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"Ella en su pobreza dio todo lo que tenía"
7 de noviembre. Comentario del Evangelio.


Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ | Fuente: Vatican News



La escena que nos presenta hoy el Evangelio sucede en un lugar situado junto al Templo de Jerusalén, donde se congregaba la gente para escuchar a Jesús en los días previos a la fiesta de la Pascua, después de haber llegado Él a la ciudad con sus discípulos poco antes de su pasión. Meditemos en las enseñanzas que nos trae este relato, teniendo en cuenta también las otras lecturas de este domingo [I Reyes 17, 10-16, Salmo 146 (145), Hebreos 9, 24-28].

La soberbia de quienes se creen mejores va unida siempre a la hipocresía

Jesús les echaba en cara su soberbia e hipocresía a los escribas o doctores de la Ley pertenecientes al grupo de los “fariseos”, término que significa originariamente “separados” o “segregados” y que ellos se aplicaban a sí mismos para indicar que eran distintos de los demás por ser cumplidores de la Ley de Dios que hacían consistir en una serie de prescripciones rituales, e incontaminados porque no se juntaban con quienes consideraban pecadores. Su actitud arrogante, que los llevaba a aprovecharse de sus conocimientos y de su poder para oprimir y explotar a los demás, iba siempre acompañada de un comportamiento hipócrita que ocultaba sus intenciones torcidas.

Este tipo de comportamiento sigue existiendo hoy en quienes se creen superiores a los demás (y eso es lo que significa propiamente la soberbia, en términos de nuestro lenguaje popular actual la “sobradez”) y se la pasan engañando con el ropaje ostentoso de las apariencias.

Por eso Jesús en el Evangelio nos invita a todos, cualquiera que sea nuestra posición en la sociedad, a revisar nuestras actitudes y comportamientos rechazando la soberbia y la hipocresía.



La ostentación de las riquezas y del poder es un insulto a los pobres

Esta reflexión, implícita en el relato del Evangelio, corresponde a una realidad que también es de hoy. Pero con una diferencia: actualmente el insulto de la opulencia a los desposeídos tiene repercusiones mucho mayores, de una parte porque con frecuencia un cierto uso de los medios de comunicación ha hecho de estos cajas de resonancia del culto al lujo y a las apariencias, y de otra porque el sistema económico imperante en el mundo ha venido ensanchando cada vez más la brecha entre unos pocos que se hacen cada vez más ricos y poderosos y ostentan descaradamente su pretendida omnipotencia, y muchos que se sumen cada vez más en la miseria y constituyen la cantidad creciente de los marginados, excluidos o “descartados” –como los llama el Papa Francisco–.

A lo anterior se agrega la prepotencia de quienes creen que por tener mayor poder valen más y se dan el lujo de explotar a quienes someten a su servicio. En este sentido, con no poca frecuencia, tanto jefes políticos como religiosos se aprovechan de los pobres para su propio beneficio personal e, incluso, los instrumentalizan en función de sus intereses egoístas.

Vale mucho más darnos a nosotros mismos que dar de lo que nos sobra

Esta es la enseñanza central del relato evangélico de este domingo y la verdad que encierra es aplicable a todos los tiempos. La ofrenda hecha por aquella pobre viuda, que a duras penas sobrevive en medio de una pobreza extrema, es una lección que Jesús quiere hacer notar a quienes creen que están haciendo el bien al dar ostentosamente y con mucha publicidad de lo que les sobra, y por ello esperan ser reconocidos como grandes benefactores.



Lo que Jesús quiere enseñarnos a partir del ejemplo de la viuda del Evangelio –y que, como nos cuenta el relato de la primera lectura, tiene su antecedente en la actitud generosa de aquella otra que compartió con el profeta Elías lo muy poco que tenía– constituye una invitación, a todos nosotros, a estar dispuestos siempre a compartir no sólo dando de lo que nos sobra, sino entregándonos a nosotros mismos, sea cual sea nuestra condición económica y sin aspavientos, con un compromiso real para contribuir a la construcción de una sociedad en la que todos nos reconozcamos efectivamente como iguales en dignidad y en derechos, pues somos hijos e hijas de un mismo Creador.

Él mismo quiere, con nuestra colaboración, hacer justicia a los oprimidos, como dice la primera estrofa del Salmo 146. Jesús mismo es en definitiva nuestro modelo en ese ofrecimiento total de sí mismo en sacrificio por toda la humanidad, tal como nos lo presenta hoy el texto de la segunda lectura.

Que Dios Padre Creador, por la mediación redentora de su Hijo Jesucristo y por la intercesión maternal de María santísima, renueve en cada uno de nosotros la acción de su Espíritu Santo, que es la única que nos puede mover a la verdadera humildad y a la disposición del corazón para ofrecernos y darnos a nosotros mismos, comprometiéndonos sinceramente en la construcción de una sociedad en la que todos nos reconozcamos como hermanos y obremos en consecuencia con este reconocimiento. Que así sea.







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