Cincuenta días después
Por: Pbro. Joaquín Dauzón Montero | Fuente: Semanario Alégrate

El final trágico de Jesús escandalizó a los discípulos y los dispensó. Pensaron, probablemente, que su proyecto no se había realizado, que habían triunfado los enemigos que lo llevaron a la cruz y lo mataron. Aparentemente los discípulos pierden su fe en él. Sin embargo, los discípulos son testigos de un acontecimiento singular que les permitió volver de donde se habían dispersado y volvieran a congregarse. Ese acontecimiento poderoso y vital para ellos fue la resurrección del Señor.
A propósito, la más antigua tradición apostólica cuenta esta experiencia de esta manera: “Cristo murió por nuestros pecados, como lo anunciaban las escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día, se apareció a Pedro y, más tarde, a los doce (1Co 15,3-7). No fue el único acontecimiento que experimentaron y vivieron, hay otro que está ligado estrechamente al anterior y fue PENTECOSTÉS. El Espíritu de Jesús prometido tantas veces y presente ahora en la comunidad, fue la gran luz Cincuenta días después que les permitió entender el misterio de Jesús y el sentido verdadero de su misión.
Gracias a la intervención y la moción del Espíritu Santo la comunidad de los cristianos tomó una forma, bien determinada, de vida y se descubrió a sí misma como la comunidad sacramental de salvación. Esta es la más reveladora acción del Espíritu. Y desde entonces, la comunidad de los discípulos se manifiesta al mundo viviendo, con un estilo muy propio que la caracterizará en todos los tiempos y para siempre, el del reinado de Dios.
Nosotros conocemos muy bien los textos de los Hechos de los Apóstoles que nos enseñan cómo vivían en el principio: tenían conciencia de ser “nosotros”: es decir, eran constantes en la enseñanza de los apóstoles; tenían unas relaciones estrechas e íntimas: “vivían todos unidos; tenían, también, un código de comportamiento especial: “lo tenían todo en común”; tenían, además, unas mismas costumbres: “a diario frecuentaban el templo en grupo”; y, por último, tenían un mismo conjunto de ideas y valores: “todos pensaban y sentían lo mismo”.
Ojalá leyeran y meditaran estas citas de los Hechos de los Apóstoles: 8,2-42.44-47; 4,32, y las grabaran en su mente. De cierta manera, hoy tratamos de no olvidar a la comunidad primitiva, pero nos falta mucho para sentirnos y vivir como una auténtica comunidad sacramental de salvación, en este mundo tan necesitado de signos de redención, por donde quiera se plante uno. Después de todo, la Iglesia de la que tú y yo formamos parte no tiene otro cometido que no sea ser un claro signo para la salvación del mundo entero. Dios quiera que lo tengamos en la mente y el corazón y, sobre todo, que lo llevemos a la práctica.
La Iglesia es sacramento de Jesucristo como Jesucristo es sacramento del Padre; y los siete sacramentos que tenemos en la mente son, en el SACRAMENTO, LA IGLESIA, siete ríos de la gracia del Espíritu Santo para nuestra santificación.


















