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«Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas»
Reflexión del domingo XXXII del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: “Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de los que les sobraba. Ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir”» (Mc 12,42-44).

Nos regala hoy el Señor a través de la Iglesia una Palabra con la que vuelve a insistir en el mismo mensaje que se nos proclamaba el domingo pasado. Así, el pasaje del evangelio de hoy es inmediatamente posterior al de la semana pasada, en el que el Señor nos recordaba el núcleo o la esencia de la vida cristiana, tal y como decía el mismo Jesucristo: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» «El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12,29-31). Así, nos muestra el Señor en la Palabra de hoy dos actitudes totalmente opuestas sobre cómo vivir la relación amorosa con el Señor; una totalmente desordenada y que el Señor rechaza totalmente, llamando la atención a los que le escuchan para que no vivan su relación con Dios de esa forma, y otra mucho más virtuosa y agradable al Señor, tal y como expresará el mismo Jesucristo.

Me resulta altamente interesante lo que dice Cristo sobre los escribas, su denuncia sobre la perversidad religiosa de sus actos y actitudes: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa» (Mc 12,38-40). En el fondo expresa el Señor el rechazo a esta actitud narcisista e hipócrita de los que instrumentalizan la religión, el culto, no para gloria de Dios, sino por pura vanagloria.

Las personas que viven así su relación con Dios viven ancladas en sí mismas, sin capacidad ninguna para donarse ni amar a Dios sino esclavos del culto al yo. Viven su relación con el Señor de cara a la galería, aparentando dar culto a Dios cuando no se dan culto sino a sí mismos. Ya dirá el mismo Dios por boca de los profetas y luego, como hoy, por medio del mismo Cristo: Dice el Señor: «Por cuanto ese pueblo se me acerca con su boca, y me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí, y el temor que me tiene son preceptos enseñados por hombres» (Is 29,13); «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,1-6); «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23,27-28).

Sin embargo, frente a esta actitud ególatra, vanidosa e hipócrita que encarnan los escribas y fariseos, el Señor nos muestra también hoy la actitud que más le agrada encarnada en dos ancianas, una en la primera lectura, del libro de los Reyes, y otra en el pasaje del evangelio de San Marcos que se proclama hoy. Ambas encarnan la bienaventuranza que dirá Cristo al inicio del Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).



Así, con estas dos mujeres ancianas nos muestra el Señor el cumplimiento de los mandamientos principales de Dios, que nos recordaba el domingo pasado, en sus vidas concretas: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» «El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12,29-31). Me llama la atención cómo en la primera lectura el Profeta Elías le pide que le dé lo que tiene para comer a una viuda. En aquella época las viudas vivían de la caridad. Eran de las personas más pobres de Israel. Sin embargo, esta mujer, creyendo lo que le dice Elías de parte de Dios, se fía, cree en su Palabra, y recibe su recompensa. Mientras rezo con esta Palabra se me hacía presente al escribir estas líneas el momento de la Anunciación de la Virgen María. Una mujer Virgen, que no ha mantenido relaciones sexuales, cree lo que le dice el Arcángel San Gabriel de parte de Dios, se fía y se abandona totalmente en Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Resuenan en mi corazón estas Palabras porque Dios va en busca de los pobres, de las personas limitadas, de los que nadie quiere, para manifestar su gloria. Como dirá San Pablo: «Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios»  (1 Co 1,25-29).

El Señor nos regala hoy una Palabra impresionante que nos invita a reflexionar, a meditar, a rezar, y a convertirnos de corazón al Señor, porque el Señor nos llama a ser cómo la viuda anciana del Evangelio de hoy: Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba TODO cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,43-44). Dirá el Señor en otro pasaje del Evangelio: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21); «Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a TODOS SUS BIENES, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,33). Esta palabra nos puede resultar escandalosa: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» (Jn 6,60), pero es lo que ha dicho Jesucristo. Podemos hacer un cristianismo «light», conformándonos con una religiosidad natural, como la de los escribas y fariseos, o podemos vivir la fe, la esperanza y la caridad que Dios nos quiere conceder, para SER UNO CON ÉL. En el fondo el Señor vuelve a decirnos los que nos dijo el otro día pero de forma distinta: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» «El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12,29-31).

El Señor quiere que seamos exclusivamente suyos y así como nos pide una renuncia absoluta a TODO por amor a Él para SER UNO CON ÉL, porque como dice el mismo Cristo: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24); así este mismo Cristo también nos dice lo que experimentó la viuda de la primera lectura de hoy: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6,31-33).

Por tanto, el Señor, que no quiere quitarnos nada sino que quiere concedernos el SER UNO CON ÉL, nos llama a amarle renunciando a toda idolatría, viviendo y encarnando la humildad que vivió Jesucristo: «Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8,9). Debemos preguntarnos hoy si verdaderamente queremos ser cristianos, si queremos ser santos. Porque si no, ¿para qué seguir a Cristo si sólo cojo lo que me agrada, si no quiere unirme con Él en la Cruz, si no quiero renunciar al mundo ni a la propia voluntad?



La anciana del evangelio dio lo poco que tenía sin trompetearlo, sino en pura intimidad con Dios. Amó y se entregó a Dios totalmente. Quizás renunciemos a nuestros bienes, pero si no renunciamos a nuestro yo de la forma en que podamos configurarnos con Cristo, obediente hasta la muerte, tampoco servirá de nada. Porque lo importante es amar a Cristo, confiando en la Providencia de Dios Padre, haciendo presente hoy en esta generación el amor de Dios. Feliz domingo.







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