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«Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7)
Reflexión del domingo II de Cuaresma Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7).

Celebramos hoy el segundo domingo de Cuaresma y vuelve el Señor a sorprendernos con una Palabra de conversión, clara y concisa, que nos regala en este día. Como sucede todos los años, el segundo domingo de Cuaresma la Iglesia nos regala siempre el pasaje del Evangelio de la Transfiguración del Señor. Pero si hay una palabra que haya llegado a mi corazón hoy, es la que sale de la misma boca de Dios, tal y como nos narra Marcos en el pasaje de su evangelio: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7).

Me vienen a la mente mientras voy rezando y meditando, las palabras que dirá la Virgen María en Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5), que expresan la misma idea que quiere decir Dios mismo en el momento de la Transfiguración, porque como he escrito en otras ocasiones, cuando era niño y mi madre me ordenaba hacer una cosa y yo tardaba en hacerla, mi madre no preguntaba: «¿No haces caso?» o «¿No obedeces?», sino: «¿No oyes?», expresando con ello que el escuchar lleva implícito el obedecer. Santiago hará hincapié en no quedar pasivo ante la escucha de la Palabra del Señor: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (St 1,22).

Ya en la primera lectura de hoy el Señor revela a un hombre que le escucha y obedece, a pesar de la dureza de lo que le pide Dios. Seguramente, el maligno le estaría tentando halagándole y diciéndole que Dios era un monstruo por pedirle lo que le pedía, pero Abraham siguió adelante obedeciendo al Señor (Gn 22). Y el Señor nos pregunta hoy con esta Palabra: «¿A quién escuchamos? ¿A quién obedecemos?» Porque ciertamente, como se nos decía el domingo pasado, el maligno no deja de hablarnos de forma aduladora diciéndonos a cada uno que «Yo soy Dios» (Gn 3,5), que «no hay derecho a que se me trate de esa forma tan injusta», haciéndonos creer que tenemos potestad para juzgar a los que no obran bien o cómo nos gusta, o que el bien o el mal lo puede decidir cada persona individualmente, o dándonos siempre la razón, acusando y condenando tanto a los demás como a uno mismo. Y muchas veces caemos en las trampas que nos presenta, viviendo después ansiedad, descomunión, ira, etc…

Pero el mismo Dios nos dice hoy con toda nitidez: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Y, ciertamente, muchas veces, por no decir siempre, escuchar a Cristo no es cómodo, porque Cristo pone a uno en la realidad, habla con la verdad, e invita siempre a entrar en la voluntad de Dios, que es el lugar en el que solamente se encuentra el reposo. El Señor no nos adula, nos corrige. No nos invita a acusar, sino a excusar. No nos llama a ser servidos, sino a servir. No nos invita a exigir, sino a amar. Y, su voz no suena muchas veces con una agradable melodía, tal y como se nos dice en distintos pasajes del Evangelio: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» (Jn 6,60), y lo que dirá el mismo Cristo: «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Mt 11,6).



Así el Señor me delata a mí personalmente con su palabra: «El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios» (Jn 8,47). «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1,23-24).

Es la paradoja de Cristo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,24-25).

Porque Jesucristo no sólo nos invita a escucharle sino a seguirle por el camino de la Cruz y amarle hasta ser UNO CON ÉL, purificando nuestra vida de todo aquello que no es de Cristo: «Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús» (Flp 3,7-8.13-14). Porque Cristo no terminó en la Cruz sino que resucitó venciendo y destruyendo a la muerte.

Por tanto, hoy nos invita el Señor a hacer presente las palabras de Pablo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda librado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4-10).

Y para todo ello, necesitamos de Cristo, porque sin Él, no podemos hacer nada (Jn 15,5), sino caer presa de las falacias del maligno. Por tanto, es una invitación a combatir el combate de la fe con la esperanza de encontrarnos con el Señor: «¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman» (St 1,12).



Feliz domingo.







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