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Ahí está Cristo, el Señor, Dios y Hombre verdadero
No podemos tener en la tierra gozo más puro y tesoro más amable que Jesús sacramentado.


Por: Marlene Yanez Bittner | Fuente: Catholic.net



La divina Presencia Real del Señor: éste es el fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero, mereciendo absolutamente nuestra adoración y suscitándola por la acción del Espíritu Santo.

Y es que, entre todas las devociones, la de adorar a Jesús sacramentado es la primera, la más grata a Dios y la más provechosa para nosotros, después de la recepción de los sacramentos.

“¡Entremos, agachémonos, postrémonos; de rodillas ante el Señor que nos creó!” (Salmos 95,6)

El tiempo que empleamos devotamente ante el divino Sacramento es el más útil de nuestras vidas y el que más consuelo nos dará en la hora de la muerte y por toda la eternidad.

Decía el beato Enrique Susón que “Jesucristo sacramentado atiende en el altar más que en cualquier otra parte las oraciones de los fieles”.



Simplemente es un deleite permanecer con fe y devoción, degustando su presencia, hablando familiarmente con Jesucristo, que está allí precisamente para oír y atender a quien le ruega por sus necesidades, implorando su gracia y su amor.

"Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en Él." (Salmo 34, 9)

El desarrollo de la adoración eucarística ha producido en la Iglesia grandes frutos espirituales, principalmente en la vida interior y mística de los Santos.

La Eucaristía, para el alma y para el cuerpo, es el pan de la medicina de Santa Teresa de Jesús: “¿pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este Santísimo Manjar, y gran medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es”.

En seguida, luego de su conversión, San Ignacio de Loyola, estando en misa, “vio con el entendimiento claramente cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento Jesucristo nuestro Señor”. (Autobiografía 29).



La devoción por el Señor, del Santo Cura de Ars, presente en el Santísimo Sacramento, era verdaderamente extraordinaria: “Allí está”, solía decir.

“En la misa, me ha dicho Jesucristo que me había concedido esta gracia de permanecer en mi interior Sacramentalmente” (San Antonio María Claret).

En efecto, Jesús-Hostia es Jesús-Mediador:

“Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1 Tim 2,5-6).

“Su sacerdocio es eterno, y por eso es perfecto su poder de salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7,24-25).

Adoremos a Cristo de todo corazón, en el silencio profundo de nuestra oración o congregados públicamente. No temamos en arrodillarte ante Él, entregarle nuestras preocupaciones, ansiedades y todo aquello que no nos deja vivir en paz.







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