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«Se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo»
Reflexiones sobre la Fista del Bautismo del Señor.


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado» (Lc 3,21-22).

Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo del Señor, fiesta con la que damos fin al tiempo de Navidad, tiempo en el que hemos podido experimentar con fuerza el gran amor que nos tiene Dios, amor que también se nos continúa revelando hoy en el Bautismo del Señor, haciendo hincapié en la filiación divina a la que Dios nos llama en Jesucristo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado» (Ef 3,1-6). Porque impresiona la frase que dice Dios cuando es bautizado Jesucristo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado» (Lc 3,22), y en Jesucristo por medio del Espíritu Santo el Señor quiere concedernos el ser Hijos suyos: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,1-2).

Así, subraya el Señor el fin con el que ha descendido a la humanidad siendo Dios, que no es ni más ni menos que concedernos el ser Hijos de Dios por medio del Espíritu Santo: «Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8,15-17). Y ser hijo de Dios supone compartir la misión de Jesucristo, que se nos proclama en la primera lectura: «Yo, el Señor, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas» (Is 42,6-7). Así, es impresionante la misión que recibimos del Señor y la Gracia que nos da para poder llevarla a cabo. Pero aunque todo está en función de la misión, no se trata de caer en un activismo desordenado, sino de abrazar y acoger el ser de Dios, que místicamente nos regala el Señor: «Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29).

Por tanto, el Señor hace una llamada hoy a unirnos por entero a Cristo, a ser UNO CON ÉL, para que, como decía la Santa Madre Teresa de Calcuta, asumiendo la oración del Santo Cardenal Newman: «Quien me vea a mí, que te vea a ti». Y para ello es necesario profundizar en la intimidad con Él a través de la oración, de la escucha de su Palabra, de los sacramentos, para poder encarnar lo que dice San Pablo: «Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20); «Revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3,10).

Porque tal y como dice Dios en el pasaje del bautismo de Jesús en el evangelio de San Mateo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17), el Padre también quiere complacerse con cada uno de nosotros, con nuestra vida concreta, y para ello, nos llama a estar unidos a Cristo para hacer lo que a Él le agrada (Jn 8,29): «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34).



Por tanto, este día es un día de alabanza, de alegría, porque el Señor muestra la vocación a la que nos llama en nuestras vidas, con toda humildad y sencillez, que consiste en reproducir la Imagen de Dios unidos a Cristo por el Espíritu Santo. No hay nada mayor que ello: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,1-2). Feliz domingo del Bautismo del Señor.







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