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«Vete, tu fe te ha salvado»
Reflexión del domingo XXX del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino» (Mc 10,52).

Ya desde la primera lectura de la Liturgia de la Palabra de la celebración eucarística de hoy, nos regala el Señor a través de su Iglesia una Palabra de esperanza, que invita a levantar los ojos y el corazón hacia Él, ya que el Señor es fiel y cumple sus promesas. Así, en la primera lectura el Señor manifiesta su amor revelando que tiene poder sobre la muerte, sobre el dolor, etc. Así, dirá en el libro de Jeremías: «Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre, y Efraín es mi primogénito» (Jr 31,9).

Así, la Palabra de hoy es una invitación a hacer un memorial sobre la obra que Dios ha ido haciendo a lo largo de nuestras vidas y a exultar de alegría dándole gracias por su amor, tal y como rezamos en el salmo responsorial: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3).

Vivimos en una generación dónde no abundan las personas alegres. Todo lo contrario. No cesa de aumentar progresivamente el número de personas que padecen depresiones, que no le ven sentido a la vida, que están derrotadas por la autocompasión o por la desesperación, llegando, desgraciadamente, muchas veces, a poner un fin trágico a su existencia al verse superados por los sufrimientos de su vida.

Tal y como nos dice el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado». (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, Índice, p. 1).



Sin embargo, el Señor nos hace una invitación hoy a estar alegres, a no olvidar las grandes obras que Dios ha hecho en nuestras vidas, a dar testimonio con alegría del amor de Dios. Porque muchas veces hemos estado como este ciego de Jericó, sin ver por ningún lado el amor de Dios, y dedicándonos a mendigar a los demás afecto, reconocimiento, etc. Pero el Señor, al que le ha sido dado todo poder (Mt 28,18), dice en varios pasajes del Evangelio: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17); «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Así, dice el Papa Francisco al inicio de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, Índice, p. 1).

Y esa es la alegría que experimenta Bartimeo al ser sanado de su ceguera. Bartimeo oye pasar a Jesús y no cesa de gritarle, de pedirle, con humildad y con fe, a pesar de que los discípulos de Jesús le dicen que se calle. Él sigue gritando hasta que el Señor se detiene y le sana. Esta palabra de hoy es una llamada a la esperanza. ¡Cuántas veces pensamos que el Señor hace oídos sordos a nuestras oraciones! ¡Cuántas veces pensamos que en esta vida el mal vence al bien!

Pero el Señor hoy hace una llamada, en primer lugar, a pedirle con fe: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7,7-11). Pero, además, es una llamada a creer que Jesucristo, por su muerte y Resurrección, ha vencido a la muerte. El Señor hace hincapié en que creamos en Él: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado» (Jn 6,29); «Aunque había realizado tan grandes señales delante de ellos, no creían en él» (Jn 12,37).

Por tanto, el Señor hoy nos llama a hacer memorial de la actuación que Él ha tenido en nuestras vidas, de los milagros que ha hecho en ella, de los detalles de amor que ha tenido con cada uno de nosotros, y nos invita a unirnos al Coro celestial en la alabanza y la alegría de haber experimentado su amor y misericordia. Así, resuenan en mi corazón las palabras de Cristo: «No seas incrédulo sino creyente» (Jn 20,27), y las palabras de San Pedro en una de sus epístolas: «Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz, vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el Pueblo de Dios, de los que antes no se tuvo compasión, pero ahora son compadecidos» (1 Pe 2,9-10).

El Señor ha tenido la misma compasión con nosotros que con Bartimeo. Nos ha sacado del mundo de las tinieblas y nos ha revelado su Luz. Por tanto, hoy domingo, vivamos este día con alegría y digamos de corazón: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Sal 117,1). Feliz domingo.









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