Menu


La encrucijada de la Cruz de Cristo
"El fuego escondido y sofocado bajo las cenizas de este mundo brillará y abrasará divinamente la cáscara de muerte".


Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net



La sístole y diástole de este Viernes Santo es esta: “… y aun siendo Hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hb 5, 7-9). El Hijo de Dios nos ha salvado aprendiendo a obedecer por medio de los padecimientos de esta vida. Nuestra salvación, por tanto, se divisa hoy en esta ardiente encrucijada de obedecer el designio divino: la cruz de Cristo.

En esta encrucijada dolorosa y salvífica San Juan nos ha revelado el sentido de todos los “Yo soy” que aparecen a lo largo de su evangelio. No nos habla como uno que aprendió de los libros o escuchó de otros, sino “el que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19, 35). Con esta afirmación nos encontramos junto a San Juan en la misteriosa encrucijada de la cruz de Cristo. Simplemente saber que Cristo muere por nosotros no nos salva. La gracia de las gracias que nos salva es dejar de considerar a Cristo sólo un personaje para amarlo como una Persona que nos guía en tantas encrucijadas de nuestra vida por medio de su poderosa Cruz.

Hoy la Iglesia nos invita a afrontar esta encrucijada experimentada también por Cristo que, habiendo asumido nuestra carne, padece y obedece en el amor. Año tras año los ojos de nuestro corazón, padeciendo la apnea de la indiferencia y del conformismo en el amor, se maravillan que Dios se haya entregado por nosotros, pero no ama esa Cruz bendita que hoy nos despierta del sueño de la muerte a la Vida. En definitiva, puede ser una Cruz ajena, que simplemente nos asombra cada año, pero no nos compromete, no queremos asumir aún esa misteriosa realidad en nuestra propia carne.

Mientras la comodidad de nuestra sociedad mira de reojo y con miedo el Calvario, la vida cristiana arriesga depararse con la encrucijada del dolor y de la muerte. La cruz de Cristo es la encrucijada de tantas decisiones y anhelos humanos en un mundo de fugitivos que huyen de la cruz. Formidablemente expresó Thomas Eliot: un mundo donde los que toman la dirección opuesta son considerados unos desertores (T. S. Eliot, Reunión de familia, II, sc.2). En esta encrucijada caen todas las seguridades humanas que hemos creado para sentirnos fuertes en un mundo débil y enfermo que necesita ser recreado por el amor de un Dios Crucificado. Por amar la locura de la Cruz podemos ser catalogados de desertores una vez en la encrucijada del dolor y del amor.

Delante de la Cruz de Cristo reconocemos que Dios no se revela a nuestro corazón como “revelatio sub contraria specie”, es decir, como una revelación de Dios bajo una forma contraria a la que pudiéramos intuir. En cambio, el amor de Cristo por cada hombre en la encrucijada de la Cruz se revela “sub propria specie”, es decir, padeciendo y amando. Cristo nos ha salvado y nos ha enseñado el camino de la Vida asumiendo el extremismo de la cruz. En la hora extrema de aquel “Todo está cumplido” (Jn 19, 30) Dios ha abrazado nuestra humanidad hasta sus últimas consecuencias, ha bebido el Cáliz amargo hasta el fondo.



Cristo ha mostrado al mundo que dar la vida por amor implica beber el Cáliz amargo del dolor. Si alguien nos ofrece una copa de veneno, jamás la tomaríamos. Pero si éste toma antes delante de nosotros de esa copa, entonces nos fiamos. Cristo hoy delante del mundo ha tomado la copa del dolor y de la muerte y ha demostrado que la muerte jamás vencerá. Por eso, ¡bendita encrucijada de la Cruz de Cristo que nos trae Luz y Vida! Cruz suspendida en el vacío de un mundo oscuro e incierto, suspendida en el vacío de tantos corazones que hoy quizás tiene miedo de contemplar al que han traspasado y así comprometerse con el Amor de Dios.

Impresiona enormemente contemplar el Cristo crucificado del pintor surrealista Salvador Dalí. Aquel Cristo, suspendido en el vacío del caos provocado por el pecado, representa el amor de Dios por nosotros que, deparándose con la encrucijada del abandono de este Viernes Santo, ha querido restaurar en la obediencia al Padre y en el amor a nosotros todo lo creado, convirtiendo el caos en cosmos, en belleza, en esplendor. Suspendido en el vacío Cristo muestra que, para alcanzar la verdadera vida, la única cosa necesaria es prescindir de lo inútil y en la humilde obediencia restaurar la vida, restaurar el corazón, restaurar nuestras actitudes con la fuerza del Espíritu.

Todos probamos los Viernes Santos del abandono, del olvido, de la enfermedad, de la incomprensión, del rechazo, de la incertidumbre. Son tantas las encrucijadas que la vida nos prepara y huir de ellas sería algo ilusorio e infantil. En esta tarde cuando el silencio de la elección del Amor ha enfrentado la difícil encrucijada de nuestra redención, doblamos nuestras rodillas para pedir la gracia de depositar en la Cruz de Jesús tantas encrucijadas intrincadas, difíciles y dolorosas por las que pasamos. La encrucijada de la Cruz en la vida de todo hombre si está radicada en el misterio de Cristo traerá Luz y Vida.

Elevemos nuestros ojos al Crucificado y sólo allí encontraremos la Vida. El desgarrador atardecer de este día es una gozosa esperanza de que la Vida ha venido a nuestro encuentro en la encrucijada de aquel Árbol cargado de amor y de misericordia. “Ahora nosotros debemos celebrar esta Vida, de la cual procede toda vida y por la cual todo viviente, en la medida de sus capacidades, recibe la vida” (Dionisio Areopagita, Los nombres divinos, VI, 1). Todas las situaciones difíciles de nuestra vida si están insertadas en la Cruz de Cristo serán siempre ocasiones de Vida, de Alegría, de Paz y de Resurrección.

Cuando el sol se pone en el horizonte de este día aparentemente de derrota, la Cruz de Cristo, escuela donde aprendemos a discernir tantas encrucijadas de la vida, nos ofrece el criterio para elegir el camino correcto: el criterio del Amor que, cuando es verdadero, se entrega realmente y no son meras palabras lanzadas al viento. A esto viene como anillo al dedo aquella hermosa sugerencia de San Jerónimo: “amemos a Cristo y nos parecerá fácil todo lo que sea difícil” (San Jerónimo, Epist. 22,40).



Al final parece no quedar más que cenizas en el Calvario, se ha quemado todo, todo parece terminado. Ni una chispa de luz, todo se ha cumplido. La Luz parece no volver a brillar en el vacío de este mundo vuelto caos. En cambio, la esperanza cristiana nos dice que no es así. Con el corazón de San Gregorio de Nisa, junto a María y San Juan, recordemos que “el fuego escondido y sofocado bajo las cenizas de este mundo brillará y abrasará divinamente la cáscara de muerte” (Gregorio de Nisa, Contra Eunomio 5: PG 45, 708b).

Late aún en las profundidades silenciosas de este mundo amado por Dios el corazón divino del Amor. Ante su Cruz rezamos con fe y esperanza: ¡Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz has redimido el mundo!







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |
Curso: María en los Evangelios

María es un modelo de madre perfectísima, pero también de creyente que da un "sí" con fe.

Inicia: 3 de mayo de 2021