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«¡Feliz la que ha creído!»
Reflexión del domingo IV de Adviento Ciclo C


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45).

En este domingo cuarto del Tiempo de Adviento viene el Señor con una Palabra en la que se deja entrever el sentido de la Fiesta de la Natividad del Señor, que celebraremos, Dios mediante, el próximo martes.. Así, el Señor muestra cómo actúa en la pequeñez, en la pobreza, en la humildad, tal y como se proclama en la primera lectura de hoy: «Pero tú, Belén Efrata, aunque eres la más pequeña entre todos los pueblos de Judá, tú me darás a aquel que debe gobernar a Israel» (Miq 5,1), y que se cumplirá en la persona de nuestra Madre, la Santísima Virgen María: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45).

Porque la Virgen María, en su humildad, se abandona totalmente en Dios y no se reserva absolutamente nada para ella, sino que se entrega totalmente a la voluntad de Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), y Jesucristo, como Cordero de Dios (Jn 1,29), desarrolla toda su existencia terrena en absoluta pobreza y obediencia al Padre, encarnando lo que dice la segunda lectura de hoy, de la epístola a los Hebreos: Por eso, al entrar en este mundo, dice: «No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. No te agradaron holocaustos y sacrificios por el pecado. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10,5-7). Y radica ahí la verdadera felicidad del ser humano, tal y como le dice Santa Isabel a María.

Porque muchas veces, seducidos por el maligno, pensamos que Dios es una especie de sádico que nos hace sufrir sin piedad, presentándonos el maligno una serie de espejismos que parecen que nos pueden dar la felicidad, que nos ayudan a gratificarnos y huir de la realidad, pero que, sin embargo, luego nos producen un vacío, tristeza y angustia. Por eso, me vienen a la mente, mientras escribo, unos versículos del Salmo Invitatorio del Oficio de Lecturas que dicen: «¡Oh, si escucháis hoy su voz!: «No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Massá en el desierto, donde me pusieron a prueba vuestros padres, me tentaron aunque habían visto mis obras. Cuarenta años me asqueó aquella generación, y dije: Pueblo son de corazón torcido, que mis caminos no conocen. Y por eso en mi cólera juré: ¡No han de entrar en mi reposo!» (Sal 94,7-11).

El Señor nos invita a despojarnos de nuestro orgullo en este tiempo para poder unirnos a Cristo en Navidad. Porque ciertamente, cuando uno se encuentra encerrado en uno mismo no halla reposo, pero cuando, a imagen de Cristo y de María, con la ayuda del Espíritu Santo, aceptamos la voluntad de Dios dejando que Dios sea Dios y no queriendo ocupar nosotros su lugar, experimentamos el descanso y una paz casi indescriptible.



Por eso, en el día de hoy nos invita el Señor a aceptar nuestra realidad, nuestra debilidad, nuestra pobreza, nuestro pesebre, y presentársela al Señor sin reservas. Porque Él nos ama en nuestra debilidad, en nuestra pobreza, y nos ha elegido con ella: «Pero llevamos este tesoro en vasos de barro para que se manifieste que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2 Co 4,7); «¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que nadie se gloríe en la presencia de Dios» (1 Co 1,26-29).

Por eso en este domingo siento la invitación del Señor a estar contento, a darle gracias por el gran amor que me ha tenido y que me tiene, a buscar ser como Él: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Feliz domingo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).







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