Menu


«Hoy ha llegado la salvación a esta casa»
Reflexión del domingo XXXI del Tiempo Ordinario Ciclo C


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9-10)

Personalmente, me alegra enormemente el poder escuchar esta Palabra de Salvación en el día de hoy. Vuelve el Señor a hacer hincapié hoy con la Palabra que nos regala por medio de la liturgia de la Iglesia en el núcleo del Evangelio, en su gran Misericordia, en el amor eterno de Dios por cada uno de nosotros, suscitando en mi corazón en este día lo que expresa el salmo: «¡Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia!» (Sal 117,1).

Ya en la primera Lectura se manifiesta el Señor como rico en el perdón: «Te compadeces de todos porque todo lo puedes, y cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Mas a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, que amas la vida» (Sab 11,23.26), idea que también revela en el Salmo responsorial: «El Señor es clemente y compasivo, tardo a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno para con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 144,8-9). Pero, sin duda, es en el pasaje del Evangelio de hoy, el pasaje de Zaqueo, dónde el Señor muestra de forma gráfica el gran amor y misericordia hacia cada uno de nosotros.

Cada vez que escucho el Evangelio de Zaqueo me alegra porque me hace presente la fiesta de Navidad, cómo el Señor de forma totalmente gratuita y por pura iniciativa suya, desea visitar y entrar en la casa de un hombre pecador, considerado “impuro” para la cultura judía, haciendo de este hombre un hombre nuevo. Tal y como dice San Juan: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,9-10).

Así, mientras rezo con esta Palabra, resuenan en mi corazón las palabras de Zacarías al proclamar el «Benedictus»: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79). Zaqueo no había hecho nada virtuoso que le diera méritos para acoger al mismo Dios en su casa, pero es por la gran e inacabable misericordia de nuestro Padre por lo que Cristo acude en su busca, tal y como dirá el mismo Jesucristo en el pasaje de hoy: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa»; «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,5.9-10).



Y ciertamente conviene que sea el Señor el que esté en nuestras casas, en nuestras vidas, en nuestras personas, porque si no está Él, nuestras vidas pierden el norte y se quedan sumidas en las tinieblas, y nuestras vidas han sido elegidas por el Señor para ser luz para los demás, para manifestar a los demás la obra que hace Dios en ella para gloria suya. Y, ciertamente, también brota en mi corazón la frase que decimos en cada Eucaristía antes de recibir la comunión: «Yo no soy digno de que entres en mi casa» (Mt 8,8), pero te necesito, necesito que entres en ella. Así, tal y como nos dice el mismo Señor en el libro del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).  El Señor nos quiere con locura y desea SER UNO CON CADA UNO DE NOSOTROS; nos quiere para Él: «Dado que eres precioso a mis ojos, eres estimado, y yo te amo» (Is 43,4). Por ello, hoy en mi corazón se anticipa la alegría característica del tiempo navideño al acoger esta Palabra de Dios en la que el Señor vuelve a manifestarnos su amor concreto, tal y como dice San Pablo: «Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo» (1 Tim 1,15). Por tanto, el Señor nos vuelve a hacer la llamada a ser portadores de su misericordia a las personas que conviven con cada uno de nosotros en casa, en el trabajo, en la parroquia, etc: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,12-13).

Así, el Señor nos invita a no dudar nunca de su amor y de su misericordia, tal y como decía el Papa Francisco en su primer Ángelus tras ser elegido Sumo Pontífice: «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre» (Papa Francisco, Ángelus domingo 17 de marzo de 2013).

Por tanto, el Señor nos invita hoy a acoger su misericordia con alegría y a no dudar nunca de su amor, sino que hagamos como se nos revela en la epístola a los Hebreos: «Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios» (Hb 12,1-2). Feliz domingo.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |