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16a. sesión: Siglo XV Edad Media: Renacimiento y Conquista de América
Curso Historia de la Iglesia
Renacimiento. Descubrimiento, conquista y evangelización de América.


Por: P. Antonio Rivero | Fuente: Catholic net



SIGLO XV

INTRODUCCIÓN

Después del cautiverio de Aviñón y del cisma de Occidente, la Iglesia sufría en toda Europa una crisis de credibilidad. Esta crisis se ahondó todavía más por las fuertes convulsiones políticas, sociales y económicas de estos siglos. Ante el desprestigio del sacerdocio, la mentalidad religiosa se orientó a buscar un contacto más directo con Dios. Es lo que hablamos en el siglo anterior sobre la “devoción moderna”. Aquí está, según algunos, el preludio de la reforma protestante de Lutero, pero sólo en algunos puntos que a él le convenían.

En general, la formación del clero era muy deficiente y, en algunos casos, existía una marcada corrupción. Algunos obispos actuaban más como señores feudales que como pastores de la Iglesia. La necesidad de una reforma era inminente. Se pensó que el concilio de Constanza la iniciaría, pero apenas hizo algo al respecto.

I. SUCESOS

“A río revuelto, ganancia de pescadores...”


En este clima de desconcierto general en la Iglesia, brotó la herejía husita, iniciada por Juan Huss, por influjo del inglés Wycleff 117, resumida en estos puntos:



  • Huss critica al Papa y dice que la iglesia verdadera no es la institución, sino la comunidad de los elegidos. Quiere reformar la iglesia y hacerla más pobre. Predicó violentamente contra el rico clero y contra el papa Juan XXIII. Acude a Constanza. Fue condenada su concepción de la iglesia. Huss acabó en la hoguera 118.
  • Ataca a la propiedad y a la autoridad, y por tanto, a la autoridad del Papa. Él, Juan Huss, se dice súbdito del concilio y de Jesucristo.
  • Niega los sacramentos.
  • Reclama libertad para predicar y cáliz para los seglares, es decir, comunión bajo las dos especies.
  • Exige que se prohíban al clero la posesión de bienes y que todo pecado mortal sea castigado.
  • Niega el celibato sacerdotal.
  • Niega el culto a los santos.


    También los emperadores y los poderes civiles, aprovechando esta confusión en la Iglesia, querían seguir interviniendo en asuntos religiosos. Ejemplo de ello fue la llamada Pragmática Sanción de Bourges, firmada por el rey Carlos VIII de Francia. Deseaba constituir una iglesia nacional. Para ello se concedió ingerencia en las elecciones episcopales y permitió que los monjes eligieran abad. Prohibió la publicación de los documentos pontificios que no contaran con su aprobación real.

    Final del imperio cristiano bizantino y avance turco otomano

    Terminado el cisma de Occidente, el papa Martín V y su sucesor Eugenio IV anhelaban poner fin también al cisma oriental, comenzado, como dijimos, en 1054. Lo mismo deseaban en Constantinopla los teólogos unionistas.

    Por otra parte, la creciente amenaza turca impulsaba a los gobernantes bizantinos a buscar un apoyo en la Cristiandad occidental, e inclinaba su ánimo hacia la causa de la unión eclesiástica.

    Oriente y Occidente estaban de acuerdo en que la solución del cisma habría de conseguirse mediante un Concilio, donde ambas iglesias, la latina y la griega, estuvieran representadas. Se comenzó dicho Concilio en Ferrara el 2 de enero de 1438, y se prosiguió en Florencia, donde hubo de trasladarse a causa de la peste, a partir del 13 de febrero de 1439. Fueron positivos los resultados y se llegó a la unión y a la aceptación del Papa como cabeza y vicario de Cristo, pastor y maestro de todos los cristianos, que rige y gobierna la Iglesia de Dios, sin perjuicio de los derechos de los patriarcas de Oriente.

    Cuando los obispos griegos volvieron a Oriente encontraron un clima popular resueltamente adverso y antirromano, lanzado por Marco Eugenio de Éfeso, el tenaz enemigo de la unión de las dos iglesias. El emperador Juan VIII, a la vista del sesgo que tomaban los acontecimientos, se dejó intimidar y no se atrevió a proclamar oficialmente la unión de Florencia, aunque tampoco llegó a denunciarla.

    Entre tanto, los turcos que por conveniencia política habían combatido la unión en las iglesias sujetas a su dominio, ocupaban la mayor parte de los territorios bizantinos y amenazaban de cerca de Constantinopla. Muerto el emperador Juan, su hermano y sucesor Constantino XI decidió promulgar el decreto de unión. La unión, concluida en Florencia, fue solemnemente proclamada en la catedral de santa Sofía, el 12 de diciembre de 1452, en presencia del emperador, del legado papal y del patriarca bizantino.

    La reacción fue un violento tumulto iniciado por el clero y los monjes, que lanzaron el grito de guerra, ardorosamente coreado por las turbas: “¡Reine sobre Constantinopla el turbante de los turcos, antes que la mitra de los latinos!”.

    Medio año más tarde, ese voto tenía cumplimiento: en abril de 1453, la ciudad de Constantinopla es sitiada por los turcos. Y el 29 de mayo toman por asalto la ciudad. El emperador sucumbe y muere sobre las murallas. El sultán Mahoma II entra a caballo en Santa Sofía, alfombrada de cadáveres. Había sucumbido la segunda Roma. El Imperio bizantino pasaba a la historia. Moscú recogía la herencia como “tercera Roma” (1461). Un concilio ruso proclamó en 1448 la autonomía de la iglesia rusa, eligiendo al metropolita de Moscú.

    El siglo XVI presenciará horrorizado los siguientes avances turcos, hasta que serán detenidos en la batalla de Lepanto.


    Renacimiento: Una nueva concepción del mundo.

    En el centro, el hombre


    Los intelectuales europeos estudiaron la cultura grecolatina. Los adelantos científicos de la época promovieron los cambios culturales. El sistema económico del feudalismo decayó dando paso a un incipiente capitalismo. La imprenta de Guttemberg revolucionó la vida intelectual. El primer libro que salió de sus manos fue la Biblia (1455). Ya la Sagrada Escritura no era privilegio de eruditos, sino de todos. Las técnicas de los viajes marítimos fueron usadas y perfeccionadas por los portugueses, sobre todo.


    ¿Qué características tuvo el Renacimiento?

    a)
    El centro de todo no es Dios, sino el hombre.
    b) Vuelta a los clásicos grecolatinos en letras (literatura) y arte (arquitectura, pintura y escultura). Así nacieron las Academias que acogían a los estudiosos reunidos para comentar las obras producidas por la imprenta. El Renacimiento privilegió a Platón, por encima de Aristóteles. La Escolástica recibió burlas despectivas.
    c) Los mismos Papas fueron mecenas o protectores de artistas. Por ejemplo, Nicolás V patrocinó la traducción de los autores griegos al latín. Sixto IV mandó construir la Capilla Sixtina (1475). Estos mismos papas propiciaron el nepotismo, los escándalos financieros, acumulación de beneficios, proliferación de espectáculos escandalosos, ejercicio de políticas de expansionismo y poca afición a las virtudes ascéticas.

    Contra estos vicios alzó la voz Jerónimo Savonarola, dominico, predicador de fuego. Alejandro VI intentó conquistarle y ponerle de su parte; pero no lo consiguió. Por tanto, prohibió a fray Jerónimo que predicara. Él desobedeció, alegando, como Huss, que obedecía los designios de Dios. El Papa Alejandro VI lo excomulgó. Terminó tristemente en la hoguera en 1498, en Florencia.

    Otro dominico, español, Vicente Ferrer, mostró también, pero con más respeto, ansia de reformar las costumbres en la Iglesia, a la que con todos sus defectos, tuvo una firme adhesión. Son famosos sus sermones y tratados de vida espiritual. El franciscano san Juan de Capistrano levantó el alma de Hungría y a caballo –crucifijo en mano- definió la derrota del Islam, que amenazaba Europa. San Bernardino de Siena –franciscano- con su predicación y vida santa sostuvo a las comunidades y pueblos italianos en su fe.


    Descubrimiento, conquista y evangelización de América

    1492 fue un año muy importante para España y Portugal. Fueron expulsados los moros, se casaron los reyes católicos que tanto empujaron la causa católica, Colón descubrió América, nació Ignacio de Loyola, el cardenal Cisneros reformó la vida espiritual de España y fundó la universidad de Alcalá de Henares.

    Veamos este tema, de tanta importancia en la historia de la humanidad y en la historia de la Iglesia.


    a) Los hechos

    En 1492 Colón 119 obtiene los títulos vitalicios y hereditarios de Virrey, Almirante y Gobernador, con poderes jurisdiccionales sobre las tierras a descubrir; se le adjudica el 10 % de las riquezas halladas. El 3 de agosto salen del Puerto de Palos, en Huelva, las carabelas Pinta, Niña y Santa María, con unos 100 hombres, la mayoría andaluces, algunos vascos y gallegos120 . Era el primer viaje de Colón. El 12 de octubre descubren la isla Guanahaní (más tarde llamada San Salvador), Cuba y Santo Domingo. En santo Domingo se funda el fuerte Navidad, primer establecimiento europeo en el continente americano. “Y es san Domingo donde se plantó la primera cruz, se celebró la primera misa, se recitó la primera avemaría y de donde entre diversas vicisitudes, partió la irradiación de la fe a otras islas y luego a tierra firme, dando así comienzo a la gesta evangelizadora de Nuevo mundo” 121 .

    En 1493 Colón regresa a España. Desembarca en Barcelona y se entrevista con los reyes en el mes de abril. El 25 de septiembre parten de Cádiz 17 nuevas carabelas, las cuales transportan al Nuevo Mundo 1.500 hombres con instrucciones para la evangelización, comercio y colonización de estas tierras. Es el segundo viaje de Colón. Se funda la primera ciudad, llamada Isabela en honor de la Reina Católica, entre las ruinas del fuerte Navidad, destruido por los indios. Realizan viajes a Cuba –que Colón cree ser la India- y a Jamaica; vuelven a Santo Domingo, entonces llamada La Española, donde el gobierno de Cristóbal Colón produce descontento. Se plantea el problema de la esclavitud indígena.

    En 1495, en el mes de octubre, desde la metrópoli se envía a La Española un representante real; Colón entrega el gobierno a su hermano Bartolomé y regresa a España para defenderse de las acusaciones que se le hacen en la Corte de maltrato de los indios.

    En 1498, 30 de mayo, Colón realiza su tercer viaje 122 al Nuevo Mundo. Salen de Sevilla y Sanlúcar seis carabelas, que siguen dos rutas: una va hacia La Española y la otra hacia el Sudoeste. Descubrimiento de Trinidad y de la desembocadura del Orinoco. En el mes de agosto llegan a distintos puntos del continente, que Colón sigue creyendo ser las Indias orientales.

    En 1500 el portugués Pedro Álvarez Cabral descubre el Brasil, al tiempo que Vicente Y. Pinzón llega a su costa nordeste y a las bocas del Amazonas. Juan de la Cosa traza el primer mapa de las tierras exploradas. Tras su regreso a La Española, Roldán encabeza una sublevación contra Colón. Bobadilla es enviado a esta isla por los reyes con plenos poderes, y procesa a Colón, que es enviado a España en calidad de preso. Esto conlleva la supresión de sus privilegios, salvo los títulos de Virrey y Almirante.

    En 1502 Nicolás de Ovando es enviado a La Española como gobernador de la isla, con amplios poderes judiciales. Pacifica la isla. Hernán Cortés intenta embarcar en esta expedición, pero un accidente sufrido en una aventura galante se lo impide. El día 11 de mayo, Cristóbal Colón sale de Cádiz con cuatro carabelas, iniciándose así su cuarto viaje. Se le han renovado todos sus privilegios, pero se le prohíbe dirigirse a La Española. Llegan a la costa centroamericana (actualmente Honduras y Panamá).

    1505-1508: en las juntas de Toro y Burgos, en las que participan, entre otros, Américo Vespucio y los hermanos Pinzón, se estudia la posibilidad de hallar un paso a través del continente que conduzca a las Indias orientales. Igualmente, se crea el puesto de Piloto Mayor, para el que es nombrado el afamado marinero italiano Américo Vespucio. Cristóbal Colón muere en Valladolid, el 20 de mayo de 1506, pobre y olvidado.

    1513: Viajes menores de exploración y conquista de América. Mediante establecimiento de compañías comerciales y el apoyo financiero de la Corona española o de algunos banqueros extranjeros, Alonso de Ojeda, Américo Vespucio, los hermanos Pinzón, Juan de la Cosa, Alonso Niño y otros marineros recorren las costas americanas, desde el Brasil hasta las Antillas mayores: Trinidad, Venezuela, Colombia, Panamá, las bocas del Amazonas y el Orinoco. Hernán Cortés participa en la expedición de Diego Velásquez a Cuba, en la que ocupa un cargo militar, limitándose a desempeñar funciones burocráticas. En Cuba ejerce actividades muy diversas: es agricultor, ganadero, buscador de oro, negociante, etc. De los relatos de Américo Vespucio se desprende que las tierras descubiertas forman un nuevo continente, al que Martín Waisdseemuller propone que se dé el nombre de “América”, en honor de Américo Vespucio. Vasco Núñez de Balboa cruz el istmo de Panamá y descubre el océano Pacífico.

    1515: Expediciones de Juan Díaz Solís por las costas uruguayas el río de la Plata. Se busca un paso entre los océanos Atlántico y Pacífico. Retroceso de los conquistadores ante los valientes y decididos ataques de los indios.

    1518: Diego Velázquez confía a Hernán Cortés el mando de una expedición cuyo objetivo lejano es la conquista del Imperio azteca. El conquistador extremeño parte de la ciudad de Santiago en el mes de noviembre, antes de la fecha prevista, con 11 barcos y 700 hombres.

    1519: Primera circunnavegación de la Tierra. Fernando de Magallanes, portugués al servicio de la Corona de Castilla, alcanza por Occidente las islas de las Especies. Uno de sus cinco navíos, el “Victoria”, al mando de Juan Sebastián Elcano, regresará a Sevilla tras una travesía de 1.124 días. Queda probada, así, la esfericidad de la Tierra. La expedición de Hernán Cortés se dirige a la península de Yucatán, funda Veracruz e inicia la penetración hacia el interior de México. En noviembre, las huestes de Cortés llegan a la capital azteca, Tenochtitlán, siendo bien recibidas por el emperador, que se reconoce vasallo del rey de Castilla.

    1521: Hernán Cortés, nombrado capital general, somete todo el Imperio azteca y realiza expediciones a Yucatán y Honduras, que son anexionadas a Nueva España: Carlos V implanta una sólida organización administrativa en estos territorios.

    1525: Francisco Pizarro y Diego de Almagro emprenden dos viajes con un triple objetivo descubridor: extender los límites conocidos, buscar la unión de los dos océanos y enriquecerse con las cabalgadas, acompañadas de saqueros y razzias.

    1526-1528: Segunda expedición al Perú de Pizarro y Almagro, descubriéndose el Incario. Aunque no llegan a conocer su organización imperial, los conquistadores se enteran de las luchas entre Atahualpa y Huáscar. Ante las posibilidades de conquista, retornan a Panamá en busca de ayuda.

    1529: Pizarro se traslada a España, donde es recibido por Carlos V, que le nombra gobernador, capitán general, adelantado y alguacil mayor, y se le concede la hidalguía. El rey firma la capitulación de la conquista de Perú, sometida finalmente.

    1537-1538: Las expediciones de Solís por el río de la Plata atraen el interés hacia aquella región. Así, Pedro de Mendoza inicia la exploración del territorio.

    1540: Expedición de Pedro de Valdivia a Chile, entonces llamada Nueva Extremadura. Se funda en este territorio la ciudad de Santiago, futura capital del país.

    1557: Termina la difícil conquista de Chile: el valor de los araucanos es cantado por Ercilla en La Araucana. El período de conquista puede considerarse terminado.


    b) Elementos de juicio 123

    ¿Qué decir, primero, del descubrimiento?


    Quizá nunca en la historia se ha dado un encuentro profundo y estable entre pueblos de tan diversos modos de vida como el ocasionado por el descubrimiento hispánico de América. En el Norte los anglosajones se limitaron a ocupar las tierras que habían vaciado previamente por la expulsión o la eliminación de los indios. Pero en la América hispana se realizó algo infinitamente más complejo y difícil: la fusión de dos mundos inmensamente diversos en mentalidad, costumbres, religiosidad, hábitos familiares y laborales, económicos y políticos. Ni los europeos ni los indios estaban preparados para ello, y tampoco tenían modelo alguno de referencia. En este encuentro se inició un inmenso proceso de mestizaje biológico y cultural, que dio lugar a un Mundo Nuevo.

    El mundo indígena americano, al encontrarse con el mundo cristiano que le viene del otro lado del mar, es, en un cierto sentido, un mundo indeciblemente arcaico, cinco mil años más viejo que el europeo. Sus cientos de variedades culturales, todas sumamente primitivas, sólo hubieran podido subsistir precariamente en el absoluto aislamiento de unas reservas. Pero en un encuentro intercultural profundo y estable, como fue el caso de la América hispana, el proceso era necesario: lo nuevo enriqueció a lo antiguo.

    Muchas de las modalidades culturales de las Indias, puestas al contacto con el nuevo mundo europeo y cristiano, vinieron enriquecidas; por ejemplo, cerbatanas y hondas, arcos, poco a poco, dejan de fabricarse, ante el poder increíble de las armas de fuego que permiten a los hombres lanzar rayos. Las flautas, hechas quizá con huesos de enemigos difuntos, y los demás instrumentos musicales, quedan olvidados en un rincón ante la selva sonora de un órgano o ante el clamor restallante de la trompeta. El mismo arte pictórico vino enriquecido al conocer el milagro de la escritura, de la imprenta, de los libros. Los vestidos, el cultivo de los campos con los arados y los animales de tracción, antes desconocidos. Esto en el campo material. ¿Y en el campo espiritual? Europa ofrece al mundo indígena la verdad del matrimonio monogámico y el monoteísmo.

    ¿Qué queda entonces de las antiguas culturas indígenas? Permanece lo más importante: sobreviven los valores espirituales indios más genuinos, el trabajo y la paciencia, la abnegación familiar y el amor a los mayores y a los hijos, la capacidad de silencio contemplativo, el sentido de la gratuidad y de la fiesta, y tantos otros valores, todos purificados y elevados por el cristianismo. Sobrevive todo aquello que, como la artesanía, el folklore y el arte, da un color, un sentimiento, un perfume peculiar, al Mundo Nuevo que se impone y nace.

    Por el diario de Colón podemos colegir que el objetivo primero del descubrimiento era hacer cristianos124 , y el segundo hallar oro: “Así que deben Vuestras Altezas125 determinarse a los hacer cristianos, que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de los haber convertido a nuestra santa fe multidumbre de pueblos, y cobrando grandes señoríos y riquezas, y todos sus pueblos de la España, porque sin duda es en estas tierras grandísima suma de oro, que no sin causa dicen estos indios que yo traigo, que hay en estas islas lugares adonde cavan el oro y la traen al pescuezo, a las orejas y a los brazos”.

    Evangelio y oro no son en el siglo XVI cosas contrapuestas, o al menos pueden no serlo. Esto, nosotros no acabamos de entenderlo. Colón confesó de todo corazón: “El oro es excelentísimo; del oro, se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso” (IV Viaje). En esta declaración, muy enraizada en el siglo XVI hispano, la pasión por el oro no se orienta ante todo, como hoy suele ser más frecuente, a la vanidad y la seguridad, o al placer y la buena vida, sino que pretende, más que todo eso, la acción fuerte en el mundo y la finalidad religiosa.

    Descubridores y conquistadores, según se ve en las crónicas, son ante todo hombres de acción y de aventura, en busca de honores propios y de gloria de Dios, de manera que por conseguir estos valores muchas veces arriesgan y también pierden sus riquezas y aún sus vidas. Y si consiguen la riqueza, rara vez les vemos asentarse para disfrutarla y acrecentarla tranquilamente. Ellos no fueron primariamente hombres de negocios, y pocos de ellos lograron una prosperidad burguesa.

    En Colón, concretamente, la fe y el oro no se contradicen demasiado, si tenemos en cuenta que, como él dice, “así protesté a Vuestras Altezas que toda la ganancia de esta mi empresa se gastase en la conquista de Jerusalén, y Vuestras Altezas se rieron y dijeron que les placía, y que sin esto tenían aquella gana” (I Viaje, 26 diciembre).

    ¿Qué decir, segundo, de la conquista? 126

    Correspondió a Colón y a sus compañeros dar nombre a las tierras que fueron descubriendo, como Adán en el Paraíso, en señal de dominio, de un dominio ejercido desde el principio “En el nombre de Cristo” y de los católicos Reyes. Y pone nombres cristianos: San Salvador, santa María de Concepción, Isla Santa, Isla de Gracia, cabo de Gracias a Dios, islas de la Concepción, la Asunción, Santo Domingo, santa Catalina. El primer asentamiento español fundado en tierra americana fue el llamado fuerte de la Navidad. Y a las aguas de ciertas islas “púsoles nombre la mar de Nuestra Señora”. Este bautismo cristiano de las tierras nuevas fue costumbre unánime de los descubridores españoles y portugueses. Ellos hicieron con América lo mismo que los padres cristianos, que hacen la señal de la cruz sobre su hijo recién nacido, ya antes de que sea bautizado.

    También fue Colón quien solía enviar al escribano para que no consintiese hacer a los demás cosas indebidas a los indios. Al ver a los indios tan francos, no permitió que los españoles recibieran cosa alguna sin que se devolviera algo en pago a los indios.

    En el codicilo que la reina Isabel otorga el 23 de noviembre de 1504, suplica a su esponso Don Fernando y a su hija Doña Juana que “no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas islas y tierra firma, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados y, si algún agravio han recibido, lo remedien”.

    Aceptaron los monarcas el compromiso y desde entonces ellos y sus sucesores, por razón del Patronato regio que habían conseguido de los Papas, se hicieron cargo de los gastos que supuso el envío de misioneros, la creación de nuevas diócesis, dotación de cabildos, construcción de iglesias y catedrales, mantenimiento de parroquias, seminarios, escuelas y conventos, y todo lo que suponía llevar a cabo la obra misionera.

    La conquista se realizó con una gran rapidez, en unos veinticinco años (1518-1555)127 . No fue tanto una conquista de armas, sino una conquista de seducción. Seducción de lo nuevo y superior.

    ¿Cómo se explica, si no, que unos miles de hombres gobernaran a decenas de millones de indios, repartidos en territorios inmensos, sin la presencia continua de algo que pudiera llamarse ejército de ocupación?

    Dijimos que la conquista no fue por las armas, sino más bien, por la fascinación y, al mismo tiempo, por el desfallecimiento de los indios ante la irrupción brusca, y a veces brutal, de un mundo nuevo y superior 128. El chileno Enrique Zorrilla, en una páginas admirables, describe este trauma psicológico, que apenas tiene parangón en la historia: “El efecto paralizador producido por la aparición de un puñado de hombres superiores que se enseñoreaba del mundo americano, no sería menos que el que produciría hoy la visita sorpresiva a nuestro globo terráqueo de alguna expedición interplanetaria” (Gestación 78).

    Hay más. Conviene tener en cuenta que, como señala Céspedes del Castillo, “el más importante y decisivo instrumento de la conquista fueron los mismos aborígenes”. Los castellanos reclutaron con facilidad entre ellos a guías, intérpretes, informantes, espías, auxiliares para el transporte y el trabajo, leales consejeros y hasta muy eficaces aliados. Esto fue, por ejemplo, el caso de los indios de Tlaxcala y de otras ciudades mexicanas, hartos hasta la saciedad de la brutal opresión de los aztecas.

    Prohibida la esclavitud por la Corona, se fue imponiendo desde el principio el sistema de la encomienda, que ya tenía antecedentes en el Derecho Romano, en las leyes castellanas y en algunas costumbres indígenas.

    ¿Qué es la encomienda? Un derecho concedido por merced real a los beneméritos de las Indias para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se le encomendaren por su vida y la de un heredero, con cargo de cuidar de los indios en lo espiritual y defender las provincias donde fueren encomendados.

    El encomendero tenía la obligación de dirigir el trabajo de los indios, de cuidarles, y de procurarles instrucción religiosa, al mismo tiempo que tenía el derecho de percibir de los indios un tributo. Aun conscientes de los muchos peligros de abusos que tal sistema entrañaba, Cortés, los gobernantes de la Corona y en general los franciscanos, aceptaron la encomienda, y se preocuparon de su moderación y humanización. A la vista de las circunstancias reales, estimaron que sin la encomienda apenas era posible la presencia de los españoles en la India, y que sin tal presencia corría muy grave peligro no sólo la civilización y humanización del continente, sino la misma evangelización. Por eso, cuando las Leyes Nuevas de 1542, bajo el influjo de Las Casas, quisieron terminar con ellas, los superiores de las tres Órdenes misioneras principales, franciscanos, dominicos y agustinos, intercedieron ante el rey Carlos I para que no se aplicase tal norma.

    Ni todos los indios eran malos ni todos los conquistadores tampoco. Conquistadores y misioneros vieron desde el primer momento que ni todos los indios cometían las perversidades que algunos hacían, ni tampoco eran completamente responsables de aquellos crímenes129 , pues muchos ignoraban el mal que cometían. Los mismos misioneros sentían una profunda piedad, como lo demuestran las páginas de Bernardino de Sahagún.

    El mismo Colón, cuando llegó a La Española, escribió : “Crean Vuestras Altezas que en el mundo no puede haber mejor gente ni más mansa. Deben tomar Vuestras Altezas grande alegría porque luego los harán cristianos y los habrán enseñado en buenas costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser”. Al día siguiente encalló en un arrecife y los indios con su rey fueron a ayudarle: “El, con todo el pueblo, lloraba; son gente de amor y sin codicia y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus prójimos como a sí mismos y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron, mas crean Vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas, y el rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan continente que es placer de verlo todo, y la memoria que tienen, y todo quieren ver, y preguntan qué es y para qué”.

    Hoy se echa en cara injustamente a los conquistadores el terrible acabamiento de los indios. Sí, hubo abusos, sin duda, por parte de algunos españoles. Pero hubo también otra causa principal del pavoroso declive demográfico: las pestes. Los indios eran vulnerables ante agentes patógenos allí desconocidos. En lo referente, concretamente a La Española, donde la despoblación fue casi total, estudios recientes del doctor Francisco Guerra han mostrado que la “gran mortalidad de los indios, y previamente de los españoles, se debe a una epidemia de influenza suina o gripe de cerdo”.

    Otras causas de la mortandad fueron: el trabajo duro y rígidamente organizado impuesto por los españoles, al que los indios apenas se podían adaptar; la malnutrición sufrida con frecuencia por la población indígena a consecuencia de las requisas, de los tributos y de un sistema de cultivos y alimentación muy diversos a los tradicionales; los desplazamientos forzosos para acarreos, expediciones y labores; el trabajo en las minas; las incursiones bélicas de conquista y los malos tratos, así como las guerras que la presencia del nuevo poder hispano ocasionó entre las mismas etnias indígenas.

    Quiero traer aquí el juicio del historiador belga Van der Essen: “Se puede afirmar, hablando generalmente, que los españoles y portugueses cumplieron en gran parte el deber que les impuso el Romano Pontífice. En las leyes, decretos e instrucciones referentes al Nuevo Mundo ponen en primer término los intereses de la conversión...Los conquistadores iban decididos a combatir con el hierro y el fuego a los que no aceptaban la fe que les predicaban, ante todo, los misioneros. Tal vez nos parezca bárbaro hoy el método, pero es necesario situarlo en el ambiente del siglo XVI, si no queremos condenarnos a no entender nada de los acontecimientos...Es justo, pues, constatar que españoles y portugueses, en virtud de sus leyes de Patronato, promovieron sin descanso la conversión e instrucción de los indios, establecieron una jerarquía eclesiástica, crearon parroquias, protegieron a los misioneros...Y fueron ellos los que levantaban la voz para defender la vida o los derechos de las poblaciones indígenas”.

    ¿Qué decir, tercero, de la evangelización?

    Los misioneros 130 intentaban la evangelización con una esperanza muy cierta, tan cierta que puede hoy causar sorpresa. Nunca se dijeron los misioneros “no hay nada que hacer”, al ver los males de aquel mundo 131. Nunca se les ve espantados del mal, sino compadecidos. Y desde el primer momento predicaron el Evangelio, absolutamente convencidos de que la gracia de Cristo iba a hacer el milagro.

    Dicha evangelización fue rápida. Por traer algunos datos:

    En el imperio azteca:

    1520: en Tlaxcala, en una hermosa pila bautismal, fueron bautizados los cuatro señores tlaxcaltecas, que habían de facilitar a Hernán Cortés la entrada de los españoles en México. El fin y objeto de Hernán Cortés es la “gloria de Dios y propagación de la fe católica”. Vencida la resistencia de los aztecas, comienza la evangelización organizada132 .
    1521: caída de Tenochtitlán, donde en 1487 de realizaban decenas de miles de sacrificios humanos, seguidos de banquetes rituales antropofágicos.
    1527: Martirio de los tres niños tlaxcaltecas, descrito en 1539 por Motolinía, es decir, fray Toribio de Benavente, y que fueron beatificados por Juan Pablo II en 1990.
    1531: el indio Cuauhtlatóhuac, nacido en 1474, es bautizado en 1524 con el nombre de Juan Diego. A los cincuenta años de edad, en 1531, tiene las apariciones de la Virgen de Guadalupe, que en 1540-1545 son narradas en lengua náhuatl, en el Nican Mopohua. Fue beatificado en 1990 y canonizado en julio del año 2002.
    1536: más de cuatro millones de ánimas se han bautizado, dice Motolinía en su Historia II, 2, 208.

    En el imperio inca:

    1535: en el antiguo imperio de los incas, Pizarro funda la ciudad de Lima, capital del virreinato del Perú, una ciudad, a pesar de sus revueltas, netamente cristiana.
    1600: cuando Diego de Ocaña la visita afirma impresionado: “Es mucho de ver donde ahora sesenta años no se conocía el verdadero Dios y que estén las cosas de la fe católica tan adelante” (A través, cap. 18). Son años en que en la ciudad de Lima conviven cinco grandes santos: el arzobispo santo Toribio de Mogrovejo, el franciscano san Francisco Solano, la terciaria dominica santa Rosa de Lima, el hermano dominico san Martín de Porres y el hermano dominico san Juan Macías. Todo, pues, parece indicar, como dice el franciscano Mendieta, que “los indios estaban dispuestos a recibir la fe católica”, sobre todo porque “no tenían fundamento para defender sus idolatrías, y fácilmente las fueron poco a poco dejando” (Historia eclesiástica indiana, cap. 45).

    Ante las críticas lanzadas contra los descubridores, conquistadores y evangelizadores, quiero poner aquí unas palabras del venezolano Arturo Uslar Pietri en un artículo titulado “El nosotros hispanoamericano”:

    “Los descubridores y colonizadores fueron precisamente nuestros más influyentes antepasados culturales y no podemos, sin grave daño a la verdad, considerarlos como gente extraña a nuestro ser actual. Los conquistados y colonizados también forman parte de nosotros y su influencia cultural sigue presente y activa en infinitas formas en nuestra persona. La verdad es que todo ese pasado nos pertenece, de todo él, sin exclusión posible, venimos, y que tan sólo por una especie de mutilación ontológica podemos hablar como de cosa ajena de los españoles, los indios y los africanos que formaron la cultura a la pertenecemos” (23-diciembre de 1991).

    O este otro texto de Carlos Fuentes –novelista mexicano, premio Cervantes- a propósito de la obra de España en América y del Quinto Centenario del descubrimiento:

    “La conmemoración del Quinto Centenario representa una gran oportunidad y un gran peligro. La oportunidad es no olvidar la historia, no sufrir un ataque de amnesia. Hubo violencia, hubo crueldad, hubo explotación. Hubo conquista. Pero hubo también una contra-conquista. La contra-conquista significa la creación de una nueva cultura de la cual fueron protagonistas indios, mestizos y negros. Ellos construyeron nuestras iglesias, escribieron nuestros poemas, compusieron nuestra música, realizaron nuestros muebles, hicieron nuestras ciudades, cultivaron nuestros campos. Se creó una nueva cultura, que es lo que tenemos que celebrar. Una cultura única, insustituible. Y reconocerla nos permite, no sólo celebrar el mil novecientos noventa y dos, sino algo más importante: proyectarnos al año dos mil y saber en qué postura vamos a estar ante el mundo todos los que hablamos español...En México hay una estatua del último emperador azteca, en el paseo de la Reforma, pero no hay ninguna de Hernán Cortes. Creo que México será un país maduro el día que admita la importancia de Hernán Cortés en su historia, como cofundador de su nacionalidad” (Periódico A.B.C. 21/XI/1989).

    Nos sirve también este otro texto del poeta, también mexicano, Octavio Paz –Nobel de literatura- sobre la evangelización de México:

    “La gran revolución que se ha hecho en México, la más profunda y radical, fue la de los misioneros españoles. En el ser del mexicano está el pasado pre-hispánico indígena, pero sobre todo está el gran logro de los evangelizadores: hicieron que un pueblo cambiara de religión. En esto ha fracasado el liberalismo y ha fracasado la modernidad. Esto yo no lo sabía, pero lo adiviné cuando escribí “El laberinto de la soledad”. Esta obra mía es un intento de diálogo con mi ser de mexicano y en el centro de ese diálogo está la religión, como lo está en mi ensayo sobre la poesía, “El arco y la lira”. No soy creyente pero dialogo con esa parte de mí mismo que es más que el hombre que soy, porque está abierta al infinito. En fin, en México se logró la gran revolución cristiana. Ahí están los templos, ahí está la Virgen de Guadalupe y ahí está mi emoción en la catedral de Goa. El diálogo de un no creyente mexicano con usted, es el diálogo con una parte de nosotros mismos” (Revista “Proyección mundial de 30 días”, 15 de octubre – 15 de noviembre de 1990, pag. 67, año V, n. 10.

    Para conocer, pues, una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos. Es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda. El que desconozca el espíritu medieval hispano de conquista y evangelización que actuó en las Indias, y trate de explicar aquella magna empresa en términos mercantilistas y liberales, propios del espíritu burgués moderno –“cree el ladrón que todos son de su condición”-, apenas podrá entender nada de lo que allí se hizo, aunque conozca bien los hechos y esté en situación de esgrimirlos. Quienes proyectan sobre la obra de España en las Indias el espíritu del colonialismo burgués, liberal y mercantilista, se darán el gusto de confirmar sus propias tesis con innumerables hechos, pero se verán condenados a no entender casi nada de aquella grande historia.

    Dice el padre italiano Giacomo Martina sobre la conquista y la colonización:

    “Los españoles en América Latina desarrollaron sistemáticamente una penetración costera, y desarrollaron una auténtica obra educadora, que no se redujo a la simple exportación de instituciones y costumbres europeos al nuevo continente, sino que llevó a la creación de una nueva civilización, la civilización latinoamericana. La tarea, de alcance mundial, se llevó a cabo de manera sustancialmente positiva, si bien no faltaron culpas gravísimas cometidas a la sombra de la cruz. En todo caso, las condiciones de los indígenas bajo España fueron mejores que las de los pieles rojas en contacto con los anglosajones. Faltaba de hecho en los colonizadores españoles aquel racismo tan frecuente en los ingleses.

    Por otra parte, éstos habían emigrado con toda su familia, mientras que los españoles se encontraban sin mujeres de su raza; hecho que, si fuera causa de un peligroso descenso del nivel moral, facilitó, en una perspectiva más amplia, la fusión de razas. No conviene tampoco olvidar que a los colonizadores españoles les movían dos motivos bien diversos, aunque yuxtapuestos: la esperanza de una ganancia fácil y rápida, y el celo sincero, aunque no siempre iluminado, por la salvación de los indígenas. En la evangelización de los habitantes, se usó inicialmente la fuerza, y la conversión se confundía frecuentemente con la sumisión al nuevo régimen político; sin embargo, pasado el primer momento, se desarrollará una larga y frecuentemente eficaz obra de catequesis, de modo que las nuevas generaciones, crecidas en el nuevo clima, eran realmente, aunque tal vez superficialmente, creyentes...

    Vale la pena notar que dondequiera que llegó España, surgieron naciones católicas...Como los españoles, también los ingleses desarrollaron una efectiva penetración en el continente y no se limitaron a una reda de estaciones comerciales. Pero, a diferencia de aquellos, no establecieron ninguna relación de amistad con los indígenas, a los que rechazaron lenta, pero inflexiblemente hacia el interior, para exterminarlos después de modo incruento, pero eficaz (alcohol y otros medios). En la América septentrional no nació una nueva civilización con características propias, sino que importaron usos y tradiciones europeos”133 .


    Termino estos elementos de juicio diciendo que Colón entendió que cuanto iba haciendo fue “gracias a Dios”, como él siempre decía (III Viaje). Nunca ve el Nuevo Mundo como una adquisición de su ingenio y valor, y siempre lo mira como un don de Dios. Es consciente de que hizo con sus compañeros aquellos descubrimientos fabulosos “por virtud divinal”. Colón, empapado del espíritu español –pues él era de Génova-, empapado del espíritu castellano, hizo posible esta gesta sin precedentes134 .

    Que después los siguientes conquistadores de América se desmidieron, fue debido al misterio de iniquidad, que es el pecado, siempre presente en todos los avatares de la historia. Toda hazaña, aunque comience con intenciones santas, puede desviarse por las ambiciones humanas. Es el misterio de la Luz y las tinieblas. El descubrimiento de América tuvo sus luces y sombras, como dijo el papa Juan Pablo II. La luz es para que siga iluminando. Y las tinieblas hay que lograr hacerlas desaparecer, con la ayuda de Dios que es Luz. Y esto es obra de todos.

    Pero que quede claro, ante abusos de algunos conquistadores, los misioneros levantaron su voz en defensa del hombre americano. En palabras del papa Juan Pablo II: “La Iglesia en esta isla (santo Domingo) fue la primera en reivindicar la justicia y en promover la defensa de los derechos humanos de las tierras que se abrían a la evangelización. Son lecciones de humanismo, de espiritualidad y de afán por dignificar al hombre, lo que nos enseñan Antonio Montesinos, Córdoba, Bartolomé de las Casas, a quienes harán eco José de Anchieta, Toribio de Mogrovejo, Nóbrega y otros como Juan de Zumárraga, Motolinía, Vasco de Quiroga. En ellos late la preocupación por el indígena. Luego nacerá el primer Derecho internacional, con Francisco de Vitoria” (Viaje apostólico a la República Dominicana, 25 de enero de 1979).


    II. RESPUESTA DE LA IGLESIA 135

    La tesis conciliarista, un gran peligro

    La Cristiandad empezó el siglo herida de la manera que hemos visto descrita: con tres papas, después del famoso sínodo de Pisa en 1409: Gregorio XII, Benedicto XIII y Alejandro V, éste último elegido en el sínodo. Muerto Alejandro V, le sucedió Juan XXIII. Este inauguró el concilio de Constanza en 1415, pero fue apresado y obligado a renunciar. Gregorio XII hizo lo mismo. Benedicto XIII se negó a imitarlos pero fue cesado por el concilio. Este concilio reunió a cien mil espectadores, ávidos de presenciar el fin del cisma de occidente. Condenó, además, a los husitas y afirmó la legitimidad de la comunión bajo la sola especie de pan. Terminó el concilio eligiendo a Martín V, legítimo sucesor de Pedro y nuevo único papa. Con ello terminó la más aguda crisis que había sufrido la iglesia. Sobrevivió el papado.

    Pero este concilio de Constanza defendió la corriente conciliarista, que convertía a la Iglesia en una monarquía constitucional parlamentaria, que defendía la superioridad del concilio sobre el Papa, el cual podía ser corregible, subordinado y depuesto.


    “¡Voto por la unión de Oriente y Occidente!”

    Martín V convocó un concilio, iniciado en Basilea (1431), continuado en Ferrara (1438), luego Florencia (1439) y finalizado en Roma (1445). El papa murió antes de su apertura, y la asamblea de cardenales reafirmó la tesis conciliarista del concilio de Constanza, que decía que el concilio está por encima del Papa, e incluso puede deponer al Papa.

    Algo positivo de este concilio fue la unión entre las dos iglesias, latina y griega. Al menos en un principio, pero con la caída de Constantinopla en mano de los turcos, se recrudeció la enemistad, una vez más. El empecinado fanatismo antilatino de las masas griegas parece haber sido el principal responsable del fracaso de la unión cristiana en este siglo XV. En Roma, Isidoro de Kiev, huido a Rusia, y Bessarion de Nicea, convertido los dos en cardenales de la Iglesia, fueron durante años como un recuerdo viviente de algo que pudo haber sido y que no fue, porque los hombres no quisieron.

    ¿Qué hacer ante la peste y demás calamidades?

    La muerte omnipresente invitaba a todos al examen de conciencia: hay que expiar los propios pecados y salvar el alma. Aquí está el origen de esas procesiones de flagelantes que recorren las ciudades azotándose hasta derramar sangre. No por eso se detienen las epidemias. Hay que buscar responsables. El gran causante de las desdichas, se decía, eran los judíos, y mataron a muchos por esto. Pero en realidad, terminaban diciendo que es obra de Satanás.

    Junto a este examen de conciencia, florece también más que nunca el culto a los santos y a las reliquias. La piedad se hace cuantitativa, es decir, se suman las misas, los sacerdotes “altaristas” se pasan el día entero diciendo misas para ganarse la vida y pedir por las intenciones de los fieles. Sin embargo, los príncipes, alternaban su piedad con el desenfreno. Surgen aquí las terceras órdenes, es decir, asociación de laicos vinculada a una orden: dominicos, carmelitas, franciscanos. Insisten en el modo de progresar en la virtud, siguiendo la vida ordinaria de laicos.

    Pero también este horror engendró miedos y supersticiones. El demonio y la brujería se hacen presentes en los bajos fondos del devocionismo exagerado y de la superchería. Sólo en un año fueron quemadas unas doscientas brujas en el cantón suizo de Valaise. Los inquisidores dominicos alemanes Enrique Kramer y Jacobo Sprengen consiguen de Inocencio VIII una bula especial contra las brujas (1484), y la represión de éstas, lo mismo que de la magia, se considera como parte integrante de la lucha contra la maldad herética. Tres años después, los dos inquisidores publican el “Malleus maleficarum”, un tratado sistemático sobre lo que habría de hacerse contra las brujas, que es aprobado por la facultad teológica de Lovaina y que en dos siglos conoce treinta ediciones.

    Es un estado de ánimo turbio y exaltado, que engendra angustia y desesperación. No se sabe dónde mirar, ni tampoco en la Iglesia se acaba de encontrar remedio. El alto clero lleva una vida mundanizada, tratando de acumular en sus manos varios beneficios, diciendo misa raramente, pasando el tiempo entre la caza y la diversión. Aumenta también el proletariado clerical. Pobres, poco instruidos, no observaban algunos el celibato. Lo mismo pasaba en aquellas Órdenes religiosas que no habían abrazado aún la reforma. Sobre todo, en los conventos femeninos, donde las familias nobles metían a sus hijas a la fuerza.

    Mientras en Roma, ¿qué pasaba? De tantos males existentes, es siempre la Iglesia la que sale perjudicada, pues a ella dirigen, principalmente, sus críticas y acusaciones. Se pide a gritos reforma y crece la reacción antirromana y anticurialista. El 9 de noviembre de 1520 escribía Erasmo: “La aversión contra el nombre romano ha penetrado en el ánimo de la gente, por lo que se cuenta de las costumbres de aquel pueblo”.

    Veamos más detenidamente lo que pasaba en Roma.

    La Iglesia y el Renacimiento

    Ante el Renacimiento, la Iglesia no fue ajena. Ella apoyó a los artistas y literatos, pero por momentos algunos Papas se contaminaron con los aires liberales y parecían más artistas y políticos que pastores136 , contemporizaron con las ideas y algunas prácticas demasiado naturalistas. Como ya dijimos antes, se alzaron algunas voces contra los escándalos papales. Realmente, la época del Renacimiento, en su primera etapa del siglo XV, es una de las más discutidas –y en ocasiones condenadas- de toda la historia del pontificado, pues al esplendor culturas y de relaciones externas se contrapone la falta de un auténtico espíritu religioso en el vértice de la jerarquía eclesiástica.

    El Renacimiento puede decirse que entra de modo decisivo en la historia de la Iglesia con el Papa Nicolás V, que había sucedido en 1447 a Eugenio IV, después de los difíciles días del concilio de Florencia. El Papa Nicolás V funda la Biblioteca vaticana, hace copiar numerosos manuscritos y confía a grandes arquitectos la renovación artística de Roma. Ésta había de ser la digna sede del Vicario de Cristo, la capital esplendorosa del mundo cristiano, en cuyo centro había de surgir la nueva basílica de san Pedro, que él mismo decidiera construir. Se ha acusado a este Papa de no haber acudido en socorro de Constantinopla, asediada por los turcos, y que cayó en manos de Mahomet II. Con esta caída se desvanecieron las últimas esperanzas de unión de los cristianos.

    A Nicolás V, le siguió un Papa español, Calixto III, nepotista, cuyo sobrino fue Alejandro VI a quien elevó al cardenalato; lanzó la cruzada contra los turcos. Le sucede el mejor de los Papas del Renacimiento, el humanista Eneas Silvio Piccolomini, brillante orador y escritor, que tomó el nombre de Pío II. Antes de ser Papa tuvo sus deslices graves y fue corrigiéndose gradualmente 137. Se preocupó de la cruzada, pero murió en Ancona cuando él mismo se preparaba para embarcarse.

    A Pío II le sucede Paulo II, poco afecto a los humanistas, por el aspecto pagano con el que, según él, se presentaban. Los que le siguen, desde Sixto IV a León X, representan desde el punto de vista religioso-eclesiástico la época menos feliz del pontificado, después de la época oscura de la Edad de Hierro. Si merecieron como mecenas del arte renacentista, dejaron que desear por lo que se refiere a su propia conducta138 , al desinterés que mostraron en promover enérgicamente la reforma de la Iglesia, por sus aspiraciones mundanas y políticas que les hacían parecer como uno de tantos príncipes seculares de Italia, y por lo que favorecieron a sus familiares, aumentando y dando carta de naturaleza a la lacra del nepotismo.

    El nepotismo no sólo envileció el prestigio religioso del pontificado, sino que también dañó políticamente su autoridad, al conceder oficios de gran importancia a hombres ineficaces y unir el interés del estado a los intereses familiares. Esto aumentaba, además, el lujo y la ostentación de la Curia: cada cardenal tenía una corte suntuosa, con palacios y villas dentro y fuera de Roma, y ello suponía cuantiosos dispendios. Para sufragarlos se aprovechan de la acumulación de beneficios (regían en ocasiones varias diócesis que nunca visitaban), de la venta de oficios, del aumento de tasas y la concesión de indulgencias por el solo lucro.

    No hay duda que uno de los Papas más discutidos de esta época es el español Alejandro VI, de la familia de los Borja, de Valencia. Mientras unos tratan de defenderlo atenuando en lo posible sus excesos y veleidades, otros siguen lanzando contra él graves acusaciones. Su trayectoria no se diferencia, sin embargo, de la que siguieron otros Papas de su tiempo. Su antecesor Inocencio VIII no fue que digamos un modelo de moralidad, tampoco lo sería quien iba a seguirle en el pontificado, Julio II. A uno y a otro les supera Alejandro VI en la atención que puso en los problemas de la Iglesia y en el interés misionero que demostró, apenas descubiertas las primeras tierras de América, con la bula “Inter caetera” (1493). Antes de ser Papa, como sacerdote, tuvo varios hijos 139. Llevó una vida fastuosa y dio pie para que se celebrasen en el Vaticano fiestas que degeneraban en verdaderos escándalos. También se dio al nepotismo, a favor de sus propios hijos. Favoreció a las Órdenes monásticas, fomentó el culto a la Virgen, impulsando el rosario y el ángelus, el cuidado de la liturgia, la asistencia a pobres y necesitados. En 1500 celebró con gran solemnidad y devoción el jubileo, inaugurando el nuevo rito de la apertura de la puerta santa. Protegió las artes y las letras y embelleció a Roma.

    ¿Qué podemos decir sobre el monje dominico Savonarola y el Papa Alejandro VI? El Papa hizo callar al incómodo reformador florentino, que había hecho una alianza con el monarca francés, con quien el Papa tenía planes e intereses políticos. Le cita primero a Roma y le prohíbe después predicar. Savonarola no obedece y es al fin excomulgado (1497). Declara injusta e inválida la excomunión y desde el púlpito se declara abiertamente contra el Papa, a quien llama “simoníaco y hereje”; y pide que sea depuesto por un concilio general. Cambia entretanto la situación en Florencia y el pueblo se pone en contra del reformador, que ya tenía aires mesiánicos. La turba llega a asaltar el convento de san Marcos, donde él vivía. Fue llevado ante un tribunal que le condenó a muerte. El 23 de mayo de 1498, con otros dos dominicos, Savonarola fue degradado, ahorcado y quemado por “hereje, cismático y menosprecio de la Santa Sede”.

    Nadie duda hoy de la buena voluntad, de la ortodoxia y de los deseos de reforma de Savonarola. Le perdió su talante, entre mesiánico, religioso y político, la intransigencia, la exaltación y el fanatismo que dio a sus predicaciones e intervenciones. Injusticias se cometieron contra él en el proceso; pero su excomunión, por desobediencia, sigue siendo válida, y ésta fue la única intervención directa que tuvo el Papa en el asunto.

    A Alejandro VI le siguió el belicoso cardenal Juliano della Rovere, que toma el nombre de Julio II por la admiración que sentía por Julio César, creador del Imperio Romano. Es considerado como uno de los príncipes italianos. De su conducta moral –al menos durante sus años de pontificado- nada puede aducirse de censurable, pero tenía un carácter mundano, violento y dominante, más de emperador o general que de sumo sacerdote de la Cristiandad. Luchó contra los franceses y contra los príncipes italianos para restaurar y consolidar el Estado Pontificio, en el que veía la base indispensable para la independencia y actividades del papado. Protegió a los artistas y literatos, a quienes mandaba y daba orientaciones; entre ellos, Bramante, Miguel Ángel, Rafael. Bajo su pontificado se llega al apogeo del arte renacentista.

    A Julio II le sucede el blando e indulgente León X, “el Papa alegre y confiado”. Durante su pontificado se consuma la ruptura de Lutero y se clausura, sin pena ni gloria, el concilio V de Letrán. Amigo de la paz, evitó mortificaciones, fatigas, peleas e incomodidades. En su pontificado la mundanidad de la Curia alcanza cotas desproporcionadas. El mismo Papa, príncipe renacentista bajo las vestiduras pontificales, se dedicaba a alegres diversiones, aunque sin traspasar los límites de la moralidad; amaba la caza, las fiestas profanas, la música, el teatro. Amigo de humanistas, artistas y literatos, a los que colmó de favores.

    Ante este panorama, se podría uno desanimar. ¿No hubo durante esos años algún respiro espiritual?

    Sí, también surgieron maestros de la vida espiritual que defendían la espiritualidad. Entre ellos, Juan de Gerson, que promovió la devoción a san José y la fe en la Inmaculada Concepción de María. También Tomás de Kempis, que recomienda a sus lectores el desprecio por las cosas mundanas, el aprecio por la vida interior y un profundo amor a Cristo.

    La Iglesia ante el Nuevo Mundo

    El descubrimiento de América, propulsado por España y Portugal, los Papas dieron su aprobación y su apoyo, mandando sus misioneros.

    Tenemos las Bulas “Inter Coetera” (1493) del Papa Alejandro VI 140 antes del segundo viaje de Colón. Cuando los Reyes Católicos piden al Papa Alejandro VI que les conceda las tierras recién descubiertas, le manifiestan que lo que pretenden en primer lugar es que se conviertan sus pobladores y sean educados en buenas y sanas costumbres. El Papa se lo recordará una y otra vez: “Os exhortamos insistentemente en el Señor, por el sacro bautismo en que os obligasteis a los mandatos apostólicos, y os pedimos, por las entrañas de misericordia de nuestro Señor Jesucristo, que, al emprender y proseguir esta expedición con recta intención y celo de la fe ortodoxa, tengáis la voluntad y el deber de procurar que los pobladores de tales islas y tierras abracen la religión cristiana...Sabemos que vosotros, desde hace tiempo, os habíais propuesto buscar y descubrir algunas islas y tierras lejanas y desconocidas, no descubiertas hasta ahora por otros, con el fin de reducir a sus habitantes y moradores al



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