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¡Todo lo ha hecho bien!
5 de septiembre. Comentario del Evangelio.


Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ | Fuente: Vatican News



Jesús nos invita al silencio a solas con Él para ser transformados

Lo primero que resalta en el relato es cómo Jesús, ante la petición que le hacen para que sane a aquel hombre sordo y tartamudo, lo aparta de la gente. Esto quiere decir que necesitamos espacios y momentos de silencio interior para que el Señor, en un encuentro “a solas” con Él que viene “en persona”, como dice la profecía de Isaías (35, 4-7), nos disponga para escuchar su mensaje.

Qué difícil es escuchar en medio del ruido ensordecedor de las grandes ciudades, cuyo ritmo acelerado impide encontrar espacios o momentos de silencio para oír la voz del Señor que nos habla de múltiples formas, muchas veces desapercibidas. Por eso es necesario un esfuerzo constante para percibir lo que Dios nos dice y disponernos así también a escuchar a las personas que nos rodean, especialmente a las más necesitadas, que no encuentran quién las escuche a causa de su pobreza o sus limitaciones, y que suelen ser discriminadas como lo dice la palabra de Dios en la Carta de Santiago (2, 1-5).

 Jesús abre nuestros oídos para que podamos escuchar

Todos necesitamos que Dios abra nuestros oídos interiores para poder escucharlo. La imposición de las manos realizada por Jesús al obrar el milagro, significa la comunicación del Espíritu Santo, que nos hace posible oír, comprender, acoger y poner en práctica lo que Dios nos dice a través de su Palabra, de los acontecimientos cotidianos, de las personas que nos aman y del clamor de nuestros hermanos que sufren.



En las familias, en el ámbito del trabajo o en cualquier otra circunstancia, es preciso que Jesús nos disponga a una auténtica comunicación que, como condición necesaria para la convivencia en paz, supone y exige la disposición de cada persona a escuchar a las demás en un clima de diálogo.

 Jesús nos hace posible comunicar su Buena Noticia

Jesús no solamente abre los oídos sino también hace posible hablar. La Palabra de Dios que escuchamos no podemos dejarla sólo para nosotros mismos; debemos comunicarla, dando así testimonio de lo que el Señor ha obrado en nosotros. Él quiere comunicarnos su Espíritu, no sólo para que podamos percibir y comprender sus enseñanzas, sino además para que nos movamos a compartirlas.

El Evangelio dice que Jesús les mandó a quienes presenciaron el milagro que no se lo contaran a nadie. Es lo que los estudiosos de los evangelios llaman el “secreto mesiánico”, cuya razón era evitar las falsas interpretaciones de los hechos de Jesús como prodigios espectaculares con los que él supuestamente buscaría un liderazgo o un poder terrenales, acorde con la idea común entonces de un mesías político que devolvería a los israelitas el esplendor de los tiempos de los reyes David y Salomón diez siglos atrás. Pero lo que Él buscaba era todo lo contrario: manifestar el amor misericordioso y sanador de Dios en favor los pobres, los excluidos, y de todos los que se reconocieran necesitados de salvación.

Animémonos pues a hablar de Dios. Pero no sólo con palabras, sino expresando con nuestra alegría que Aquél que “todo lo hizo bien” sigue actuando a través de nuestra disposición a colaborar con Él para hacer de este mundo un lugar donde se realice el amor compasivo a todos, empezando por los más necesitados.









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