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«Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio»
Reflexión de la Solemnidad de Corpus Christi - B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.»  Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14,22-24).

Tras  haber celebrado en domingos anteriores las solemnidades de Pentecostés y la Santísima Trinidad, celebramos en el día de hoy la gran solemnidad del Corpus Christi, en la que el Señor vuelve a regalarnos una Palabra de salvación, en la que manifiesta el gran amor que tiene por cada uno de nosotros y por toda la humanidad: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El Señor no se ha reservado nada para sí, sino que libre y voluntariamente, por amor al Padre y a cada uno de nosotros, da totalmente su vida: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente» (Jn 10,17-18).

Es de gran ayuda la Palabra de este día porque revela la Alianza que el Señor ha hecho con cada uno de nosotros y con la Iglesia por medio de la sangre de Jesucristo. Ya en la primera lectura se nos proclama la alianza que hace Dios con Israel por medio de Moisés, figura de la Nueva Alianza que hace el señor con la Iglesia a través del Cuerpo y Sangre de Cristo: «Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para el Señor. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho el Señor.» Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras» (Ex 24,5-8).

En la segunda lectura sigue el Señor expresando el mismo mensaje con la epístola a los Hebreos: «Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida» (Hb 9,12-15). Y en el pasaje del evangelio de hoy, en la Última Cena, poco antes de entregar su vida, dirá Jesús, instituyendo la Eucaristía: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14,24).

Mientras meditaba con la Palabra de esta Solemnidad, venía a mi mente y a mi corazón una palabra que se proclamaba en la Vigilia Pascual y que preconizaba ya esta Nueva Alianza. Así, nos dice el Señor por boca de Ezequiel: «Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaréis la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ez 36,26-28).



Porque es en esta última frase de Ezequiel dónde el Señor nos expresa que nos quiere para Él, que Cristo nos ha comprado para Dios por medio de su sangre, tal y como nos dicen San Pablo y San Pedro: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Co 6,19-20); «Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro, sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1 Pe 1,17-19).

Así, el Señor nos ha llamado a formar parte de su Cuerpo, que es la Iglesia. Nos vuelve a repetir hoy que quiere que SEAMOS UNO CON ÉL: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia». (Ef 5,31-32). Así, nos hace una llamada a renunciar a la idolatría que nos presenta el maligno, que intenta evitar que no seamos precisamente uno con Cristo sino con él, a través de los ídolos de la fama, del reconocimiento, del dinero, del éxito, del poder.

El Señor quiere que seamos felices, que le abramos la puerta del corazón, que le digamos que sí, como hizo nuestra Madre, la Virgen María, (Lc 1,38), porque ciertamente la idolatría puede producir cierto placer efímero, cierta seguridad momentánea, pero el único que puede darnos la Vida y vida en abundancia es Jesucristo (Jn 10,10). Tal y como dice Jesús en otro pasaje del Evangelio: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). Y de forma algo más dura y directa nos hace ver nuestras infidelidades y las consecuencias siempre dolorosas de nuestros pecados, cuando no comemos de este alimento que nos da Cristo, que es Él mismo, sino del alimento que el mismo demonio da a Adán y Eva (Gn 3,6-7).

Así, como dice San Pablo: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios» (Rm 6,12-13). Porque: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él» (1 Co 6,15-17).

Y SER UNO CON CRISTO lleva implícito amar como ama Cristo hasta dar la vida por los demás. Unirnos a Cristo significa dejarnos partir como se parte el Cuerpo de Cristo para alimentarnos a nosotros en la Eucaristía. Es que SER UNO CON CRISTO supone que nuestra vida sea una continua Eucaristía, por la que muriendo a nosotros mismos con Cristo, el otro reciba la vida, aunque, paradójicamente, es dando la vida como se recibe: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,24-25). SER UNO CON CRISTO supone llenar nuestra vida del Espíritu Santo, porque es el Espíritu Santo el que nos une a Cristo y a la Iglesia.



Pero comulgar con Cristo no significa vivir la fe en solitario, aunque vivamos nuestra relación amorosa personal con Él, sino sentirnos miembros de un Cuerpo, del Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Cuando en la Eucaristía recibimos el Cuerpo de Cristo, comulgamos con Cristo, no sólo expresamos nuestra comunión con Él, sino también con la Iglesia. Y es una gracia sentirse miembro de la Iglesia. Es una gracia ver la riqueza de carismas y dones con los que el Espíritu Santo la adorna, y, a través del Espíritu Santo, experimentar que la comunión con Cristo, como dije anteriormente, nos hace Eucaristía, nos ayuda a salir de nosotros mismos para servir a los demás. Porque decir Amén al Cuerpo de Cristo es decir Amén a la Iglesia, ser miembros activos de ella: «Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo» (1 Co 12,12).

Así, no podemos en este día sino darle gracias a Dios por la elección que ha hecho gratuitamente de nuestras vidas para ser suyos por Cristo, con Él y en Él. Y nos anima a combatir contra el maligno por medio de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos, principalmente, de la Eucaristía, en la que se nos entrega el Señor sin reservas. Y nos invita a defender este Espíritu Santo con el santo temor de Dios: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios  con el que fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef 4,30), porque, tal y como dice San Pablo:  «El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece» (Rm 8,9). Es el Espíritu Santo el que nos une a Cristo y a la Iglesia.

Y no quisiera terminar esta breve reflexión sin hacer referencia a un extracto de la homilía que dijo S.S. Benedicto XVI en la Solemnidad del Corpus Christi del año 2011 que expresa una idea había oído con anterioridad a mi siempre querida y admirada Santa Madre Teresa de Calcuta: “Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel; y está atento a cada persona, se compromete, de forma concreta, en favor de todos aquellos que padecen necesidad” (Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en Solemnidad de Corpus Christi 2011).

Así, tal y como dice la Iglesia en el Catecismo, la Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40): “Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. [...] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno [...] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4) (CIC, Nº 1397).

Feliz día del Corpus Christi, con la gran alegría de querer decirle al Señor “sí”, a esta invitación de SER UNO CON ÉL en la Iglesia para Él y los demás. Feliz Domingo.







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