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Santísima Trinidad: experiencia de fe y amor
El Espíritu Santo, que hemos recibido en Pentecostés, nos ayudará no solo a entender, sino admirar el misterio de la Santísima Trinidad.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



Ante el misterio de Dios estamos invitados a hacer profesión de fe, como San Pedro que ante la pregunta de Jesús llega a proclamar: “Tú eres el Cristo”. Sin embargo, junto a la profesión de fe es necesaria también la confesión de amor, exactamente como San Pedro que ante la pregunta reiterada de Jesús llega a exclamar: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”, como reflexionábamos en los últimos días de la pascua.

Situados este domingo frente al misterio de la Santísima Trinidad necesitamos adorar, alabar y bendecir al Señor para que, inflamándonos de amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, progresemos en el conocimiento de Dios Uno y Trino.

En su infinita misericordia el Señor ha corrido el velo y se ha ido manifestando a los hombres; lo que veíamos veladamente ahora lo vemos con entera claridad, a través de Jesucristo, Hijo del Padre. Por su parte, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, ha venido desarrollando una reflexión teológica tan profunda y apasionante que nos lleva no solo a la profesión de fe, sino también a la confesión de amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Lo que nos lleva a la alabanza, a la contemplación y a la acción de gracias es el reconocimiento y la constatación de todo lo que el amor de Dios ha hecho por nosotros. Por eso, antes de nuestra profesión de fe nos conmueve la profesión de fe y la confesión de amor de Dios hacia nosotros.

El Padre llega a exclamar: “Yo soy para Israel un padre… ¿No es mi hijo predilecto, mi niño mimado? Pues cuantas veces trato de amenazarlo, me acuerdo de él; por eso se conmueven mis entrañas por él, y siento por él una profunda ternura” (Jer 31, 9. 20).



Y en Oseas encontramos otra maravillosa confesión de amor de Dios: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo… Yo le enseñé a caminar, tomándolo por los brazos, pero no reconoció mis desvelos por curarlo. Los atraía con vínculos de bondad, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer… Mi corazón está en mí trastornado, y se han conmovido mis entrañas” (Os 11, 1. 3-4. 8).

Cuando el Señor se digna acercarse a nosotros y se presenta como un Dios compasivo, paciente, clemente, misericordioso y fiel, nuestro corazón se siente conmovido para responder, como Moisés: “Si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros, aunque este pueblo sea de cabeza dura; perdona nuestras iniquidades y pecados, y tómanos como cosa tuya”.

El Hijo, por su parte, revela y encarna este amor incondicional del Padre, no solo con su palabra, sino también con la entrega amorosa de su propia vida: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él” (Jn 3, 16-17).

El Señor Jesús, finalmente, habla del Espíritu Santo como el Consolador, cuya acción nos hará comprender el alcance de su palabra: “Les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho” (Jn 14, 26). El Espíritu Santo nos ayuda a descubrir la presencia secreta y eficaz del Señor, en medio de la dureza de los acontecimientos. De esta forma, el Espíritu de Dios no sólo revela el sentido de la historia, sino que también da la fuerza para colaborar en el proyecto divino que se realiza en ella.

Los santos y doctores de la Iglesia han intentado utilizar algunas imágenes para explicar este misterio de la fe -aún con la limitación de estas imágenes para comprender la inmensidad de la Santísima Trinidad-, como la hoja de Trébol de San Patricio. Sin embargo, imágenes como ésta nos hacen admirar y percibir la excelencia de este misterio, aunque como todas las realidades humanas y materiales no puedan agotar todo su significado.



San Efrén el Sirio explicaba de esta forma el misterio de la Santísima Trinidad: “Un ejemplo del Padre lo tienes en el Sol; del Hijo, en su resplandor, y del Espíritu Santo, en su calor. Y, sin embargo, todo es una misma cosa. ¿Quién quiere explicar lo incomprensible?”.

Aún con todo lo que podamos decir y reflexionar sobre la Santísima Trinidad queremos sobre todo ser cobijados en este misterio de amor para que a la profesión de fe también agreguemos la confesión de amor. Como dice el Cardenal Raniero Cantalamessa: “Los cristianos creen que Dios es trino ¡porque creen que Dios es amor! Si Dios es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, sin dirigirlo a nadie”.

El Espíritu Santo, que hemos recibido en Pentecostés, nos ayudará no solo a entender, sino admirar el misterio de la Santísima Trinidad y nos llevará a la alabanza y la acción de gracias por la presencia real de Jesucristo en el sacramento de la eucaristía, como celebraremos en la fiesta de Corpus Christi del próximo jueves.







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