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Corona de Adviento: Con un poco de prudencia
La prudencia nos ayuda a descubrir y escoger los medios rectos para alcanzar nuestras metas. Porque no basta con que el fin sea bueno para que ya automáticamente cualquier medio sea correcto y eficaz.


Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: GAMA-Virtudes y valores



“Detente, no tengas prisas”. “¿Tienes de verdad claro lo que vas a hacer?”. “Piénsalo bien, no sea que al final tengas que arrepentirte”. “Lo importante madura lentamente”. “No sigas el consejo de lo fácil. Escucha la sabiduría de las canas”.

Estos y otros consejos parecidos nos llegan una y otra vez para invitarnos a vivir una virtud que resulta central para toda vida humana: la prudencia.

¿En qué consiste la prudencia? El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1806) ofrece la siguiente definición:

“La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo”.

Con esta simple definición encontramos dos aspectos centrales de la prudencia. Uno se refiere al bien verdadero. Otro a la elección de los medios.

Nuestra vida se desarrolla en una serie continua de elecciones. Un vestido o un trabajo, una escuela o un tipo de cerradura, una comida o un paseo: a todas horas, en todos los lugares, hemos de decidir.

Las decisiones siempre miran a un objetivo: lo bueno, lo correcto. Los problemas surgen cuando “parece bueno” lo que no lo es. El paraguas más brillante resulta estar lleno de agujeros. El coche que parecía nuevo tiene serios problemas en los amortiguadores porque ya había sido usado. La tarde espléndida empleada en un paseo para oxigenar los pulmones se ha convertido en el inicio de una gripe insidiosa por culpa de un vientecillo engañoso.

Vemos así que casi todo lo que escogemos “parece ser bueno”, cuando no lo era. Otras veces, eso “bueno” nos daña de mil maneras insospechadas: o porque nos hace egoístas, o porque nos lleva a ser avaros, o porque destruye las relaciones familiares, o porque nos impide amar a Dios sobre todas las cosas, o porque nos encierra en un mundo pequeño que no deja espacio al compromiso por la justicia y por la paz.

Ante tanto error y tanto daño, la virtud de la prudencia nos lleva a reflexionar con más calma, a sopesar los pros y los contras de cada decisión, y a considerar seriamente si lo que simplemente “parece” bueno lo sea en realidad. Nos permite, en otras palabras, buscar aquel bien realizable que mejor corresponda a los deseos más profundos de nuestro corazón. De este modo, nos será más fácil acertar a la hora de escoger lo que sea realmente bueno, y lo escogeremos siempre en un horizonte de magnanimidad que nos abra al amor a Dios y al prójimo.

En segundo lugar, la prudencia nos ayuda a descubrir y escoger los medios rectos para alcanzar nuestras metas. Porque no basta con que el fin sea bueno para que ya automáticamente cualquier medio sea correcto y eficaz.

¿Quiero curar a un enfermo? Puedo darle, por mi cuenta, y sin ningún consejo, un coctel de medicinas. A las pocas horas el pobre enfermo estará, seguramente, más cercano a la muerte que a la vida... “Pero mi intención era buena”. “Sí, pero no pensaste con prudencia que lo mejor en estos casos es acudir al médico...”

Por eso, antes de tomar una opción, necesitamos pensar no sólo si es bueno lo que queremos hacer, sino también si los medios y caminos escogidos para nuestro objetivo son correctos.

Nunca está de más recordar que necesitamos una buena dosis de prudencia en las mil decisiones de la vida. Especialmente en las decisiones que deciden nuestro futuro temporal y nuestro futuro eterno.

La Escritura, por eso, nos dice: “El hombre cauto medita sus pasos” (Pr 14,15). En un salmo se nos presenta la actitud profunda de quien contempla en todo momento la Ley del Señor para adquirir un corazón sensato y prudente:

“Más sabio me haces que mis enemigos por tu mandamiento,
que por siempre es mío.
Tengo más prudencia que todos mis maestros,
porque mi meditación son tus dictámenes.
Poseo más cordura que los viejos,
porque guardo tus ordenanzas.
Retraigo mis pasos de toda mala senda
para guardar tu palabra.
De tus juicios no me aparto,
porque me instruyes tú” (Sal 119,98-102).

Así tenemos que vivir: en una meditación continua de la ley del Señor. Que nos hará ser prudentes al permitirnos descubrir el verdadero bien para nuestra vida. Que nos llevará a buscar, en un diálogo continuo con el Espíritu Santo, la luz en cada una de las mil decisiones con las que escribimos nuestra historia y la de tantos corazones que dependen de nosotros.


 

 

 

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