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«He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»
Reflexión del domingo II del Tiempo Ordinario - Ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”» (Jn 1,29).

Después de haber terminado el tiempo litúrgico de Navidad el domingo pasado con la Fiesta del Bautismo del Señor, comenzamos el tiempo ordinario, que en sí es un tiempo extraordinario, ya que, como sucede en el día de hoy, nos regala el Señor una Palabra de salvación, una palabra que sigue teniendo vestigios de la Fiesta del Bautismo del Señor.

Me impresiona el versículo del pasaje del Evangelio que da título a esta reflexión en la que Juan Bautista presenta a Cristo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29), porque así como el ángel le dice a José lo siguiente: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21), en el día de hoy vuelve el Señor a hacer hincapié en que Cristo es el salvador de toda persona, realizando como otra especie de Epifanía. Así, mientras rezaba con el texto imaginaba el camino de los Reyes Magos con dirección a Belén siguiendo la guía que Dios les había marcado hacia Cristo, y pensaba en cómo les presentarían a Cristo con esas mismas palabras: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); el Rey de los judíos que reina de forma muy diferente a los demás reyes: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,25-28).

Así ya en la primera Lectura de la Liturgia de la Palabra de hoy, se nos revela a Cristo como el Siervo de Dios: «Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y de hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (Is 49,6), y se nos invita a rezar de corazón el versículo del Salmo Responsorial: «Heme aquí que vengo, para hacer tu voluntad» (Sal 39,8-9), tal y como lo llevaron a la práctica nuestra Madre la Virgen María (Lc 1,38) y siempre nuestro Señor Jesucristo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,39).

Porque la vida de Jesucristo fue una ofrenda absoluta a la voluntad de Dios Padre, caracterizada por una continua humillación por amor a Dios y a toda la humanidad: «Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre» (Flp 2,5-9).



Así, en primer lugar el Señor nos hace una llamada a creer en el amor tan grande que nos tiene Dios manifestado en su Hijo Jesucristo, sabiendo que tiene poder sobre el pecado y la muerte: «Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24); «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17).

Y en segundo lugar nos invita el Señor a acogerle para ser UNO CON ÉL, profundizando en la intimidad con Él por medio de la oración, de la escucha de su Palabra, de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, para que, como decía la Santa Madre Teresa de Calcuta, tomando las palabras del Santo Cardenal Newman: «Quien me vea a mí, que te vea a ti»; es decir, el Señor nos llama a que los demás vean en cada uno de nosotros al Cordero de Dios, que vivió amando hasta el extremo (Jn 13,1): «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no os resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,38-41.43-48).

Por tanto, el Señor vuelve a pedirnos hoy que le sigamos, que le acojamos, que le amemos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,24-26); «Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor. Os digo, pues, esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, según la vaciedad de su mente, a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4,1-2.17.22-24). Feliz domingo.







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