Menu


El niño que nace, es el Rey de la gloria
Que nuestro corazón arda de amor por el rey que nacerá en nuestros hogares.


Por: Lila Ortega Trápaga | Fuente: Semanario Alégrate



La llegada de un niño siempre es motivo de felicidad, aún cuando no haya sido planeado, inclusive si en algún momento se pensó que no sería bien recibido, llenará de alegría y ternura el hogar que sabe amar. A pesar del dolor, el hambre y las angustias, el contemplar al bebé nos hace olvidar, e inclusive nos da fuerzas para salir adelante, pues la vida que comienza en el corazón que todavía sabe amar, se vuelve un gran aliciente.

Si todo esto es posible por un ser humano que recién se conoce, la gracia por saber que quien ha nacido no sólo es un hombre nuevo, además, es el Hijo de Dios, Dios mismo que se ha hecho hombre, nos debe llevar a vivir en una alegría inmensa. La misericordia infinita que nuestro Señor, habiéndonos creado apenas inferiores a los ángeles, dotándonos de libertad en nuestra conciencia y nuestro actuar, vio que no bastaba haber depositado amor eterno a nuestra alma, pues tenemos una tendencia a alejarnos de lo bueno, de la verdad y de la plenitud; es entonces que decide, en la persona del Hijo, venir a salvarnos, encarnándose plenamente, desde la concepción para vivir, desde el primer instante de vida del ser humano, todas las etapas hasta la muerte, y la resurrección para mostrarnos el camino.

Un rey, en el ámbito humano, es un hombre que tiene el honor de ser considerado el mejor de su reino, y recibe la encomienda, sea por herencia o por designio, de guiar y proteger a su pueblo, y aquellos a quienes gobierna, le rinden honores y obedecen para conseguir vivir en paz y armonía. Cuando Dios llega a este mundo, lo hace en calidad de Rey, y Rey del universo; con la misión auto asignada, de salvarnos a todos, de guiarnos al cielo, abriéndolo para nosotros y protegernos con su entrega, de la muerte eterna. Por ello Jesús, el Emmanuel, es el Dios-con-nosotros: Nos ama, se encarna, nace, vive, muere, y resucita; todo el camino que habremos de recorrer; así nos hace saber que es el primero para nosotros. Al reconocerle Rey, sabemos que le debemos el honor y testimoniar es nuestra misión para llegar a su lado un día, cuando seamos llamados al juicio final. Nuestra gloria la da el niño que ha nacido; no dejemos que nada nos distraiga de su amor, del honor de reconocernos su pueblo y sobre todo, no perdamos su luz que nos guía a la Salvación eterna. Que nuestro corazón arda de amor por el rey que nacerá en nuestros hogares.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |