estaba listo y al punto, el rey manda a los criados a traer a los invitados. Pero, de manera muy extraña y contrastante, los invitados deciden no asistir por razones que no se comparan con la grandeza de la fiesta: unos se fueron a sus fincas, otros se metieron en sus negocios, y unos más con una ira incontenible mataron a los enviados del rey. Parece gracioso, pero la resistencia y negativa es para participar en la fiesta más esperada por todos.

El traje de bodas



Fueron todos los que aceptaron la invitación. Cuando ya estaba el festejo, el rey comenzó a mirar a sus comensales y notó algo extraño: había uno que no llevaba el traje para la fiesta. Y de manera inesperada lo sacó de su banquete. ¿Es que siempre es preciso vestir el traje de fiesta?, ¿cómo sabía ese hombre que no tenía invitación que de momento se le invitaría a la boda?, ¿había, ahí mismo, trajes y él se rehusó a usarlo? El Señor es magnánimo, el mismo prepara la fiesta y Él mismo otorga el traje, sólo resta aceptar, usar el traje y entrar al festín de manjares suculentos.







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