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«Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»
Reflexión del domingo XXVII del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Pero desde el comienzo de la creación, El los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mc 10,6-9).

Nos regala hoy el Señor a través de la Iglesia una Palabra ya sabida y conocida, pero no por eso deja de ser nueva cada vez que es proclamada. Y el Señor sella con esta Palabra lo que ha revelado Él mismo a través de la ley natural y de su Palabra, cuyo núcleo reside en lo que expresan la primera lectura y el pasaje del Evangelio de hoy.

Así como la semana pasada el Señor mostraba cómo la Iglesia es sacramento de Jesucristo, hoy se centra el Señor en el matrimonio como sacramento que muestra el amor indisoluble de Cristo a la Iglesia, además de cómo el ser humano ha sido creado para el amor.

Es esclarecedor el pasaje del Evangelio de hoy en el que Jesucristo revela la causa de que algo tan evidente y tan sencillo de comprender como es el matrimonio, no como constructo cultural, como algunos no cesan de proclamar día tras día a través de todos los medios, sino como algo inherente a la naturaleza humana, y muestra quienes son los receptores de esa verdad evidente, y al mismo tiempo, paradójicamente, oculta para muchos. Dirá Jesucristo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió Moisés para vosotros este precepto.» Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,5.13-14).

La obra de Dios es en sí muy sencilla. La vida es muy sencilla. Somos nosotros los que seducidos por el maligno la complicamos de múltiples maneras cuando Dios habla con una enorme sencillez y simplicidad que sólo los sencillos poseen la capacidad de escucharle y de hacer su voluntad: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5,3).



Ya en la primera lectura de la Liturgia de la Palabra de la Eucaristía de hoy el Señor nos muestra cómo el hombre y la mujer son seres complementarios, llamados a ser una UNIDAD INDISOLUBLE. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dirá: «La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2,18). La mujer, «carne de su carne» (cf Gn 2, 23), su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como un «auxilio» (cf Gn 2, 18), representando así a Dios que es nuestro «auxilio» (cf Sal 121,2). «Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (cf Gn 2,18-25) (CIC 1605).

El ser humano, seducido por el maligno, ha dado más credibilidad a las perversas insinuaciones del demonio que a la Palabra de Dios inscrita también en la naturaleza humana. Porque el ser humano es criatura de Dios: «Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gn 1,26-27).

Y el gran engaño del demonio es hacernos creer que no somos sus criaturas sino que nosotros somos Dios; es decir, ¿Por qué hay que hacer lo que dice Dios? ¿Por qué está mal hacer lo que uno cree o desea? Es lo que se expresa muy bien en el pasaje de la Torre de Babel (Gn 11,1-9). El ser humano, creado para el amor, cuando vive en la mentira de creerse Dios, rompe la comunión consigo mismo, con Dios y con los demás, viviendo una realidad de confusión.

El matrimonio ha sido considerado siempre por la Iglesia el MAGNUM SACRAMENTUM, el Gran Sacramento. El matrimonio hace presente la comunión existente entre las Personas de la Santísima Trinidad. De ahí que el maligno, no teniendo poder para destruir a Dios, destruye sin piedad a su imagen y semejanza, en el ser humano y en el matrimonio y la familia. Es triste presenciar cómo se destruyen cada día una gran cantidad de familias y matrimonios; cómo no cesa de aumentar de forma alarmante el número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas; cómo se ataca al matrimonio haciendo creer que otros tipos de uniones son lo mismo que él.  Todo fruto de la soberbia del ser humano, de creernos que somos Dios.

Pero la buena noticia es que Dios no responde ante los desprecios que sufre de parte nuestra como respondemos nosotros, sino que nos ama siempre, y ante esa realidad envía a su Hijo Jesucristo para restaurar lo que el maligno ha roto: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,9-10).



Así, es necesario y urgente evangelizar para poder salvar tantos matrimonios y familias, porque Jesucristo es el verdadero remedio para recrear la unidad de tantos matrimonios destruidos por el pecado: «Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad» (Ef 2,13-16). Feliz domingo.







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