Homilía en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Por: P. Eugenio Martín Elío, LC | Fuente: Catholic.net

“Mientras tanto María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Así describe san Lucas la actitud con la que María recibe todo lo que estaba viviendo en estos días de Navidad. Como explicó el Papa Francisco en esta fiesta, (cfr 1 de enero 2017) lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar en su corazón el paso de Dios en su vida y en la vida de su pueblo. Desde que estaba en sus entrañas, aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo, y eso le enseñó a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendió a ser madre, y en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne, sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios.
¿Qué sería lo que meditaba y guardaba María en su corazón? ¿Cuál sería el contenido de sus reflexiones y de su meditación?
1. Posiblemente lo primero que le habrá sorprendido a María, apenas dio a luz a su hijo, fue la llegada de los pastores, que acudieron a Belén en respuesta al anuncio de los ángeles en el momento de su nacimiento: “Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”(Lc 2, 12). El signo que ayudó a los pastores a descubrir al Mesías es muy sencillo. Y el evangelio nos resume en cuatro verbos lo que hicieron los pastores: fueron corriendo, encontraron a Jesús, con sus padres, vieron con sus propios ojos y después lo contaron a otros. En el libro de Santiago Martín “El evangelio secreto de la Virgen María”, se reproduce un posible diálogo de esos pastores delante de aquel misterioso recién nacido. Uno de los pastores expresa sus dudas de que fuera el Mesías anunciado por los profetas. ¿Cómo podría aparecer de esta forma tan sencilla y humilde? Pero inmediatamente otro responde: ¿Acaso no fueron también así los orígenes del Rey David, que era un pastor como nosotros y nació en esta misma aldea? ¿Quién quita que este niño no sea realmente el Mesías, esperado por todos?
Sin duda que María meditaría extasiada en la grandeza del amor de Dios que es capaz de aparecer tan pequeño en ese niño, que es al mismo tiempo su hijo. “El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Si el cuerpo es el perno de la cultura, la encarnación es el gozne de la salvación; el “cardo salutis” de la nueva creación.
2. Y meditaría en la otra cara de la medalla del Niño Jesús: el misterio tan grandioso de la elección que Dios hizo en María para que fuera su madre. De ese don se derivan todos los demás privilegios que después la Iglesia ha proclamado como dogmas de la persona de María: la Inmaculada, la Virginidad, la Asunción. El primero de todos, que la tradición nos dice fue aclamado en el concilio de Éfeso en el 431: la “Theótokos”, la Santa Madre de Dios. “Dichosa tú, que has creído (…) Mi alma se engrandece al Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva!” (Lc 1, 45-6). Porque ibas a ser su madre, Él te preservó del pecado. Porque ibas a ser su madre, Él te permitió engendrar y dar a luz de un modo misterioso. Porque ibas a ser su madre, Él libró tu carne de la corrupción del sepulcro.
Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos huérfanos. Tenemos una Madre. Comenzamos el año haciendo memoria de la bondad de Dios en este rostro maternal de María, que nos va a acompañar siempre. El mismo que nació pobremente en Belén, en el momento de mayor entrega de Jesús crucificado antes de morir, no quiso reservarse nada para sí y nos entregó a su madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, ahí tienes a tus hijos. “Y el discípulo se la llevó a su casa”. También nosotros, como Juan, queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias y comunidades. Hubo en la historia otro discípulo amado con el mismo nombre, Juan Diego, que en México volvió a escuchar palabras semejantes: “¿Dónde vas hijito mío? ¿Qué te preocupa? Quiero que vayas con el obispo y le digas que me construyan en este monte del Tepeyac una casita desde la cual pueda cuidar y proteger a todos mis hijos.” Y desde allí nos vuelve a decir con ternura en este inicio del año: “No tengas miedo, hijo mío, ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás en el hueco de mis brazos?” Nos confiamos al corazón misericordioso de tan preciosa Madre.
















