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Vivimos un Sábado Santo
El silencio de aquel sábado Santo es la expresión más radical de amor por nosotros.


Por: Ricardo Ramirez | Fuente: Academia de Líderes Católicos



Este año de pandemia parece que hemos vivido un eterno Sábado Santo, vivimos como humanidad un abismante silencio, las calles han quedado vacías, los colegios han quedado sin sus alumnos. Nos hemos tenido que resguardar, al igual que los apóstoles, expectantes, temerosos, ansiosos, con desesperanza ante el silencio de un Sábado que parece no acabar. Eso es el sábado Santo: el día de la ocultación de Dios.

Imaginémonos aquel sábado, debió haber sido un día de silencio, el día anterior se había visto en la cruz al Hijo de Dios ser vencido por la muerte, su Dios no le había salvado. Aquella pesada piedra tapaba la entrada al sepulcro, una sábana cubría al difunto, que ya no se levantaba y ya no se movía. Aquellos que habían dudado, parece que han tenido razón: Dios ha muerto. Lo hemos matado con nuestros pensamientos negativos hacia los demás, con nuestra rutina y nuestra falta de comunicación; lo hemos matado cuando pasamos por el lado de aquellos que necesitan nuestra ayuda, lo hemos matado cuando no hemos sido capaces de reconocer su rostro en aquel que sufre; le hemos dado muerte con nuestra soberbia y desesperanza.

Escuchemos en el silencio de éste gran Sábado que vive la humanidad el silencio de Dios, el silencio que nos ofrece para ser capaces de oírlo. San Agustín en el siglo V, encontró la verdad en su interior, sólo cuando fue capaz de oír. Para ello, necesitó del silencio en la vida cotidiana. “Nosotros tenemos necesidad del silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su grandeza y el abismo de nuestra nada que se haría cada vez más grande si no estuviese él” (Ratzinger, 1967). Ese silencio se da porque la muerte humana es soledad absoluta, soledad que muchos han experimentado en esta pandemia, al encontrarse solos en sus hogares, ahogados por sus dificultades.

La muerte de Dios, el silencio de aquel sábado Santo es la expresión más radical de amor por nosotros. “El misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más claro de una esperanza que no tiene límites” (Ratzinger, 1967). Dios debía morir para que el ser humano participara de la vida, porque después de aquel sábado, la muerte ya no conduce a la soledad. La imagen oportuna para nuestro sábado santo parece ser la de Jesús durmiendo en la barca, mientras azota la tempestad (Cf. Mt. 8, 23- 27). Parece que naufragamos a causa de la pandemia, Jesús duerme, los discípulos asustados le despiertan y él los reprocha por su poca fe. Así será, “cuando la tempestad pase nos daremos cuenta en qué medida nuestra poca fe estaba cargada de insensatez” (Ratzinger, J. 1967).

Si el viernes hemos de contemplar su cuerpo en la Cruz, el Sábado ya no le vemos, tiempo especial de esperanza de que su palabra se cumplirá y resucitará de entre los muertos al día siguiente. Aquella debe ser la sensación de este gran sábado que vivimos, teniendo la esperanza de que Cristo ha de resucitar de la muerte. Su muerte y resurrección son la mejor prueba y fundamento que podemos tener para pedir con fe y con la certeza de que está con nosotros, y que podemos superar el sufrimiento y la muerte. Por ello, imploremos juntos a Dios: “Despierta, no dejes que dure eternamente la oscuridad del Sábado Santo, deja caer un rayo de Pascua también sobre nuestros días, acompáñanos cuando nos dirigimos desesperados hacia Emaús para que nuestro corazón se pueda encender con tu cercanía”. Amén. (Ratzinger, J. 1967).









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