Dios es un Dios de vivos, no de muertos
Por: Pbro. Joaquín Dauzón Montero | Fuente: Semanario Alégrate

La pregunta que los Saduceos, que no creen en la resurrección, hacen a Jesús está parcialmente tomada del libro del Deuteronomio 5.5ss. Si tú leyeras el texto te darías cuenta de cómo el caso planteado por ellos es llevado hasta lo inverosímil. Y no vamos a detenernos en esto, sólo queremos ocuparnos de la respuesta de Jesús. Primero, según esa respuesta, el matrimonio es una realidad limitada por el espacio y el tiempo, una realidad natural y necesaria, sí, para la prolongación de la especie humana en esta tierra, donde todo lo que empieza termina.
En la otra vida ya no hay necesidad de una serie de cosas inherentes a la naturaleza limitada y caduca del ser humano. Así que, La resurrección de la que habla Jesús, no es la prolongación de esta vida con sus necesidades y deficiencias, sino un estado de vida absolutamente pleno, donde no hay nada que necesite satisfacción.
Segundo, Jesús pone ante la mirada crítica de los saduceos, el texto de la zarza ardiendo del libro del Éxodo 3,6, que dice: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob...” desde el cual puede probarles que los muertos resucitan, pues Dios es un Dios de vivos, no de muertos, pues para él todos viven.
A propósito, la novedad de nuestro cristianismo es afirmar que Jesús ha resucitado y que quien resucitó es una persona que ha probado la muerte y ahora está vivo, como primicia para los creyentes. Así que nosotros debemos entender la resurrección como el principio de una vida, plenamente nueva, núcleo que da sentido y firmeza a nuestra experiencia cristiana de la vida, pues en la resurrección de Jesús se encuentra el principio de toda resurrección.
Parodiando lo que dice el cuarto hijo de los Macabeos, ojalá pudiéramos decir convencidos: ¡vale la pena morir a diario en Cristo que morir a diario sin él, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará para la vida! Decía que “convencidos”, porque quien no tiene en su mente la idea, fija, de resucitar, nunca va a desearlo.
Que Dios nos conceda ser una piedrecilla escondida, pero viva, en el grandioso edificio de la Iglesia de su Hijo.















