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Nuestra Señora del Pilar símbolo de la Hispanidad
La gran familia Iberoamericana llegó a ser una realidad; juntos aprendieron a hablar y a rezar en un mismo idioma.


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net



La fecha memorable del 12 de octubre nos remite a la festividad de Ntra. Señora del Pilar, en la que se conmemora el hecho prodigioso de que los pies de la madre de Dios, en carne mortal, pisaron suelo español, haciéndose presente a Santiago el Mayor para alentarle en su misión evangelizadora cuando el apóstol, decepcionado, estaba a punto de arrojar la toalla después de haberse dejado la piel misionando por tierras de la costa astur-galaica. Ésta sería la primera vez que La Virgen, milagrosamente, se hizo presente en la que habría de ser una larga y dilatada sucesión de apariciones marianas a lo largo de la historia. El hecho sucedía hacia el año 40, en la fértil tierra aragonesa regada por las aguas del río Ebro. Sta María del Pilar habría de ser también la primera iglesia mariana sobre la que se levantaría la monumental basílica, que hoy se yergue airosa sobre los limpios cielos de Zaragoza. Desde entonces la historia de España ha estado ligada a este gozoso acontecimiento, hasta el punto de que de generación en generación los habitantes de estas tierras han venido cantando sus glorias, desgastando a besos la pequeña columna de mármol, poblando los aires patrios con sus plegarias. Desde tiempos inmemoriales los espíritus más rebeldes han caído de rodillas para rendir pleitesía a su Madre de los cielos; reyes, héroes y nobles han implorado su favor, todos, jerarcas y el pueblo llano han visto incrementada su gracia protectora. Quienes ferviente y confiadamente se han acercado a pedir su bendición han sido atendidos y los miles de peregrinos que durante siglos se han arrodillado ante sus plantas han encontraron cobijo, y consuelo espiritual bajo su manto. España entera no ha dejado de encontrar en el Pilar la fuerza y el aliento necesarios para llevar a cabo la alta misión, que como nación le fue  encomendada desde arriba  y que habría de ser culminada por los Reyes Católicos en Granada. Los sitios de Zaragoza en 1808, durante la guerra de la Independencia, fueron lugares donde el pueblo encontró bajo su sombra un asilo seguro y en el transcurso de la guerra civil española (1936- 1939), los hechos históricos constatados, de que tres bombas lanzadas sobre la basílica no explotaran, fueron entendidos, cuando menos, como tres hechos prodigiosos debidos a la intervención de Nuestra Señora. Esta es la realidad que se puede contar, avalada por una larga tradición de muchos siglos, siendo este uno de los motivos por el que Juan Pablo II designara a la nación española como tierra de María.

La Pilarica se ha convertido así en símbolo de todo un pueblo y de su religiosidad mariana. No solamente esto, la festividad en sí va íntimamente ligada a la Hispanidad, para conmemorar uno de los hechos más grandiosos de la historia de la humanidad, como fue el descubrimiento del Nuevo Mundo. Quienes creemos en la Providencia pensamos que no fue casual que este hecho trascendental coincidiera con el 12 de octubre. No, no es fortuito que en esta misma fecha la enseña de Cristo comenzara a ondear en las almenas de Granada y que fuera descubierto el Continente Americano para la mayor gloria de Dios. Ya sé que la leyenda negra ha ensuciado este glorioso acontecimiento, pero la verdad histórica es la que es y con todo el derecho del mundo España puede sentirse orgullosa del acontecimiento de los siglos, cual el es el haber sido la evangelizadora de las tierras americanas.

Largos y dolorosos siglos de reconquista habían puesto a prueba la reciedumbre de sus soldados, de sus misioneros y de sus místicos. La cristiandad había encontrado en España el más firme baluarte y el embajador más cualificado para llevar la Buena Nueva allende los mares y esto es lo que cada 12 de octubre conmemoramos, asociándolo a la festividad de la aparición de Ntra. Señora del Pilar. Nada tiene de fortuito que en el mismo momento en que los hombres de Colón, allende los mares, gritaban “¡tierra a la vista!”, aquí, en la vieja España, las campanas de las iglesias convocaban a los fieles a rendir culto a la Virgen del Pilar. Desde tiempos antiguos en todas las iglesias de España y territorios sujetos al rey Católico, se venía celebrando la fiesta del Pilar. El mismo Papa Juan Pablo II en 1984, aprovechando su visita a territorio español, reconoció a la Virgen del Pilar patrona de la Hispanidad. No deja de ser una bendición, en estos tiempos de discordias patrias, tener a la “Virgen del Pilar” como patrona de la “Hispanidad”, lo que quiere decir que contamos con su intercesión  para recuperar el vínculo de fraternidad, no solo entre todos los españoles sino también entre la Península y el Continente Americano.

Si echamos una mirada a lo que desde sus orígenes representa la virgen de Guadalupe, pronto nos daremos cuenta de la íntima relación que guarda con Nuestra Señora del Pilar. Todo lo que no sea reconocer entre estas dos advocaciones marianas un símbolo de confraternización  sería traicionar la historia. Al margen de todas las patrañas alentadas por la leyenda negra, hay que decir que el alumbramiento de la nueva cristiandad en el Nuevo Mundo, fue sin duda la gesta incomparable de la España católica, digna de ser loada. Cuando se produce el descubrimiento de América, han transcurrido ya varios siglos en los que Europa había vivido tiempos esplendorosos bajo el signo de la cruz. La Cristiandad llegó así a ser una construcción político-religiosa, en unos tiempos en los que Dios era reconocido como el verdadero Señor de la Historia y punto de convergencia entre política y religión, donde hubo errores, sí, pero sobre todo lo que hubo fueron grandes aciertos.

Impulsados por el espíritu de esta Cristiandad y no tanto por las aspiraciones expansionistas, los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, se embarcaron en la gran aventura del descubrimiento de un nuevo continente. En su ánimo estuvo siempre la intención de trasplantar el cristianismo a otras culturas. Todos los recursos económicos de que disponía la Reina Católica fueron puestos al servicio de esta causa justa y para poder llevar a feliz término esta grandiosa empresa, tuvo que deshacerse de sus propias joyas personales. ¿Se puede pedir más? Por si fuera poco, el interés de Isabel por la evangelización de los nativos de esas lejanas tierras ha quedado patente en su testamento, donde recuerda y pide que se recuerde que el principal fin, por el que les han sido concedidos los territorios del Nuevo Mundo, ha sido la evangelización de sus moradores. Solo bajo este supuesto puede ser entendida la presencia de España en estos territorios. Incluso hoy, con la mentalidad de nuestro tiempo, cuesta trabajo entender este comportamiento ejemplar. Quienes actualmente se muestran tan críticos con el pasado debieran saber que la verdadera intencionalidad de la Reina Católica, estuvo alentada por un acendrado espíritu evangélico. Más que de colonización americana habría que hablar de cristianización. Ésta ha sido la altísima misión que la historia tenía reservada a España. Como bien dice el famoso historiador Caturelli: «Es evidente que aquella ‘presencia benéfica’, la más profundamente benéfica, ha sido la evangelización de todo un continente por obra de los misioneros de la España Católica”. Y cuando hablamos de la España evangelizadora estamos hablando de la España transmisora de la fe cristiana por una parte y por otra de la forjadora de una nueva y fructífera cristiandad. De la instrucción cristiana se encargaron una legión de misioneros, que atravesando mares, montañas, selvas, desiertos, ríos y llanuras, llegaban a las tribus alejadas y allí pacientemente se acomodaban a sus usos y costumbres, aprendían su lengua o dialecto, para así transmitirles el mensaje evangélico, administrarles los sacramentos, proporcionarles todo tipo de ayudas espirituales y si el caso lo requería hacer causa común con ellos, defendiéndoles incluso de los colonos desalmados que pretendían esclavizarlos, porque oportunistas desalmados los hubo, no vamos a negarlo; si bien ellos representaron la anécdota no la categoría que estuvo del lado de los héroes, los místicos y los santos, que llevaron a cabo una acción netamente cristianizadora y humanitaria, respaldada casi siempre a lo largo del tiempo por la Corona de España, que acabaría creando las condiciones necesarias para  que se produjera un mestizaje y se fuera consolidando una interrelación cada vez más estrecha, hasta llegar a compartir no solo formas de vivir, sino también de pensar, de actuar y de sentir, inspiradas en el espíritu cristiano. A España le cabe el honor de poder decir que fue de los pocos países, por no decir el único, en dispensar a través de leyes justas, un trato humanitario a los indígenas. Bien se puede decir que la filosofía política de los colonizadores estuvo sometida a una severa autocrítica, hasta el punto de que las objeciones de conciencia llegaron hasta la corona, caso por cierto no muy frecuente en la historia de los pueblos.



Con el descubrimiento del Nuevo Mundo comenzaba una nueva era, que habría de ser la prolongación de la vieja cristiandad europea, auspiciada desde el principio por los Reyes Católicos, también por el cardenal Cisneros y posteriormente por los mejores reyes de la dinastía de los Austrias. La gran familia Iberoamericana llegó a ser una realidad; juntos aprendieron a hablar y a rezar en un mismo idioma, y juntos consiguieron formar una sociedad cimentada en el magisterio de la Iglesia Católica, una sociedad que ya desde sus orígenes había quedado dibujada en las Leyes de Burgos de 1512, surgidas como respuesta al sermón incendiario del P. Montesinos, en el que se pedía que se pusiera en práctica el compromiso evangelizador de la Corona. En esta misma dirección habría que ubicar las leyes de Indias en el año 1542, que fueron obra de teólogos y juristas españoles, todo lo cual habría de cristalizar  en un proyecto de vida abierto a la trascendencia, compartido por la casi totalidad de las capas sociales, tanto en la Península como en el Continente.

El alumbramiento de esta nueva cristiandad en el Nuevo Mundo fue sin duda, la gesta incomparable de la España católica, digna de ser recordada y admirada  también, incluso en unos tiempos como los nuestros, en que hombres y mujeres miran con desdén la presencia religiosa en la vida pública, tiempos en los que inclusos los católicos tratan de ocultar sus propias creencias y sentimientos, porque ya han dejado de  sentirse orgullosos de un pasado glorioso.







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