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Orar en el Espíritu
La oración llega a ser el respiro y la alegría del alma.


Por: A. Furioli | Fuente: La oración



La oración es un encuentro, un coloquio con el Padre. Esta realidad adquiere todo su valor si meditamos este pensamiento de San Pablo: "Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; más el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (rm 8, 26).

Nos sentimos transportados en la divina realidad de la vida trinitaria y tenemos las dimensiones auténticas de nuestra vida sobrenatural en Cristo. El Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesucristo, es el alma de nuestra alma, nuestro "dulcis hospes animae", y toda nuestra vida espiritual crece y se desarrolla por medio de su acción.

El Espíritu Santo suscita en nosotros nuestra oración, la hace subir a Dios de manera que llegue a ser verdadero coloquio de hijo con Padre; por medio del Espíritu Santo, en Él y con Él, nuestra oración llega a ser una cosa sola con la oración de Jesucristo, porque estamos injertos en Él.

Por tanto orar:

Significa estar unidos íntimamente a Cristo, prestarle en cierto sentido nuestras facultades para que le sirvan como instrumento para alabar al Padre. Nosotros oramos, y es Cristo Jesús, el Hijo del Padre, que por medio de su Espíritu repite en nuestro corazón y con nuestros labios "Abbá, Padre".



Significa encontrarse en Cristo y aparecer purificados por su sangre ante el Padre y revestidos de su justicia (Flp 3, 9).

Significa llegar a ser en Cristo mediadores, intercesores por todo el mundo.

En una palabra, "en el Espíritu Santo" nuestra oración llega a ser la oración de Jesucristo y, aunque siempre siga siendo nuestra, adquiere en Cristo carácter y contenido humano-divino, tiene el valor y la eficacia de la oración de Cristo.

Así, nuestra oración, coloquio de hijos en el Hijo, adquiere acentos inexplicables que penetran en el corazón del Padre como un verdadero sacrificio que adora, agradece, pide, expía y ofrece.

Es sumamente importante conocer estos principios, sentirlos en nuestro espíritu; nuestra oración entonces aparecerá como una verdadera necesidad en la vida y nos sentiremos empujados, más aún, obligados a orar.



Estas verdades sostienen nuestra debilidad en las prácticas de piedad cuando la naturaleza siente el peso.

La oración llega a ser así el respiro y la alegría del alma, el aliento del corazón; llega a ser vida de nuestra vida.







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