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La Doctrina Social de la Iglesia en la familia
Aplicación de los principios de la doctrina social de la Iglesia a la vida familiar


Por: Francisco de Paula Cardona Lira | Fuente:



Bien sabemos que la familia es la escuela donde los hijos aprenden a vivir en sociedad, donde ellos desarrollan las virtudes que les han de permitir ser mejores personas, a convivir como personas en su comunidad.

La familia cristiana ha de ser ese lugar donde los hijos aprenden a vivir como cristianos, donde desarrollan las virtudes cristianas y a vivir cristianamente en la comunidad. Si no aprenden en casa a hacerlo, ¿dónde lo harán?

Por esta razón, la Iglesia nos invita a que nos esforcemos para que nuestros hijos realmente aprendan a vivir como cristianos en casa: a que sean respetuosos de los demás, a que colaboren con alegría para el bien de la familia, a que compartan con generosidad lo que tienen y lo que son, a que traten cristianamente a todos sus semejantes.

Recordemos que todas las personas somos creadas a imagen y semejanza de Dios. Por ello, el trato entre todos ha de ser trato de hermanos, hermanos en Dios.

La Iglesia nos lo enseña a través de su doctrina social. Es decir, a través de las enseñanzas que nos ayudarán a vivir como verdaderos cristianos: "¡Miren cómo se aman!".

Si las vivimos y ayudamos a que nuestros hijos las vivan, estaremos colaborando en la construcción de la civilización del amor, donde se vive el mandamiento más importante de Dios: "Ámense los unos a los otros como Yo los he amado".



PRINCIPIO DE LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

El primer principio y más importante de todos es este:

Reconocer, respetar y vivir unos con otros porque tenemos una dignidad inmensa, pues todos somos hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza.

Todos los seres humanos compartimos esa dignidad. Todos merecemos ser respetados. ¿Acaso alguien tiende derecho de ofender a otro? El Señor nos dice: "Ámense unos a otros como yo los he amado". ¿Por qué? Porque Él sabe que todos somos sus hijos. Por lo tanto, el respeto en el trato entre unos y otros se ha de vivir día a día, en los detalles de la convivencia familiar y social:

** Respeta a tu cónyuge, aunque piense diferente.

** Respeta a tus hijos, aunque te pongan nervioso y sean traviesos.

** Respeta a tus padres, aunque cueste trabajo.

** Respeta a tus suegros, pues ellos también son personas.

** Respeta a todos los que te sirvan: al de la tienda, al chofer del autobús, al policía, al doctor, al maestro.

** Respeta a los que te ofendan, pues el Señor nos dijo: "Amen a sus enemigos".

Por tanto, todo cristiano ha de respetar la dignidad de todas y cada una de las personas que viven a su alrededor, es decir, a su prójimo. Será un verdadero cristiano, quien, a pesar de estar enojado, cansado, enfermo, aburrido o alterado, trata respetuosamente a los demás, sin ofenderlos o herirlos.

Algunos pasajes que hablan de la dignidad de la persona:

Génesis 1, 26-31: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza"

Mateo 25, 31-45: "Cuantas veces lo hicieron a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicieron"



PRINCIPIO DE LA CARIDAD

Este segundo principio se desprende de la dignidad de la persona humana, pues hay que amar (buscar el bien de los demás), por el simple hecho de que son personas.

Amar a los demás, porque Jesucristo se identifica con cada uno de nosotros. La caridad es amar a los demás porque amamos a Dios; porque amamos a Dios en los demás; porque Dios ama personalmente a cada uno. Amar como Él ama.

Amar es un acto de la voluntad. Toda convivencia humana, si es alimentada por la caridad, por el amor a Dios, se convierte en verdadera sociedad cristiana. La caridad es el distintivo del verdadero cristiano.

La llamada civilización del amor se funda, precisamente, en las relaciones de caridad fraterna que debe distinguir a los católicos bautizados.

Algunos pasajes que hablan de la caridad:

Juan 15, 12-13: "Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado"

I Juan 7-21: "Quien ama a Dios, ame también a su hermano"

Mateo 5,43-48 y San Lucas 6, 27-38: "Amen a sus enemigos,…"



PRINCIPIO DE LA JUSTICIA

Recuerda que la justicia no es dar a todos lo mismo, sino que es dar a cada quien lo que se le debe. Esto significa que a cada quien se le debe: respeto, apoyo, amor, buen trato, educación.

Para ser justo con los demás se necesita, sobre todo, reconocerlos como a una persona igual que yo, con dignidad, hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza.

¿Cómo ser justos con los demás? Pensar en "cada quien", según sea su circunstancia.

Por ejemplo, para ser justo con los hijos, tomar en cuenta la edad que tiene cada uno. A cada quien hay que tratarle según es: respetar sus derechos, su persona, su fama.

Quien es justo ama. Quien es justo reconoce la dignidad de los demás. ¿Por qué vemos tantas y tantas injusticias en el mundo? ¿No será acaso porque hay personas que no reconocen la dignidad de los demás y los tratan como si fueran cosas o animales? Si todos reconociéramos a los demás como personas les daríamos siempre lo que se les debe.

Algunos pasajes que hablan de la justicia:

Mateo 25, 31-45: "Porque estuve hambriento y me diste de comer,…"

Lucas 6, 31: "Traten a los hombres de la manera que ustedes quieren ser tratados por ellos"

Lucas 20, 20- 26: "Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios"



PRINCIPIO DE LA SUBSIDIARIDAD.

Este es un principio que tiene un nombre muy raro. Sin embargo, es sumamente importante que lo conozcamos, no por nombre, sino como principio y entendamos lo que quiere decir

La subsidiaridad consiste en ayudar a los demás a hacer algo cuando ellos por sí mismos no pueden hacerlo. Pero, esta ayuda no ha de ser para siempre, sino mientras los demás aprenden por sí mismos a hacerlo. Cuando ya es autosuficiente.

El cristiano ha de ser subsidiario mientras el otro no puede por sí mismo. En cuanto pueda, hemos de dejarlo. Él merece, en justicia, crecer como persona, aprender a ser responsable. El verdadero subsidiario se hará a un lado cuando el subsidiado pueda salir adelante por sí mismo.


EL PRINCIPIO DEL BIEN COMÚN

Todas las personas somos importantes a los ojos de Dios porque todos somos sus hijos, creados a su imagen y semejanza. Por tanto, todas las personas han de ser consideradas para que puedan mejorar y desarrollarse. No se vale permitir que unos crezcan a costa del sufrimiento de otros. El crecimiento debe ser para todos. En esto consiste el bien común, en que todas las personas crezcan cuando se toma una decisión.

Este principio nos indica que cada vez que se efectúa algo, ha de ser en beneficio de todos y cada uno de los participantes, no nada más de la mayoría de los miembros. Bien de todos. Nadie puede ser dañado en beneficio de otros. Sin amor, sin justicia, sin solidaridad, sin respeto a la persona, no habrá bien común.


LA AUTORIDAD COMO SERVICIO

La sociedad, al estar conformada por personas, debe de organizarse de tal forma que unos se encarguen de dirigir a los demás. Si así no fuera, la sociedad sería un verdadero desorden y caos. Pero, ¿por qué han de existir los gobernantes? ¿Para servirse del poder para satisfacer sus caprichos? ¿Para aprovecharse del poder?

En la sociedad más pequeña que es la familia, ¿cuál ha de ser el deber de los papás como autoridad ante sus hijos?

La Iglesia nos enseña que la autoridad es querida por Dios para ayudar a todos los miembros de una sociedad, ya sea civil (país, pueblo o ciudad) o ya sea una familia, a que alcancen todos el bien común. Por tanto, la autoridad ha de existir para servir a los miembros de la sociedad, no para que los miembros sirvan a las autoridades.

En los hogares, la misión de los papás ha de ser ayudar a sus hijos a que cada día sean mejores, a que desarrollen sus cualidades, a que sean mejores personas, mejores cristianos, mejores hijos de Dios.

Cuando eduques a tus hijos, pregúntate siempre: ¿Esto que voy a hacer, les ayuda a ser mejores? ¿No será un capricho mío? ¿No será que trato así a mis hijos como esclavos? La autoridad de los padres existe para que los hijos sean mejores personas.

Si tienes la oportunidad de llegar a un cargo de autoridad en el pueblo o comunidad, también es tu responsabilidad como católico trabajar por que todos los que están a tu cargo reciban los beneficios de tu servicio desinteresado.

Algunos pasajes que hablan de la autoridad:

Juan 13: Ahí podrás observar cómo Jesucristo, siendo Dios, se puso a servir a sus discípulos al lavarles los pies. Ahí mismo les dijo: "Ustedes me llaman el Señor y el Maestro y dicen verdad, pues lo soy. Si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros".

Lucas 9, 1-5: Jesús les da autoridad a sus discípulos para sacar los demonios, para sanar las enfermedades, para anunciar el Reino de Dios. Les da autoridad para servir a los demás, no para servirse a sí mismos.





 

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