La Iglesia, Cuerpo de Cristo
Por: Pbro. Francisco Ontiveros Gutiérrez | Fuente: Semanario Alégrate

Hermanados en el Bautismo
Entre los bautizados se establece un vínculo que nos distingue de los demás, puesto que nos da la posibilidad de caminar juntos y no en lo distante. Este lazo que se establece entre nosotros se llama eclesialidad. Somos el pueblo que Cristo ha creado para el Padre Dios, el pueblo de la alianza. Lo que significa que por el bautismo quedamos verdaderamente insertados en un pueblo que camina hacia su patria verdadera. O en términos de Pablo, formamos parte de un cuerpo del cual Cristo es la cabeza. Una bella analogía, profunda a la vez con la que Pablo expresa eso en lo que consiste ser Iglesia. Somos un cuerpo, en el que Cristo es el Señor y todos los bautizados somos la complejidad de miembros.
¿Qué es ser Iglesia?
Pero, ¿concretamente qué es ser Iglesia?, ser Iglesia es vivir animados por el Espíritu Santo, el cual nos da la capacidad de andar por la vida con un estilo diferente. El que está animado por el Espíritu de Dios, y el que se deja animar por ese Espíritu, no puede andar por la vida sin esperanza y lleno de cansancio. El Espíritu siempre nos pone en camino; en la vía de algo mejor. En este sentido, al decir que ser Iglesia implica vivir animados por el Espíritu de Dios quiere decir que los cristianos son los que pasan por el mundo haciendo el bien, esparciendo la fragancia de Cristo. Cristianizando sus realidades.
Un cuerpo que camina unido
Ser Iglesia es caminar juntos, esto es, aunque en el pueblo de Dios cada uno tenga un servicio distinto del otro, vamos juntos, al mismo paso, conservando el ritmo, porque a los cristianos no nos interesa quien llegue primero, sino que lo que verdaderamente nos inquieta es que todos lleguemos a donde está Cristo, la cabeza de este cuerpo y el principio fundamental de este pueblo. En este sentido podemos decir que los cristianos no emprenden una carrera al estilo de la superación de unos frente a otros, sino que emprendemos un camino juntos, en el cual cuando uno cae el otro está pronto para levantarlo.
Una comunidad de soñadores
Ser Iglesia es soñar que esto puede cambiar, que las estructuras propias de la configuración actual no son definitivas, y por eso como Iglesia apostamos por el Reino de los cielos: una nueva forma de vida, más grande, más humana, más generosa. En el Reino de Dios no hay distinción entre los que más pueden y los que menos, entre los ricos y los pobres, entre los buenos y los malos. El Reino de Dios comporta la experiencia más fina de la eclesialidad, puesto que en él podemos soñar con un futuro lleno de esperanza que no es falaz sino real. En el Reino de Dios hay alegría por un pecador que se arrepiente, por un enfermo que cobre la salud, por un pobre que pueda liberarse de las estructuras opresoras.















