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1. Introducción
Conoce la importancia de que todos los miembros de los Institutos tengan acceso a una formación integral que abarque todas las dimensiones de la persona, dando prioridad a la formación espiritual.


Por: German Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net



Sesión 1:

Después de haber analizado en forma somera la importancia que ha dado el Concilio Vaticano II a la formación, entendida ésta como un proceso permanente de la adquisición de los sentimientos de Cristo, queremos detenernos en este capítulo a revisar el concepto mismo de formación, de acuerdo al Magisterio de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II ha abierto grandes posibilidades al mundo religioso femenino con la finalidad que este sector de la Iglesia pudiera inserirse en el mundo actual con el fin de elevarlo para alcanzar la salvación a través de la escucha y la puesta en práctica del evangelio. Una tarea nada fácil si tomamos en cuenta las situaciones actuales de laicismo y relativismo que caracterizan a la sociedad de hoy, especialmente la sociedad occidental en Europa y América. Dicha tarea requería de las religiosas un conocimiento del mundo y del hombre y por otro lado un conocimiento del propio carisma, de las grandes posibilidades humanas y espirituales que encerraba el mismo estilo de la vida consagrada. Era un descubrir las riquezas con las que Dios había dotado a la vida consagrada para que esas mismas riquezas pudieran distribuirse a los hombres y mujeres con los que la vida consagrada femenina tenía contacto.

El decreto Perfectae caritatis contemplaba ya la formación como un medio privilegiado para la adecuada renovación: “La renovación y adaptación de los Institutos depende principalmente de la formación de sus miembros.” 1 Muchos Institutos se dieron a la tarea de organizar lo que hasta ese momento era sólo una formación que se frenaba en el noviciado. Distintas iniciativas fueron puestas en marcha y sin un afán de reducir la realidad, sino tratar de ser lo más sintético posible, podemos decir que se dieron algunas de las siguientes tendencias.

Una tendencia sería la de aquellos institutos que eligieron como base de la formación el aprender a relacionarse con el mundo. Guiados quizás por el legítimo deseo de adaptarse lo mejor posible a las situaciones cambiantes de la época y habiendo visto que habían permanecido durante años anclados a un pasado que no respondía adecuadamente a las necesidades de los hombres, se dieron a la tarea de ponerse al corriente buscando solamente una adaptación externa, sin comenzar con una profunda renovación interior, como recomendaba el mismo decreto de Perfectae caritatis: “Ordenándose ante todo la vida religiosa a que sus miembros sigan a Cristo y se unan a Dios por la profesión de los consejos evangélicos, habrá que tener muy en cuenta que aun las mejores adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no surtirían efecto alguno si no estuvieren animadas por una renovación espiritual, a la que, incluso al promover las obras externas, se ha de dar siempre el primer lugar.” 2 Las consecuencias de esta tendencia tuvieron efectos lamentables ya que si bien se dio la adaptación externa de las personas consagradas y de sus instituciones, al faltar la renovación interna en muchos casos se vino abajo la estructura espiritual de la persona o de las obras. Se hizo un cambio de fachada sin hacer hecho antes una adecuada renovación de los cimientos. Resulta emblemático en este aspecto el número 32 del documento Religiosos y promoción humana: “Bajo este punto de vista, una relectura de los criterios conciliares de renovación nos demostrará que no se trata de simples adaptaciones en cierto modo exteriores. Es una educación en profundidad de mentalidad y de estilo de vida, que capacite a los interesados para seguir siendo ellos mismos en nuevas modalidades de presencia. Presencia siempre de "consagrados" que orienten con el testimonio y las obras, la transformación de las personas y de la sociedad en la dirección del Evangelio.” 3

Una segunda tendencia puede observarse en aquellos Institutos de vida consagrada que sin realizar el análisis del hombre moderno y de su sociedad y de igual manera, sin hacer una adecuada renovación espiritual en la vida y costumbres de los miembros de la congregación, se lanzaron simplemente a copiar y mimetizar comportamientos, actitudes y hábitos de aquellos Institutos que habían entrado en un diálogo demasiado horizontalista con la sociedad. En muchos de estos casos también se dieron aplicaciones e introducciones de las costumbres del mundo. Se creía que introduciendo dichos cambios se había logrado automáticamente la adecuada renovación sugerida por el Concilio Vaticano II. Con el paso del tiempo este tipo de instituciones, si no se han dado cuenta del error cometido, siguen copiando y adaptando usos y costumbres de otros Institutos o de algunos escritores de la vida consagrada. Nunca llegan a hacer un estudio crítico, real y profundo de la propia situación. Se conforman con seguir lo que otros hacen, corriendo el peligro de cometer los mismos errores que los otros han cometido.

Otra tendencia que puede observarse es la de aquellos Institutos que al darse cuenta de los errores cometidos por otras congregaciones religiosas, guiados por un elemental sentido de auto-conservación se han replegado demasiado en sí mismos y han permanecido anquilosados en sus costumbres culturales ya desfasadas. Han perdido consecuentemente la frescura, la lozanía y el vigor para incidir en el mundo actual.

Están por fin aquellos Institutos de vida consagrada que no sin fatiga y dificultad se han dado a la tarea de renovar en primer lugar la vida espiritual del Instituto y de sus miembros a través de un adecuado conocimiento y puesta en práctica del propio carisma. Han establecido un diálogo con el mundo no como regla fundamental de la renovación sino como consecuencia lógica de la renovación espiritual. Con la riqueza del propio carisma, descubierta o puesta al día,4 han comenzado a aplicar dicha riqueza a las nuevas situaciones, logrando de esta manera la fidelidad creativa sugerida por Juan Pablo II.5

Una vez pergeñadas las distintas tendencias que se han dado en la vida consagrada nos damos cuenta de la importancia que tiene la formación para cada uno de los miembros consagrados. Podemos decir sin temor a equivocarnos que la religiosa es lo que ha sido y sigue siendo su formación. Quien se ha formado sólo para dialogar y adaptarse al mundo, termina por dialogar y adaptarse al mundo, perdiendo el horizonte espiritual de su consagración. Quien no se forma y copia sólo modas y costumbres de otros Institutos y de la sociedad moderna, termina por perder su propia personalidad diluyéndose en comportamientos sin sentido de consagración. Quien no se forma, termina por replegarse en sí misma, perdiendo eficacia y celo apostólico. Por último, quien se forma adecuadamente, se conoce a sí misma, conoce sus capacidades, sus límites y sus potencialidades, de tal forma que las pone en práctica para mejor evangelizar al hombre de hoy.

Siendo que la formación es la base esencial no sólo de la renovación, sino de la misma vida consagrada, pues como hemos dicho una persona consagrada está constituida por su formación, es importante para la superiora y la formadora conocer el concepto y las aplicaciones de la formación, ya que en la formación se juega la esencia de la vida consagrada. Son muchos los manuales, estudios y libros que estudian lo que es la formación. Nuestro objetivo en este capítulo no será el de revisar dichas fuentes, sino el de hacer una revisión de lo que ha dicho el Magisterio sobre la formación. Y no como desprecio a todas esas otras fuentes, maravillosas y enriquecedoras, sino con el fin de privilegiar las fuentes que han dado origen a todo este proceso de renovación de la vida consagrada. Frente a un relativismo que se ha filtrado incluso en la Iglesia y en amplios sectores de la vida consagrada femenina, queremos nosotros presentar el pensamiento del Magisterio sobre la formación no con el fin de uniformar las mentes, sino de ilustrarlas con sana de doctrina de tal manera que las superioras y las formadoras puedan valerse primera mano de adecuados subsidios para la formación y así estar en posibilidad de entrar en diálogo con el mundo y de contrastar con la verdad las distintas tendencias que hoy en boga parecen ahogar la voz del Magisterio de la Iglesia.6



NOTAS
1 Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n.18.
2 Ibídem., n. 2e.
3 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Religiosos y promoción humana, 25 – 28.4.1978, n. 32.
4 “Incluso algunos carismas que parecían responder a tiempos ya pasados, adquieren un renovado vigor en este mundo que conoce la trata de mujeres o el tráfico de niños esclavos, mientras la infancia, a menudo víctima de abusos, corre el peligro del abandono en las calles y del reclutamiento en los ejércitos.” Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Caminar desde Cristo, 19.5.2002, n. 36.
5 “Debe permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda renovación que pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la conformación cada vez más plena con el Señor. En este espíritu, vuelve a ser hoy urgente para cada Instituto la necesidad de una referencia renovada a la Regla, porque en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de seguimiento, caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia. Una creciente atención a la Regla ofrecerá a las personas consagradas un criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de responder a las exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
6 “Hoy más que nunca, frente a repetidos empujes centrífugos que ponen en duda principios fundamentales de la fe y de la moral católica, las personas consagradas y sus instituciones están llamadas a dar pruebas de unidad sin fisuras en torno al Magisterio de la Iglesia, haciéndose portavoces convencidos y alegres delante de todos.” Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, Caminar desde Cristo, 19.5.2002, n. 32.



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Bibliografía recomendada/ artículos de apoyo :

- El Servicio de la autoridad y la obediencia

- Colaboración entre Institutos para la formación

- La dimensión contemplativa de la vida religiosa

- Religiosos y promoción humana

- Mutue Relationes

- Decreto Perfectae caritatis

- Vita Consacrata

- Elementos esenciales de la vida religiosa

- Orientaciones sobre al formación en los institutos religiosas

- Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa

- La vida fraterna en Comunidad


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