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El premio de cada acto bueno
El premio auténtico, seguro, surge de la entrega total, por amor.


Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net



Dicen que el pecado incluye su propio castigo. No siempre se ve a primera vista, pero tarde o temprano ese gesto de egoísmo, de avaricia, de lujuria, de pereza, pasa la cuenta, provoca males para uno mismo y para otros.

Podríamos añadir que cada acto bueno incluye su propio premio. Porque cuando uno ama, sirve, ayuda, experimenta esa sana alegría de haber realizado lo justo, al mismo tiempo que percibe el bien que ha comunicado a otros.

Toda la existencia humana se construye así: desde decisiones que no solo escriben una biografía, sino que abren espacios al mal o al bien, a la tristeza o a la felicidad auténtica.

Desde luego, no resulta correcto hacer lo justo, lo noble, lo bueno, porque esperamos un premio, una gratificación, un aplauso. La acción auténticamente bella está revestida de cierto “desinterés”.

Pero tampoco es correcto pensar que somos espíritus puros, indiferentes a cualquier reconocimiento, cuando en realidad Dios nos ha hecho para ser felices, para lograr una plenitud a través de decisiones bien tomadas.



Por eso, en el camino hacia la vida ética ayuda mucho descubrir esos pequeños o grandes premios que recibimos como fruto de cada acto bueno que hemos realizado.

Esos premios nos consuelan, nos fortalecen, nos impulsan a seguir por el buen camino. Constatar que nuestra decisión ha mejorado la vida en la familia, ha vencido una injusticia, ha consolado a quien estaba triste, coincide con un premio asequible a todos: la satisfacción de haber hecho lo que teníamos que hacer.

Habrá momentos en los que ese premio no sea visible. Incluso parecerá, en ocasiones, que nuestro acto bueno ha desatado alguna tempestad misteriosa, hostilidad y rabia en quienes tienen mal corazón y nos pagan con el mal lo que hicimos por su bien.

En esos momentos, podemos unirnos a Cristo en la cruz, y aprender que el premio auténtico, seguro, surge de la entrega total, por amor, a lo que Dios Padre nos pide en cada momento.

Porque, cuando hacemos el bien por amor, y con un completo abandono en las manos de Dios, la belleza avanza en el mundo, y los corazones se abren al premio definitivo y eterno de la Pascua...









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