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Una de las claves:equilibrar trabajo y hogar
Dos son los pasos que hay que dar para conseguirlo: primero, reconocer que el trabajo no lo es todo; segundo, que la familia es, a la vez, fuente de ocio y de obligaciones.


Por: Carlota de Barcino Fuente |




Una de las claves del éxito profesional es equilibrar el trabajo y el hogar.

Hojeando novedades en una librería, di con un libro que incluía, entre las siete claves del éxito profesional, la de equilibrar trabajo y hogar. Leí el capítulo con verdadera avidez. ¿Usted también se pregunta cómo conseguirlo?

El libro, con un título tan llamativo como “Los siete secretos de la mujer de éxito”, al momento captó mi atención. Su autora muestra bastante experiencia en temas de organización empresarial relacionada con la mujer [1].

Después de varios estudios y entrevistas a mujeres con puestos de alta responsabilidad en el mundo empresarial, reconoce siete elementos comunes que las han conducido al éxito. Enunciaré cada uno de esos elementos, deteniéndome en aquél que más me llamó la atención, y el único no estrictamente relacionado con la dinámica organizativa de una empresa.

El libro recomienda a la empresaria tener un mentor o tutor en la empresa, que la forme, la apoye y aconseje, indicando el camino y los obstáculos con que se encontrará en el desarrollo de su trabajo. En segundo lugar, que su trabajo sea visible, que desarrolle iniciativas abiertamente, mostrando con naturalidad su preparación.

Otro de los secretos es desarrollar una red de trabajo efectiva, lo que significa establecer contactos con personas que puedan enriquecer nuestro trabajo, o con las que se pueda mantener cualquier tipo de colaboración o intercambio de información. La cuarta clave es saber comunicarse con efectividad (con los cargos superiores, los compañeros del departamento, en juntas de trabajo y negociaciones).

Asimismo, es preciso desarrollar la capacidad de asumir riesgos inteligentes y comprender las políticas de la organización donde se trabaja. Sin embargo, quien es capaz de poner en práctica todos estos elementos, todavía no puede ser considerado una persona de éxito en los términos en que la autora lo presenta.

Falta un requisito fundamental, que relaciona la eficacia en la empresa con la vida personal: el equilibrio entre trabajo y familia.

Dos son, en mi opinión, los pasos que hay que dar para conseguirlo: primero, reconocer que el trabajo no lo es todo, y que necesitamos disfrutar del tiempo libre; segundo, que la familia es, a la vez, fuente de ocio y de obligaciones, y que ambos aspectos deben ser compartidos por la pareja. Si se dan estos dos pasos, hombres y mujeres disfrutaremos de la familia como nuestro mejor tiempo de ocio.

Con relación al primer paso (la necesidad del tiempo libre), en una entrevista realizada por la revista Men’s Health [2] acerca del equilibrio entre vida privada y profesional, un gran número de hombres se quejaban de tener que hacer auténticos actos de malabarismo para conciliar el trabajo y el tiempo libre.

Comentando este tema un grupo de mujeres, se rieron... ¿Tiempo libre? Eso ni siquiera entraba en sus actos de malabarismo... ¡Las responsabilidades diarias relacionadas con el hogar y los hijos, absorbían toda su dedicación fuera del tiempo de trabajo!

Ciertamente, los hombres empiezan a mostrar una mayor tendencia a lo que en Estados Unidos se conoce como “downshifting”. Especialmente los ejecutivos de nivel superior e intermedio, se dan cuenta de que los horarios exhaustivos de trabajo, la tensión continua por ganar más éxito y dinero, la competencia feroz con sus compañeros, no les hacen felices.

A menudo optan por una mejor calidad de vida que les permita recuperar el tiempo dedicado a su familia, a actividades creativas, o al simple disfrute de la naturaleza, aunque ello conlleve reducir el ritmo de vida y ciertas comodidades a que estaban acostumbrados. Y declaran disfrutar más un picnic que una cena en el restaurante más lujoso de la ciudad, el turismo rural en lugar de un crucero por el Caribe, la compañía de sus hijos en vez de esas largas veladas con compromisos profesionales.

Así pues, la calidad de vida no siempre se mide por el nivel de bienestar material de que dispongamos.

También es la capacidad de realizar actividades con el simple fin de disfrutarlas (o de disfrutarlas en compañía de las personas más queridas) [3]. Jugar con los niños, hacer deporte, bordar, pintar, cocinar, leer, pueden reducir la tensión, la ansiedad y la frustración; llevan a relaciones más saludables, a mayor creatividad y confianza; a desarrollar con naturalidad nuestra personalidad, siempre y cuando no nos tomemos todo como un reto o como un deber más.

Conozco mucha gente que tiene dificultades para hacer algo que le parece “improductivo” y sin resultados cuantificables que justifiquen el tiempo dedicado. Pero, ¿qué pasa con la mujer? Mientras los hombres empiezan a buscar ese tiempo libre, ellas piden horarios flexibles de trabajo, no para disfrutar de la lectura, el deporte o la naturaleza, ni siquiera para disfrutar de la familia; parece bastarles el tiempo suficiente para poder atender las necesidades de sus hijos, de su casa y de su marido: la compra, las citas en el colegio, la visita al médico...

Realmente, no parece que hombres y mujeres tengamos las mismas aspiraciones, y sin embargo, el ocio resulta indispensable para el éxito, no sólo como profesional, sino también, como madre y esposa. Las mujeres de hoy nos estamos convirtiendo en los hombres de las generaciones pasadas: sufrimos más ataques cardíacos, fumamos más, tenemos más depresiones, y experimentamos una mayor tensión en todos los aspectos de nuestra vida.

Precisamente, porque todo en nosotras está relacionado: mi rendimiento en el trabajo desciende cuando sé que mi hijo está en cama con fiebre en manos de una niñera, o que en ese momento está actuando en la representación teatral del colegio y me busca entre el público; y sufro cuando tengo que salir de viaje varios días y sólo podré escuchar el relato diario de sus actividades escolares por teléfono, sin poder ayudarle con los deberes...

El primer paso para solucionar esta situación, ya lo ha dado un gran número de hombres, que reconocen que el trabajo no lo es todo, y que la vida debe disfrutarse más. ¡Estupendo! Por el contrario, para que una madre se lo llegue a plantear, es necesario que el hombre, una vez reajustados sus horarios para permitirse mayor tiempo libre, lleve a cabo en este tiempo una parte de las obligaciones familiares que, hasta ahora, han recaído casi exclusivamente en la mujer.

Ese es el segundo paso que todavía muchos hombres no han dado. Sé que la mayoría de las lectoras desearían que sus hijos las vieran más a menudo disfrutando con ellos, y menos, trabajando en la casa o exigiéndoles sus deberes. Pero, ¿cómo hacerlo? Mi primera respuesta sería: programa tu semana junto a tu marido, de modo que el tiempo fuera del horario laboral esté equitativamente repartido (o, mejor, compartido: hacer las tareas domésticas a la vez, permite poder disfrutar del ocio simultáneamente).

He aquí el segundo paso: compartiendo las responsabilidades familiares, hombre y mujer podremos disfrutar en familia ese tiempo libre que descansa, renueva y equilibra a la persona. Por otra parte, si es cierto que nuestra familia necesita que se le dedique el tiempo libre, a veces puede llegar a necesitarnos en el horario de trabajo. ¿Qué hacer en esos casos? El libro ofrece una respuesta muy sencilla: reconoce que necesitas ayuda, y hazlo saber en tu entorno laboral.

A las mujeres nos cuesta especialmente reconocer que no podemos con todo lo que se nos encomienda, y callamos para evitar dar la impresión de incompetencia o falta de experiencia.

Así pues, lo primero es aprender a pedir ayuda (en el caso de puestos de base o intermedios) o delegar de manera efectiva (en los cargos directivos). Una característica común de todas las madres ocupando con éxito puestos directivos es su capacidad para delegar, estableciendo muy bien las líneas de actuación y supervisando con eficacia. Otra, es que han determinado bien sus prioridades. El libro narra ejemplos de ejecutivas de muy alto nivel en multinacionales, cuya prioridad número uno es la familia, y manifiestan abiertamente sus ausencias por temas familiares, negociando eficazmente una flexibilidad que les permita trabajar por resultados o recuperar de otro modo ese tiempo. Y sus empresas les apoyan.

Ciertamente, han sabido ganarse esa confianza y su valía profesional es reconocida. Las mujeres en cargos no directivos, también necesitan a menudo tomar algún tiempo de trabajo por causa de la familia. Es necesario establecer una comunicación fluida con el jefe. Si éste pertenece al cada vez más reducido grupo de empresarios que no reconocen la importancia de la familia, pueden surgir situaciones difíciles.

Sería muy útil discutir el tema, de manera que se puedan hacer arreglos alternativos por adelantado (programar la agenda para llegar más temprano, trabajar tarde, o incluso llevar trabajo a casa en ciertos casos). Si los directivos masculinos, en la recta final de su carrera profesional, empiezan a decir que se arrepienten de no haber pasado más tiempo con su familia, ¿vamos a esperar a estar en la misma situación para constatarlo?

¡Aprendamos de los errores de nuestros compañeros, y empecemos ya mismo a marcar esas prioridades! Y, por favor, ¡dejemos de ver nuestra maternidad como un cúmulo de responsabilidades y consideremos el tiempo con la familia como el más satisfactorio de todos los que conforman nuestra jornada!

Si honestamente constatamos que el tiempo libre que nos queda al final de la jornada laboral es excesivamente reducido, o que no contamos con la flexibilidad suficiente para atender necesidades familiares, entonces deberíamos plantearnos: ¿Es la familia mi prioridad? ¿Estoy dispuesta a detenerme en el umbral del cargo directivo, a cambio de más tiempo de calidad fuera del trabajo? ¿Soy consciente del valor de una persona que aporte serenidad y equilibrio al crecimiento de los hijos y la vida de pareja? [4]

Hace unos años, tras un grave terremoto en Los Ángeles, la mayoría de las carreteras de acceso a la ciudad quedaron seriamente dañadas. Como consecuencia, el trabajo a distancia se convirtió en una necesidad instantánea. Las empresas no tuvieron tiempo de realizar estudios de factibilidad, y el cambio de organización se llevó a cabo de un día a otro. Sorprendentemente, un gran número de empresas se dieron cuenta de que su productividad no disminuyó. De hecho, muchos de sus empleados prefirieron este estilo de trabajo y mostraron su viabilidad.

La lengua china es muy sabia: crisis y oportunidad son la misma palabra. Aprovechemos la crisis de tantos trabajadores masculinos que, al final de carreras llenas de éxito, vuelven su mirada y lamentan tantas horas robadas a esos hijos que ya son padres y madres y que, recordando la ausencia de su padre, se han propuesto no reproducir esas pautas. ¿Tendremos que esperar muchos años para llegar a la misma conclusión? ¿Contaremos con la ayuda de los hombres –en el trabajo y en el hogar- para que la familia sea nuestra mayor fuente de satisfacción? De nosotras depende: establezcamos prioridades y defendámoslas.

Bibliografía

[1]“Los siete secretos de la mujer de éxito”, de Donna y Lynn Brooks, Editorial McGraw-Hill, 1997. La autora es experta en desarrollo de adultos y organizacional, y vicepresidenta ejecutiva en EEUU de la European Women’s Management Development Network, con sede en Bruselas.

[2] Men’s Health Magazine, 8 (3), 8, 1995.

[3] P. Roberts: “The art of goofing off”, Psychology Today, 28 (4), 1996. [4] A. McGee-Cooper: “You don’t have to go home from work exhausted”, Bantam, New York, 1990.





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