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«Quiero; queda limpio»
Reflexión del domingo VI del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio» (Mc 1,40-41).

Vuelve el Señor en este domingo VI del Tiempo Ordinario a revelarse como Sanador y Señor con poder sobre el mal y sobre la muerte en el pasaje del Evangelio que nos regala hoy la Iglesia. Así, de la misma forma que la semana pasada el Señor sanaba a la suegra de Pedro y a más enfermos, además de expulsar demonios de personas poseídas, hoy sana el Señor a un enfermo de lepra. Y me brota del corazón un sincero agradecimiento al Señor por la grandeza de su amor, por su gran misericordia.

El pasaje del Evangelio de hoy hace resonar en mi corazón las palabras que dice Cristo antes de ascender al cielo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), dando testimonio Él mismo de sus propias palabras: «Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 14,11).

En la palabra que el Señor nos regala hoy es importante ver cómo la lepra hace referencia al pecado. Se dirá en la primera lectura: «Cuando uno tenga en la piel de su carne tumor, erupción o mancha blancuzca brillante, y se forme en la piel de su carne como una llaga de lepra, será llevado al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes. El sacerdote examinará la llaga en la piel de la carne; si el pelo en la llaga se ha vuelto blanco, y la llaga parece más hundida que la piel de su carne, es llaga de lepra; cuando el sacerdote lo haya comprobado, le declarará impuro. Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada» (Lv 13,2-3.46).

Pero el Señor no se queda indiferente en el cielo ante el sufrimiento que producen nuestras infidelidades y pecados, sino que cómo dirá el mismo Jesucristo: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,31-32). Así, Jesucristo, antes de ascender lleno de gloria al Cielo, vive toda su existencia terrena en un proceso de descendimiento por puro amor al hombre y a su Padre. Y, como dirá San Pablo: «A quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5,21). Sufre las consecuencias de nuestros pecados por puro amor a nosotros. Si una persona “pura” tocaba a una persona impura, quedaba impura al instante. Y Jesucristo siendo el verdadero Puro, por amor a cada uno de nosotros, se hace “impuro”, es decir, no se mantiene al margen de nuestros pecados, sino que asume las consecuencias de nuestro pecado hasta la muerte, y muriendo, destruye nuestra muerte, y resucitando, restaura nuestra vida.



No nos condena el Señor sino que ha venido a salvarnos porque nos ama: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). Como dirá el profeta Isaías en el Canto del Siervo: «Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53,3-5). Así, rezamos en el salmo responsorial de hoy: «Mi pecado te reconocí, y no te oculté mi culpa; dije: «Confesaré al Señor mis rebeldías.» Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado. ¡Alegraos, oh justos, en el Señor, exultad, gritad de gozo, todos los de recto corazón!» (Sal 31,5.11).

Así que el Señor nos llama hoy a pedirle con humildad que sane las heridas que tenemos en el corazón: «Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve. El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias». (Sal 50,9.19), y a darle gracias por su gran misericordia: «¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!» (Sal 117,1).

Pero además de eso, nos invita el Señor a mostrarle a los demás el amor que Dios les tiene: «Porque misericordia quiero, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6,6). Cuánta gente no hay en el mundo que vive sin sentido, con grandes heridas producidas por el pecado, y el Señor nos llama a SER UNO CON ÉL para que como decía la Santa Madre Teresa de Calcuta: «Quién me vea a mí, que te vea a ti».

Por eso, frente a la cultura del descarte, frente a la globalización de la indiferencia, como dice nuestro Papa Francisco, el Señor llama a mostrar su amor y ternura por cada una de las personas que ha creado. Tal y como decía la Santa Madre Teresa de Calcuta:  «Dios siempre cuida de sus criaturas, pero lo hace a través de los hombres. Si alguna persona muere de hambre o pena, no es que Dios no la haya cuidado; es porque nosotros no hicimos nada para ayudarla, no fuimos instrumentos de su amor, no supimos reconocer a Cristo bajo la apariencia de ese hombre desamparado, de ese niño abandonado». O como leí en un texto no recuerdo ahora mismo donde: «Dios no sólo te pedirá cuentas del mal que hiciste, sino también del bien que, pudiendo haber hecho, no hiciste».

Mostremos a todos el amor de Dios. Feliz domingo.









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