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¿Qué es la oración para mí?
Las 3 parábolas de San Lucas, nos enseña.


Por: Marlene Yanez Bittner | Fuente: Catholic.net



La oración está ligada con la historia de los hombres; es la relación con Dios en los acontecimientos de la historia humana.

“La oración se vive primeramente a partir de las realidades de la creación”. (CIC 2569)

En la Sagrada Escritura, la oración de Moisés es la figura conmovedora de la oración de intercesión. Dios se revela y llama a Moisés (Éxodo 3,1-10), quien acomoda su propia voluntad a la de Dios; es en este diálogo en que Dios se confía y Moisés aprende también a orar: rehúye, objeta y sobre todo interroga y en respuesta a su petición, Dios le confiesa su Nombre.

“Yavé hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo…” (Éxodo 33,11).

Los guías del pueblo, pastores y profetas, son los primeros que enseñan a orar. El niño Samuel aprendió de su Madre Ana a cómo “estar ante el Señor” (1 Samuel 1,9-18) y del sacerdote Elí a cómo escuchar su Palabra: “Habla Señor que tu Siervo escucha” (1 Samuel 3,9-10).



En los Salmos, David, inspirado por el Espíritu Santo, es el primer Profeta de la Oración Judía y cristiana.

Así también Jesucristo aprende de su Madre a orar y lo hace permanentemente durante su vida terrena, más aún en los momentos decisivos de su misión.

“El hijo de Dios, hecho hijo de la Virgen, también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre” (CIC 2599).

Y así es como Jesucristo no enseñó a orar y nos propone vivir en una vida de oración.

¿Y qué es la oración para mí?



“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto en medio de la prueba como en la alegría” (Santa Teresa del Niño Jesús).

La oración es un diálogo entre Dios y los hombres, la elevación del alma a Dios, un encuentro y también un misterio. Dios llama, el hombre responde. Dios es el que toma la iniciativa en la oración, poniendo en nosotros el deseo de buscarle; nuestra oración es la respuesta a esta iniciativa divina.

Sin embargo, para orar es necesario querer orar y aprender a orar, y lo podemos hacer a través de la Iglesia: escuchando la palabra de Dios, leyendo los evangelios e imitando el ejemplo de Jesús.

Las tres parábolas que nos narra San Lucas respecto a la oración, nos enseña:

  1. “El amigo importuno” (Lucas 11, 5-13) invita a una oración insistente: “Llamad y se os abrirá”. Al que ora así, el Padre del cielo “le dará todo lo que necesite”, y sobre todo el espíritu santo que contiene todos los dones.
  2. “La viuda importuna” (Lucas 18,1-8), está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe. “Pero, cuando el hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.
  3. “El Fariseo y el Publicano” (Lucas 18, 9-14) se refiere a la humildad del corazón que ora, como una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración.

Que el Señor nos de la gracia para llevar una vida en permanente Oración.







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