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«El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres»
Reflexión del domingo XXV del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Les decía: "El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará"» (Mc 9,31).

Vuelve el Señor en este domingo con el mismo mensaje que nos traía el domingo pasado del anuncio de la muerte y resurrección de Jesucristo, teniendo presente que la Palabra de Dios se actualiza en el momento en que se proclama y es nueva cada vez que se escucha. Por otra parte, es una ayuda para todos la presentación que hace Jesucristo de sí mismo para no errar en su seguimiento, para saber a quién seguimos, a quién amamos, qué esperamos.

Así, vienen a mi mente las palabras que les dice Jesucristo a los primeros que quieren seguirle: «Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38), que es la misma idea que le plantea a Pedro cuando éste se escandaliza de que Cristo haya dicho que va a morir:  «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16,23), en el sentido de que uno puede querer seguir a Cristo pero no querer la Cruz. De ahí la pregunta: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38).

Jesucristo se presenta como el Camino hacia el Padre, (Jn 14,6), y se presenta con un camino de descendimiento, de humillación, por amor a su Padre y amor a cada uno de nosotros: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,5-8); «Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8,9).

Jesucristo, ya desde su nacimiento, es objeto de persecución. Ya el maligno busca su destrucción desde el principio: «Después de que se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.» El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto» (Mt 2,13-14). Y hay momentos de su vida pública en que Cristo percibe que quieren matarle: «Después de esto, Jesús andaba por Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle» (Jn 7,1).



El núcleo de la palabra de hoy queda resumido en unas palabras que expresa Jesucristo en el evangelio de San Juan: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán» (Jn 15,18-20).

Seguir a Jesucristo lleva implícito el odio del mundo. Es que a Jesucristo el mundo lo ha odiado, no lo ha acogido, le ha matado. Así, en la primera lectura de hoy ya se nos presenta este nítido mensaje que se cumplirá en Cristo: «Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación» (Sb 2,12).

Mientras rezo y medito con esta reflexión, me vienen a la mente y a mi corazón unas palabras que dice Cristo en el Sermón de la Montaña: «¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas» (Lc 6,26); «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mt 5,11-12).

Cristo nos invita hoy a seguirle, a amarle, frente a las tentaciones que nos presenta el maligno con la idolatría de los bienes del mundo, con la idolatría de la búsqueda de reconocimiento, de ser alguien. El Señor habla hoy con una claridad asombrosa con la imagen del niño: «Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.» Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado» (Mc 9,35-37); a imagen de Cristo y de nuestra Madre, la Virgen María, y de San José, que se pasaron la vida sin buscar notoriedad, sino buscando agradar a Dios en todo momento.

Por eso, dice Cristo: «Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,42-44); «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24); «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30). Por tanto, es importante y necesario tender a los bienes del cielo y renunciar a la idolatría del mundo: «¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios» (St 4,4).



Así dice San Cipriano en el oficio de lectura del día de los difuntos: «Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin».

Hoy urge dar testimonio de Cristo ante una sociedad que ha perdido la brújula de la fe, que, engañada, piensa que no existe la Vida Eterna, y si no existe la Vida Eterna, ¿Cómo se va a «perder» la vida por los demás? Lo único que interesa es el culto al yo, exprimir esta vida y de todas las formas posibles.

El Señor nos invita a seguirle y a unirnos a Él en la Cruz. No es en el éxito, ni en los reconocimientos, ni en los milagros, ni en las victorias, etc…, sino en la Cruz: «Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos» (Lc 10.19-20).

Por tanto, el Señor nos llama hoy a definirnos ante su presencia, a ver a quién queremos seguir: «Si no os parece bien servir al Señor, elegid hoy a quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora. Yo y mi familia serviremos al Señor.» El pueblo respondió: «Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses» (Jos 24,15-16). Y si queremos seguir a Cristo, nos muestra el camino: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,24-26).

Porque en la generación actual, si verdaderamente damos testimonio de Jesucristo seremos «signo de contradicción» (Lc 2,34), no recibiremos aplausos ni alabanzas del mundo, sino desprecios y persecución. Por ello, es importante y necesario estar unidos a Cristo, SER UNO CON CRISTO, a través de la oración constante, la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y la caridad.

Así: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán» (Jn 15,18-20).

Por otra parte, el Señor refleja que su victoria se da en la paradoja de la Cruz, de la humildad, de la pequeñez. Ante la tentación que se nos presenta en este mundo secularizado de evangelizar y buscar conversiones espectaculares, de buscar éxitos y eficacias pastorales, que es necesario buscar, el Señor nos muestra cómo se presenta: «Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado» (Mc 9,31).

El éxito de Cristo se dio, paradójicamente, en la Cruz. Fue en su crucifixión cuando se convirtieron el soldado romano e incluso el buen ladrón, y fue en su crucifixión y en su muerte donde dio muerte a la muerte. Y el Señor nos llama hoy, si queremos seguirle, a seguirle por el sendero que Él nos ha revelado, que no es sino el de la Cruz.

En mi trabajo, viendo la secularización, el desprecio explícito al Evangelio y a la Cultura de la vida que nos transmite Cristo que expresa una gran parte de la sociedad española, el Señor me invita a ofrecerle al Señor la Cruz. Uno quisiera clases llenas de alumnos de Religión, que no hubiese persecución, pero lo que el Señor ha revelado es diferente a lo que pensamos nosotros. Sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is 55,8).

Por supuesto que es necesario defender la libertad religiosa, anunciar el Evangelio, etc., pero Cristo ha mostrado su éxito en la Cruz, porque «Y Yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Por tanto, el Señor llama a la humildad, a buscar el éxito de Cristo, que no coincide en absoluto con la idea que tenemos nosotros del mismo. Porque seguimos a un crucificado, que se humilló por amor hasta lo más bajo, para ser elevado después a lo más alto. Feliz domingo.







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