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Un insensato es egoísta, sólo piensa en sí mismo
En una familia cristiana no debiera haber pleitos de ninguna índole que nos llevara a los tribunales.


Por: Pbro. Joaquín Dauzón Montero | Fuente: Semanario Alégrate



En tiempos de Jesús era costumbre en Israel que un doctor de la ley fungiera como árbitro para zanjar pleitos debidos a las herencias. Tal vez por eso un hombre sin nombre que reconoce su autoridad se dirige a él para pedir su intervención en ese caso. Jesús, al contestarle como lo hizo, le da a entender que no puede empeñar su autoridad en cosas de ese tipo, reservándola para cosas de más importancia.

Seguramente, por eso, aprovecha la oportunidad para desenmascarar la codicia de los hombres. Él sabe que si su Padre Dios invita a los hombres de todas partes a amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con toda su mente y todas sus fuerzas, todo lo demás es secundario; su corazón no debe estar dividido.

La Liturgia, a propósito, al invitarnos a reflexionar la segunda lectura tomada de san Pablo a los Colosenses, quiere que tengamos en cuenta su consejo de “poner el corazón en los bienes de arriba”, y tener en cuenta la lista de pecados, como la avaricia, sinónimo de codicia. La tentación del protagonista de la parábola de Jesús quiere, a su vez, enseñarnos a pensar en la lógica de la codicia: esta lleva necesariamente consigo la actitud de buscar por todos los medios aumentar su patrimonio, a veces, por encima de quien sea o de cualquier cosa que pretenda ponerse en medio.

No tengo nada contra ningún empresario serio, que gracias a Dios existen, pero también hay otros que por codicia han atentado contra el medio ambiente, por ejemplo, con tal de aumentar sus riquezas. Fijémonos en el rico de la parábola que dice para sí mismo: “ya tienes bienes acumulados para muchos años, descansa, come, bebe, y date a la buena vida”. El insensato es egoísta, sólo piensa en sí mismo, y ha pensado en todos los días de sus años, pero no ha pensado en el último.

Se dice que el necio o insensato lo es, porque tiene la mente torcida y cada día se tuerce más en su camino. Ahora bien, el problema expuesto en la parábola no está en la producción de la riqueza sino en el comportamiento del terrateniente en cuestión. El versículo 31 del texto es clave aquí: dice Jesús: “Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”, pues nuestra vida no está fundamentada en los bienes terrenos sino en las manos de quien los produce.



Ojalá estemos atentos, porque en una familia cristiana no debiera haber pleitos de ninguna índole que nos llevara a los tribunales. Recordemos el último de nuestros mandamientos. La codicia debe ser desterrada entre nosotros.







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