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Corona de Adviento: La templanza
En los días que vivimos, nuestra sociedad lo que ha olvidado con mayor facilidad es a dominar sus pasiones


Por: P. Miguel Ãngel Llamas, LC | Fuente: GAMA - Virtudes y valores



“No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena” (Si 18,30).

El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1809) nos dice: “La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad”.

Esta virtud no siempre es bien entendida. Algunos la minusvaloran como si fuera algo de caracteres débiles, pusilánimes o apocados. Otros la reducen mucho y no le dan toda la amplitud que ella tiene en la formación del hombre virtuoso. Veamos esto un poco más detenidamente.

En los días que vivimos, nuestra sociedad ha olvidado muchas cosas, aunque quizá lo que ha olvidado con mayor facilidad es a dominar sus pasiones, precisamente porque estas son lo más natural y primitivo en el ser humano. Hoy se abusa de la comida, del alcohol, del sexo, de las drogas, de la violencia, es decir, de todo aquello relacionado con los cinco sentidos que puede ser necesario como es el caso del alimento para la conservación del individuo y de las funciones sexuales para la conservación de la especie, o que incluso que no son necesarias, como es el caso de las drogas.

Hoy se achaca a los cristianos y más directamente a los católicos que no sabemos vivir porque no sabemos disfrutar la vida y sus placeres. Se mira a la Iglesia Católica con sospecha y se le echa en cara predicar una religión de lo prohibido: “no hagas, no digas, no pienses, no desees…” Pareciera que hoy los católicos estamos sobrando en un mundo que ha renunciado a mantener los tabúes de antes, y, según ellos, mantenemos estúpida y fanáticamente unos comportamientos y unas reglas aparentemente superadas. Vivimos en un siglo en el que la vergüenza ya no existe porque las acciones culpables ya no son consideradas como vergonzosas, y en el que la honestidad, que es la “disposición de lo perfecto para lo mejor” (Aristóteles), brilla por su ausencia. Cuántos de nosotros hemos olvidado de sentir pudor por nuestras faltas, dominados por el espíritu imperante; cuántas veces la sociedad acepta vicios, alentándonos a caer en ellos a través principalmente de los medios de comunicación, de las películas y de los anuncios.

Esto nos lleva a hablar del placer, porque en sentido genérico la virtud de la templanza se asocia al término “temperantia” relacionado con la moderación. A la templanza le corresponde regular los actos humanos que requieren moderación o contención. Dios, nuestro Creador, lo hizo todo bien y asoció a unos actos humanos concretos una especie de recompensa que se obtiene al llevarlos a cabo. De esa forma sabiamente determinó que los actos repetitivos necesarios para la vida como el comer y el reproducirse, entre otros, lejos de ser enojosos, cansinos o dolorosos fueran placenteros.

Hasta aquí la sabiduría de Dios es perfecta. Pero he aquí que el gran “sabio de este mundo”, la creatura humana, decidió corregir la plana al Creador y demostrarle que no es necesario mantener la relación intrínseca que Él determinó entre el acto y el placer, y así buscó disfrutar del placer evitando las cargas y las responsabilidades de los actos implicados.

Volvamos a nuestro mundo y démonos cuenta cómo muchas personas han dejado de practicar la virtud de la templanza, que es precisamente la que nos ayuda a moderar y a equilibrar los deseos de placer a los que nuestra naturaleza tiende. El apetito natural puede llevar a la persona a realizar actos que sobrepasen la norma de la razón, elevando el plano animal sobre el plano racional. Por eso la templanza debe moderar y rectificar ese apetito natural, manteniendo el justo medio, para que no pervierta el orden de la razón. Ciertamente Dios, que puso este orden entre el acto y el placer, puso también el orden en nuestras facultades: las superiores –inteligencia y voluntad– nunca pueden estar por debajo de las inferiores –sensibilidad, sentimientos, emociones.

Ahora bien, en nuestro tiempo la palabra “templanza” se ha ido reduciendo mucho hasta llegar a identificarla en ocasiones con la moderación en el comer y en el beber. La virtud de la templanza es algo mucho más amplio y de mucha mayor categoría. Es, como indicamos arriba, una virtud cardinal que conduce a la Vida.

Asimismo se ha entendido la templanza como la moderación de la pasión de la ira. Al airado se le aconseja que se modere y que no dé rienda suelta a su enojo, pero de nuevo aquí se vuelve a reducir el entorno de esta gran virtud considerándola exclusivamente como un refrenamiento de impulsos. Hay que evitar esta consideración reduccionista que nos podría llevar a ser personas tímidas, apocadas, pusilánimes, cuando en realidad un apasionamiento bien dirigido siempre es el mejor camino para emprender grandes obras y elevadas empresas.

Un tercer reduccionismo lo encontramos cuando vinculamos la templanza al miedo y a la prevención ante cualquier clase de exaltación. Pero entonces ¿dónde quedarían las valiosas y reconocidas acciones de los héroes y los santos? Siempre se les podría tildar de exaltados, fanáticos, radicales, es decir de intemperantes.

Entonces ¿qué es la templanza y cómo debemos practicarla en nuestra vida? Indicaré algunas notas que por sentido de brevedad no expondré ampliamente:

1. Orden en el interior del hombre: el primer efecto de la templanza es la tranquilidad de espíritu o de ánimo, entendiendo por espíritu el lugar interno donde la persona humana toma las decisiones. Realizar el orden en el propio yo. Actuar con templanza quiere decir que el hombre se enfoca sobre sí y sobre su situación interior conformándola con sus principios morales.

2. Convertirse a sí mismo: es misterioso el hecho de que el orden interior del hombre no sea algo que se dé de forma espontánea, como una realidad natural. Las mismas fuerzas que alimentan la vida humana pueden pervertir el orden interior. La templanza nos ayuda por medio de la reflexión, examen y actuación a poner en orden el desorden interior provocado.

3. Defender este orden interior restaurado contra nuestras propias pasiones practicando:

a. la sobriedad en los deleites del gusto,
b. la castidad frente a la lujuria,
c. la mansedumbre y dulzura frente a las tentaciones de vengar una injusticia,
d. la humildad ante el instinto de dominio y la propia valoración personal,
e. la discreción ante el instinto de la curiosidad y el ansia de conocer.

A modo de conclusión sobre este tema de la templanza propondría algunas líneas prácticas que nos ayudarán a tomarla más en cuenta en nuestra vida diaria:

1. No te rijas por las modas del momento o por los comportamientos grupales impuestos: sé tú mismo con tus propias convicciones personales y cristianas.

2. Adquiere el hábito de la reflexión. No actúes al primer impulso: eso no es espontaneidad ni libertad, eso es irracionalidad.

3. La moral no la impone la mayoría ni las leyes civiles. La moralidad de cualquier acción la juzga la conciencia individual rectamente formada a la luz de la recta razón y de la fe.

4. Examina con frecuencia tu conciencia reflexionando sobre tus actos, descubriendo a tiempo los desórdenes internos y jerarquizándolos. Esto dará paz y serenidad a tu vida.

5. Sé humilde, bondadoso y discreto en tu relación con los demás, esto te hará crecer y te llenará de fuerza y seguridad en ti mismo.

6. Usa el sacrificio, como medio para dominar tus propios impulsos, incluso en cosas o acciones lícitas. Esto te ayudará a tener un espíritu más dispuesto para que cuando se presente la tentación puedas salir triunfante.


 

 

 

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