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Obispo de Azcapotzalco

Es preciso pasar por muchas pruebas para entrar en el Reino de Dios
Es posible afirmar que la verdadera entrada por la "puerta de la fe" se expresa en la vivencia del amor.


Por: Mons. Adolfo Miguel Castaño Fonseca | Fuente: Conferencia del Episcopado Mexicano



Iniciamos la quinta semana del tiempo del tiempo de Pascua, caracterizado por el gozo de celebrar al Señor resucitado, vivo y presente en nuestra vida. Hoy nos iluminan el libro de los Hechos de los Apóstoles, el evangelio de san Juan y el no siempre bien comprendido libro del Apocalipsis. En ellos podemos descubrir varios rasgos que caracterizan la vida de las comunidades que creen, anuncian y celebran a su Señor resucitado y glorioso.

El libro de los Hechos de los Apóstoles refiere el final del primer viaje misionero de san Pablo, lleno de momentos difíciles, constantes peligros y circunstancias adversas, que él y sus compañeros tuvieron que enfrentar y superar para cumplir con la misión que el Señor les había confiado. Pero ese también fue un viaje rico de experiencias exitosas y gratificantes en torno a la evangelización. Al volver, Pablo y Bernabé animaron a los discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, pero también les advirtieron que “es preciso pasar por muchas pruebas para entrar en el Reino de Dios”.

Cuando los misioneros regresaron a Antioquía de Siria, de donde habían partido, reunieron a la comunidad y les contaron “cuanto Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe”. Éste es un momento muy relevante. Ciertamente Dios abre “la puerta de la fe” a todos, sin embargo la entrada por esa puerta depende de la respuesta cada quien.

En octubre de 2011, el Papa emérito Benedicto XVI promulgaba la Carta Apostólica llamada Porta Fidei (“La puerta de la Fe”). El nombre lo tomó precisamente del pasaje que hoy escuchamos en la primera lectura. El “Año de la Fe” (2012) quiso ser un tiempo de gracia especial para la Iglesia, al impulsar la vivencia y la celebración de la virtud de la fe que sustenta y anima nuestra existencia cristiana.

La gran noticia para los cristianos de Antioquía es que se abría la oportunidad para que todas las personas pudieran conocer y recibir el proyecto salvador del Padre, en su Hijo Jesucristo. El mensaje consiste en que nadie está excluido de la salvación, pues Dios abre “la puerta de la fe” a todos los que deseen aceptarla.



La Carta Apostólica Porta Fidei también recordaba algo de enorme importancia y que es justamente lo que Jesús dice a sus discípulos, en el contexto de la última cena: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”. Decía el Papa Benedicto XVI: “Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo” (Porta Fidei 7). Por tanto, la verdadera y genuina fe desemboca necesariamente en la caridad.

En Jn 13,31-38 inicia el discurso de despedida de Jesús y constituye la primera parte del “Libro de la Hora” (Jn 13,1-20,31), después del anuncio de la traición y de la salida de Judas del cenáculo. El tema principal de esta primera sección del discurso es el “destino” del Maestro (“¿a dónde va?”), más adelante (en Jn 16,30) se abordará el “origen” (“¿De dónde viene?”). El destino de Jesús consiste básicamente en la glorificación que el Padre está a punto de otorgarle. Aquí inicia lo que el mismo Jesús llama “su Hora”.

En esa primera sección del discurso de despedida, destaca de modo particular la nueva relación de los discípulos con Jesús, en su ausencia física, pero también la relación entre ellos mismos. A partir de la “Hora” de Jesús acontece su nueva presencia, pero también la nueva relación con él y con los demás. La vivencia del mandamiento nuevo del amor va a ser el signo claro, fehaciente e inequívoco de esa nueva presencia del Señor glorificado en su comunidad.

La novedad del mandamiento nuevo del amor consiste sobre todo en el modelo nuevo: “como yo los he amado” (13,34). Ya no se trata, por tanto, de cualquier tipo de amor, sino de aquel el que tiene su ejemplo y modelo en quien “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Es el amor de entrega y oblación, como el de Jesús, que es preciso vivir como testimonio alegre, como con frecuencia nos invita el Papa Francisco.

Por tanto, es posible afirmar que la verdadera entrada por la “puerta de la fe” se expresa en la vivencia del amor. De este modo, solo por medio de la práctica de la fe “que actúa en la caridad” (Gál 5,6) podemos llegar a ser auténticos discípulos de Cristo. Asimismo, a través del alegre testimonio de nuestra fe, esperanza y caridad podremos también aspirar a participar del “Cielo nuevo” y de la “Tierra nueva” y a vivir eternamente en la “Ciudad Santa”, la “Nueva Jerusalén”, “donde ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor”, como el Apocalipsis describe la felicidad eterna, en comunión con el Padre, con su Hijo glorificado y con toda la multitud de los redimidos. El Señor nos invita a mantenernos firmes en el testimonio fiel de nuestra fe y de nuestra esperanza, a pesar de las adversidades que a diario enfrentamos, ya que “es preciso pasar por muchas pruebas para entrar en el Reino de Dios”. Nos invita también a que dicho testimonio lo expresemos mediante el amor fraterno, cuyo modelo es el propio Cristo. Así, cuando llegue el final de todo, podremos participar de la gloria eterna del Padre eterno, de su Hijo resucitado y glorioso y de su Espíritu de amor. Para ellos todo honor, gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.









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