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Sacerdotes en Cristo Sacerdote
«Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor».


Por: Manuel Díez, LC | Fuente: www.somosrc.mx



La ordenación sacerdotal es una de las ceremonias más bellas. Especialmente cuando conoces a alguno de los que están siendo ordenados sacerdotes. ¡Qué misterio tan grande es ser sacerdote! Pueden unir el cielo y la tierra sobre todo por medio del sacrificio eucarístico y los demás sacramentos. Sin embargo, llevan este tesoro en las vasijas de barro de su humanidad frágil (2Co 4,7).

En la última parte del rito de ordenación sacerdotal, el sacerdote recién ordenado, se pone de rodillas ante el obispo quien le entrega un cáliz y una patena que contienen el vino y el pan para la consagración eucarística, diciéndole: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». Después recibe un abrazo de la paz y el neo sacerdote por primera vez, concelebra el sacramento de la Eucaristía.

Veamos las dos partes de estas palabras pronunciadas por el obispo. En la primera le dice al neo-sacerdote: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios», es decir, lo constituye en un puente entre Dios y los hombres, en representante de Dios ante los hombres y de los hombres ante Dios. También los sacerdotes del antiguo testamento se consagraban «para intervenir en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5,1). Ahora, Jesucristo es constituido «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5), pues sólo Él es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero Hombre (cf. CCE 480). Él mismo se ofreció como sacrificio redentor una vez para siempre, por eso, cada vez que la Iglesia celebra el sacrificio eucarístico hace presente en el sacrificio redentor de Cristo (Cf. CCE 1545). Llevando a plenitud el sacerdocio antiguo. De modo, que Jesucristo es el único mediador, el único sacerdote y el que ofrece el único sacrificio redentor. El sacerdote participa del sacerdocio de Cristo, es un ministro, es decir, un “servidor” del único Sacerdote, nuestro Señor Jesús. En palabras de santo Tomás de Aquino: «por eso sólo Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos» (Commentarium in epistolam ad Haebreos, c. 7, lect. 4).

A la luz de esto, el don del sacerdocio adquiere un brillo mucho más especial. Como una luz que se expande en modos diversos, pues a partir de Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, brilla el «sacerdocio ministerial» y brilla con igual intensidad el «sacerdocio común» por el que todos los bautizados podemos dar gracias a Dios porque nos hace dignos de servirle en su presencia (astare coram te et tibi ministrare, Plegaria eucarística II). De modo que Jesucristo cada día construye, sostiene, desarrolla, santifica y redime a su Iglesia por medio de su sacerdocio para que quien este unido a Él por el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común se ayuden unos a otros la. Así nosotros, su pueblo sacerdotal cuando oramos y nos ofrecemos a Dios Padre lo hacemos, con toda la Iglesia, por Cristo, con Él y en Él en la unidad del Espíritu Santo (cf. CCE 1553).

Con esto, podemos pasar a la segunda parte de la oración que toma una perspectiva completamente distinta, pues sabiendo que participamos todos del sacerdocio de Cristo, cada uno desde nuestra propia realidad, podemos escuchar a Jesús mismo que nos dice: «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor».
Así sea.









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