El encuentro con Cristo a través del migrante
Por: Celeste del Ángel | Fuente: Semanario Alégrate

Son la noticia de todos los días: Centroamericanos hacinados en contenedores de carga, venezolanos viviendo en condiciones infrahumanas en garitas, haitianos en los cruceros vehiculares tratando de ganarse la vida para comer. Y aunque debería de ofendernos las condiciones en que viven estas personas, la realidad es que para la mayoría de la población representan una “molestia” o incluso “amenaza” el que una persona migrante que ha decidido abandonar su país de origen, se aventure a atravesar nuestro territorio o decida quedarse aquí.
Muchos de ellos se han visto en la necesidad de pernoctar en lugares públicos provocando el desagrado de los lugareños, o peor aún, consiguiendo trabajo en su travesía quitándole la oportunidad a alguien del lugar. Cualquiera de los dos escenarios son situaciones que ellos no buscaron, se vieron en la necesidad de hacerlo para no morir de hambre. El migrante es alguien desplazado, no emigra por gusto, sino por necesidad al verse violentado por gobiernos autoritarios que amenazan su integridad física y personal, peligran sus familias que sufren por la delincuencia y las pocas oportunidades de vida que les ofrece su lugar de origen.
Nuestra situación actual como residentes tampoco es la mejor, pero hemos tenido la oportunidad de aprender a dar al que necesita y cobijar al desprotegido, somos una nación que nos ha tocado estar en las buenas y en las malas y a levantarnos de las desgracias.
En el marco de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, próxima a celebrarse el 24 de septiembre de 2023, el Papa Francisco reflexiona sobre la “libertad de migrar o quedarse”, donde nos señala la participación de todos para lograr el bien común y respeto a los derechos humanos. “Migrar debería ser siempre una decisión libre; pero, de hecho, en muchísimos casos, hoy tampoco lo es”, denuncia Francisco. Indicando además que los “conflictos, desastres naturales, o más sencillamente la imposibilidad de vivir una vida digna y próspera en la propia tierra de origen obligan a millones de personas a partir”.
Recordando las palabras del Evangelio: “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25,35- 36), el Santo Padre nos invita a todos a practicar las obras de misericordia con los migrantes.
Hace algunos años vi la película francesa “Ser digno de ser” (Vas, vis, et deviens, 2006), donde se narran las peripecias que tiene que sufrir Schlomo, un niño etíope, para lograr huir de la guerra civil que azota su país, y poder salvarse en una operación humanitaria que lo llevará a vivir a Tel-Aviv, pero él nunca olvidará que debe regresar a su tierra natal. Por aquí les dejo la liga de la película para que puedan disfrutarla y reflexionar. El migrante en su camino viene pasando penalidades, frío, asaltos, vejaciones, el abandono de sus seres queridos y a veces muertes. Nadie se muda de lugar con el ánimo de medrar a los demás, sino que va en busca de una oportunidad de vida. Al tender la mano a los que carecen de lo más esencial, estaremos ayudando para que esa persona tenga acceso a un desarrollo humano integral. Sólo así se podrá ofrecer a cada uno la posibilidad de vivir dignamente y realizarse personalmente y como familia.
















