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Amor que libera
Jesucristo que no condena será condenado por nuestros pecados.


Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate



No acabamos de agotar la joya evangélica del hijo pródigo, cuando ahora aparece en nuestro itinerario cuaresmal el evangelio de San Juan para presentarnos otra actuación majestuosa y memorable de Nuestro Señor Jesucristo que nos enamora más de su persona y genera confianza en el amor incondicional y misericordioso de Dios. Por eso, San Pablo podrá decir admirablemente: “Todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él”.

Cuánta bondad y firmeza de parte del Señor Jesús; cuánta misericordia y carácter para enfrentar a los acusadores y salvar a una mujer. Quedamos verdaderamente maravillados por esta actuación de Jesucristo que muestra su sabiduría amorosa.

Ante los acusadores y ante los grupos religiosos que constantemente buscan ponerle una trampa, Jesucristo Amor que libera pone en evidencia los pensamientos perversos y los malos sentimientos que hay en el corazón de estas personas.

Tiene la caridad para salvar una vida y para rescatar a personas de una interpretación justiciera de la ley. Al destacarse su actuación en estos momentos de presión, Jesús deja un precedente que ilumina nuestra vida cristiana.

Este tendría que ser uno de los primeros frutos de estas semanas de preparación a la pascua: de un cristiano se espera que no condene, que no juzgue, que siempre defienda el honor, la vida y la dignidad de las personas, incluso de las que se equivocan.



Aceptamos con tristeza que muchas veces procedemos como esos acusadores que quieren aplicar la ley a esta mujer sorprendida en adulterio, sin darse cuenta que su corazón estaba más manchado. A veces somos como esos acusadores porque nos carcome el odio, porque nos domina el resentimiento, porque nos gobierna la venganza, porque es más fácil tirar piedras, echar la culpa a los demás y no reparar en nuestras propias injusticias, no reconocer sinceramente nuestras propias inconsistencias.

Es más fácil exigir y gritar que se haga justicia en la vida del otro y no en el propio corazón. No es un caso aislado lo que plantea el evangelio, sino que confirma lo que sigue pasando en nuestros días y cómo nos abalanzamos y organizamos para denigrar, exhibir y hasta linchar mediáticamente a una persona. Pensamos que estamos limpios de pecado y tratamos de perjudicar y enjuiciar a los demás.

Se espera de nosotros que seamos honestos y misericordiosos. Jesús llega a decir a esta mujer: “Yo no te condeno…” Pero también le dice: “Vete y no vuelvas a pecar”. No es que Jesús aplauda su pecado; no la condena, la defiende de la soberbia de estos hombres, pero también Jesús se asegura que esta lección de amor, que esta oportunidad que se le da, que este trato tan paternal que tiene con ella pueda generar una nueva vida.

Y eso nos sigue diciendo el Señor: “Yo tampoco te condeno, pero no vuelvas a tu pecado, no te vuelvas a equivocar; Dios te ama tanto y espera una vida diferente de parte tuya”.

Así como nos damos cuenta de nuestro impulso para condenar y exhibir a los demás, también llegamos a identificarnos con esta mujer cuando reconocemos que Dios nos ha defendido y nos da una nueva oportunidad. Es algo que se lleva para siempre y sentimos que no nos alcanzará la vida para agradecer tanto amor de parte de Dios.



Si algo tiene que distinguir al cristiano es la misericordia y nunca perder la esperanza cuando alguien vive en el pecado. No necesitan esas personas nuestras piedras, sino nuestras plegarias para que un acto de misericordia llegue a cambiar sus corazones y dejen su mal proceder.

El desenlace de esta historia es edificante y conmovedor: una mujer pecadora se levanta y comienza a recorrer el camino de la libertad, despojándose del pecado. Ya no caben dudas: lo nuevo está brotando, como dice el profeta Isaías. El reino de Dios es una realidad en las palabras y gestos de Jesús.

Sin embargo, Jesucristo que no condena será condenado por nuestros pecados; el que salvó a la mujer de sus acusadores será llevado a la muerte; el que actuó con misericordia será tratado con suma crueldad. Un desenlace como éste en la vida de Jesús debe llevarnos a incentivar nuestro deseo de celebrar la pascua y acompañar al Señor en las próximas celebraciones de Semana Santa.







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