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Conversión y misericordia
Hay que hacer caso a la llamada que Dios nos hace.


Por: Pbro. José Manuel Suazo Reyes | Fuente: Semanario Alégrate



El evangelio que se proclama en este tercer domingo de cuaresma (Lc 13, 1-9) en la liturgia de la Iglesia católica, aborda dos temas importantes para la vida cristiana, el tema de la conversión y el de la misericordia divina. Es necesario convertirse para producir los frutos que Dios espera de nosotros y salvar la propia vida.

En este periodo de preparación para la pascua escuchamos frecuentemente la invitación al arrepentimiento y a la conversión. Arrepentirse y convertirse no es sólo fruto del esfuerzo humano, sucede también gracias a la presencia de Dios en nuestra vida. Dios está dentro de nosotros y su gracia nos mueve siempre a buscar el bien, aunque no siempre uno esté dispuesto.

El arrepentimiento llega cuando uno se da cuenta de que algo no está bien en su manera de vivir o de actuar, cuando toma conciencia de que lo que hizo lastimó a alguien, afectó a los demás, provocó algún daño o causó algún malestar. Sucede también cuando nos damos cuenta de que el rumbo de nuestra vida o algunas cosas que estamos haciendo no nos están conduciendo al bien que esperábamos o que prometimos. Por eso es bueno detenerse, observarse, escuchar a los demás, evaluarse y recomponer el camino.

El arrepentimiento no llega cuando uno se dedica a negar la realidad, se justifica de todo y sólo se echa la culpa a los demás. Uno debe hacerse responsable de sus actos y de las implicaciones que estos tienen. Quien escoge el camino de la justificación y la negación de la realidad nunca aceptará sus propios errores y por lo tanto será muy difícil que se corrija.

El arrepentimiento se complementa cuando pasa a la conversión. Convertirse significa cambiar la mente, cambiar el modo de ver y juzgar las cosas y por lo tanto cambiar la conducta y el modo de proceder. Si uno nada más se arrepiente pero no busca la conversión, una vez que pasa ese sentimiento de culpa, casi será seguro que vuelva a caer en lo mismo; con la conversión uno toma la firme decisión de separarse de las cosas que ha hecho mal y busca ponerse en paz con Dios y con sus hermanos.



En la cuaresma Dios nos invita a corregir algo de nosotros. Puede ser el modo de vivir nuestra fe cristiana, las formas de orar, de trabajar o de vivir las relaciones con los demás. Por ello, la Cuaresma es un tiempo de gracia, un tiempo para componer nuestra relación con Dios y con los hermanos; es tiempo de reconciliación y de vuelta a Dios.

La invitación a la conversión tiene una motivación, es la misericordia divina. Dios siempre tiene caminos de salvación y quiere que todos nos salvemos, por eso nos envió a su hijo y nos invita continuamente a la conversión. Dios no se complace en la muerte del pecador; Dios desea que todos sus hijos tengan vida en abundancia.

La parábola de la higuera que escucharemos este domingo, en la liturgia católica, hace referencia a la misericordia de Dios que da tiempo al ser humano para la conversión. El hecho de que se marque un tiempo límite en la parábola, significa la urgencia de la conversión. “Si no se convierten perecerán”, dice Jesús en el evangelio. Esto significa también que el tiempo para convertirse tiene un límite y por ello hay que hacer caso a la llamada que Dios nos hace pues podríamos perder la oportunidad para siempre.







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