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3. Mutuae relationes. La dimensión contemplativa de la VR, Elementos esenciales
Conoce la importancia de que todos los miembros de los Institutos tengan acceso a una formación integral que abarque todas las dimensiones de la persona, dando prioridad a la formación espiritual.


Por: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net



Sesión 3:
Los documentos del postconcilio: Mutuae relationes. La dimensión contemplativa de la vida religiosa. Elementos esenciales de la vida consagrada


Mutuae relationes
El presente documento lo podemos resumir con las misma palabras de su introducción: “Ha ocurrido que la doctrina conciliar acerca del misterio de la Iglesia, juntamente con las constantes innovaciones culturales, han llevado las cosas a una tal sazón que problemas completamente nuevos han empezado a surgir por doquier; problemas delicados y complejos que, sin embargo, han resultado indudablemente positivos, con frecuencia. Precisamente a este tipo de problemas pertenece el de las relaciones mutuas entre Obispos y Religiosos que ha sido motivo de especiales preocupaciones.” (Mutuae relationes, I)

Sin detenernos a analizar las circunstancias que originaron las especiales preocupaciones en las relaciones entre obispos y religiosos, el documento señala la necesidad de una adecuad formación en distintos campos de la vida religiosa y su contraparte en la vida diocesana, para evitar que en el futuro surjan esos mismas problemas y se logre una adecuada cooperación entre ambas realidades a favor de la misión de la Iglesia.

Por la parte de los religiosos el documento señala algunas consideraciones especiales que se deben tener en cuenta en el momento de la formación. Es emblemático el hecho de que define propio de los superiores “la misión y mandato de perfeccionar, con diversas incumbencias, en todo aquello que tiene relación con el incremento de la vida de caridad conforme al modo de ser del Instituto; y esto tanto por lo que se refiere a la formación, fundamental y continua de los cohermanos, como en lo referente a la fidelidad comunitaria y personal, a la práctica de los consejos evangélicos según las propias Constituciones” (Mutuae relationes, n.13b). Toca por tanto a los superiores formar a los hermanos en la vida de caridad de acuerdo al carisma propio del Instituto. Siendo que la vida consagrada tiene como fin último el seguimiento más cercano de Cristo y que este seguimiento se adquiere por el ejercicio de la perfecta caridad, es decir del amor más perfecto que es el amor a Dios y manifestado en múltiples detalles desde las minucias de la vida fraterna hasta las obras externas que reflejan el propio carisma del Instituto, toca al superior formar a los miembros para que este seguimiento en el amor crezca cada día de acuerdo a la perfección señalada por el propio carisma.

Esta tarea formativa requiere que el superior no se desentienda de la labor práctica que realizan los hermanos, pero no sólo desde el punto de vista de la eficiencia o del cumplimiento de la responsabilidad asignada en el apostolado, sino desde el punto de vista de la caridad. Esto quiere decir que el superior debe velar para que cada acto y obra del religioso exprese un amor a Dios, “de acuerdo con el modo de ser del Instituto”, o sea, de acuerdo con el carisma propio. Para ello se requiere, a mi modo de ver, que el superior conozca el carisma en la práctica y sea consciente de cuáles son las aplicaciones del mismo que los religiosos pueden encarnar en la propia vida. Además, el superior de be conocer de tal forma el organismo de la vida interior con el fin de que pueda guiar a los hermanos en la propia vida espiritual con el fin de que su actividad apostólica no se convierta en un agente dispersivo de su unión con Dios, sino que sea propiamente el apostolado el reflejo de dicha unión con Dios. De esta forma las obras apostólicas se convierten en una verdadera manifestación del carisma.

Una segunda consideración para la formación en base a este documento se refiere a una finalidad que Mutuae relationes considera fundamental para la adecuada relación entre obispos y religiosos. Se refiere a la aplicación del propio carisma a los tiempos actuales. Señala como tarea ineludible para los superiores “el que los religiosos se preparen para ello con una formación adecuada y que responda a las exigencias de los tiempos” (Mutuae relationes, n.14c). Una urgencia de nuestro tiempo ha sido la de saber adaptar el propio carisma a las nuevas situaciones por las que atraviesan las sociedades. No es una tarea que se improvisa o que se debe dejar al libre albedrío de cada religioso. Es necesario, y así lo subraya el documento, que se dé una adecuada formación a los religiosos que los capacite para llevar a cabo esta tarea delicada de la adaptación del carisma a nuestros tiempos. Por ello, debe darse un conocimiento experiencial del carisma que les permita hacer la experiencia del Espíritu como lo señala el mismo documento en el número 11: “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. nunt. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por eso la Iglesia defiende y sostiene la índole propia de los diversos Institutos religiosos” (Mutuae relationes, n. 11). Este conocimiento experimental hará que el religioso desarrolle lo que pudiéramos llamar una segunda personalidad, la personalidad carismática, que sin quitarle nada de su propia personalidad y libertad la permea de tal manera que su forma de ver la realidad, de juzgarla y de actuar se vea profundamente tocada por los principios del carisma, principios que libremente ha elegido vivir en primera persona y que serán las directrices de su vida para poder seguir más de cerca de Jesucristo.

Junto con este conocimiento experiencial del carisma es necesario formar a los religiosos en un adecuado conocimiento de las realidades de nuestro tiempo en el que deben operar. Esfuerzos sobre este aspecto se han hecho y muchos y cada congregación puede traer a colación su propia experiencia. Pero creo que es necesario insistir en el conocimiento de aquellas características que más representan a nuestras sociedad, como son el indiferentismo religioso cuando no el antagonismo religioso declarado, el triunfo del relativismo en todos los niveles del quehacer humano, el avance de las sectas en ciertas partes del mundo, especialmente en Latinoamérica. Sin un conocimiento real de estas realidades se corre el peligro de que la aplicación del carisma se haga sólo sobre estructuras sociales, políticas o psicológicas, con el peligro de diluirlo en una simple fuerza, quitándole precisamente el aguijón de la evangelización para el cual fue sugerido por el Espíritu en el momento de nacer.

Otra consideración importante sobre la formación y muy actual en nuestro siglo XXI se refiere a “la necesidad de inserir el misterio de la Iglesia en el ambiente propio de cada región nace el problema del influjo recíproco de los valores de universalidad y de singularidad en el Pueblo de Dios.” (Mutuae relationes, n. 18) Con la inserción de nuevas vocaciones provenientes de una cultura distinta a la europea, de dónde provienen la gran mayoría de las congregaciones religiosas, se plantea el problema de los valores culturales que se llevan en la propia personalidad y su adaptación a una realidad distinta a la de origen, así como la unidad que debe darse en todo el Instituto, a pesar de las distintas culturas de proveniencia de cada uno de sus miembros. No cabe duda que el problema de la interculturalidad no es de fácil solución, pero el documento dicta una línea maestra en relación al tema: “den, además, a los candidatos a su Instituto una formación que les haga capaces de vivir realmente la genuina cultura local, pero con atenta vigilancia que impida las aberraciones provenientes de la pérdida del impulso misionero, inherente a su misma vocación religiosa, o del sentido de la unidad y de la índole propia de cada Instituto” (Mutuae relationes, n. 18b). El punto de equilibrio se logra en la medida en que la cultura personal y la cultura local no quitan el impulso misionero al carisma ni rompen con la unidad del Instituto. Una cultura local debe ser apreciada como una realidad terrena, como una criatura en la que Dios ha regalado el don de la vida y posiblemente el don de la vocación. Pero nunca debe absolutizarse dicho valor en forma tal que se convierta en el rector de la vida o en el tamiz sobre el cual han de juzgarse otras realidades. Formar en una adecuada interculturalidad significa estar abiertos a recibir aportes de otras culturas, amoldarse a ellas y en cierta manera aceptar las limitaciones de la propia cultura.

Formar en la interculturalidad significará no tener a la cultura en sonde se opera como valor único, absoluto e intocable, rector de toda forma del trabajo apostólico. Este principio formativo debe aplicarse no sólo a las religiosas que trabajan en tierra de misión, sino también a las religiosas que laboran en una tierra ya evangelizada pero infiltrada por el indiferentismo, una tierra necesitada de una segunda evangelización, como Europa.

Cuando la situación cultural de un país, una diócesis o un lugar determinado se convierte en un valor absoluto que no se puede tocar, cuestionar o valorar de acuerdo a la categoría del evangelio, estamos en una situación ideológico que da más peso a una mentalidad preconcebida que a la libertad interior de los hijos de Dios que se proponen no sólo evangelizar sino también elevar el nivel cultural de dichas culturas, a través de la misma evangelización. No debemos olvidar que la evangelización no está reñida con el respeto a los valores culturales, muchos de los cuales contienen ricos elementos humanos que debidamente ponderados y adaptados pueden ser vehículos preciosos de una evangelización.

El documento, al centrar su atención en las relaciones entre obispos y religiosos lanza una directiva formativa en doble sentido, que interesa tanto a los religiosos como al clero diocesano. Una directiva que proviene del más elemental sentido común, es decir, el conocimiento mutuo. Cuando dos realidades se conocen, se establece en primer lugar una relación de respeto mutuo, después será una relación de corresponsabilidad y por último una relación de mutuo aprecio. Al faltar este elemental conocimiento de lo que es la vida consagrada o de lo que es la Iglesia particular, se engarzan problemas interminables que desembocan muchas veces en rupturas. Se da por una parte el aislamiento de los religiosos de la vida parroquial o diocesana, o se da la pretensión de muchos párrocos o sacerdotes diocesanos de someter o anular el carisma de los Institutos de vida consagrada en función de las necesidades más apremiantes de la parroquia o de la diócesis. Por tanto, la formación debe darse en ambas direcciones: la vida consagrada debe conocer las necesidades de la Iglesia local “los Religiosos y Religiosas, ya desde el noviciado sean formados de modo que adquieran una conciencia más exacta y mayor solicitud por la Iglesia particular, aumentando al mismo tiempo el sentido de fidelidad a su vocación específica” (Mutuae relationes, n. 30a) y el clero diocesano debe comprender lo que es la vida consagrada “los Obispos procuren que el clero diocesano comprenda perfectamente los problemas que actualmente atañen a la Vida religiosa y la urgente necesidad misionera; asimismo que algunos Presbíteros selectos se preparen, de modo que puedan colaborar eficazmente con los Religiosos y Religiosas, ayudándoles en su empeño de progreso espiritual (cfr. OT 10; AG 39), aunque será con frecuencia conveniente que esta misión sea confiada a religiosos Presbíteros seleccionados para ello” (Mutuae relationes, n. 30b).

Una última consideración sobre la formación que aporta este documento. Es importante formar a los religiosos desde las primeras etapas y continuar dicha formación a lo largo de toda la vida en un sentido de unidad eclesial. La vida religiosa y las estructuras eclesiales como la parroquia, los decanatos, la diócesis no son contrarias y antagónicas entre sí, sino complementarias. Ambas formas la Iglesia. Si los religiosos están formados en esta conciencia de unidad, podrán aportar en todo momento la riqueza incomparable de su carisma, sabiéndolo adaptar a las necesidades de la jerarquía “Sería un grave error independizar — mucho más grave aún el oponerlas — la vida religiosa y las estructuras eclesiales, como si se tratase de realidades distintas, una carismática, otra institucional, que pudieran subsistir separadas; siendo así que ambos elementos, es decir los dones espirituales y las estructuras eclesiales, forman una sola, aunque compleja realidad (cfr. LG 8). Por lo tanto, los Religiosos y Religiosas, a la vez que manifiestan una peculiar efectividad y una clara visión del futuro (cfr. Parte I, cap. III), sean fieles con valentía al objetivo y espíritu del Instituto, en perfecta obediencia y adhesión a la autoridad jerárquica (cfr. PC 9; LG 12)” (Mutuae relationes, n. 34).


La dimensión contemplativa de la vida religiosa
Nacido como hijo de su tiempo y provocado por las vicisitudes que se percibían en el ambiente religioso, fruto de una reunión plenaria de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, este documento embona con los precedentes de la misma Congregación en un tiempo álgido del posconcilio y de laguna forma trata de “calmar las aguas” dando luz a situaciones difíciles provocadas muchas veces por la contestación en el mundo religioso. Al redactar “Religiosos y promoción humana” (12.8.1980) surgió la necesidad de definir la importancia del elemento espiritual en todas las formas de vida consagrada, no con un afán de equilibrar la misión a la que está llamada la vida consagrada, sino precisamente para fundamentar su esencia. “Todos los que son llamados por Dios a la práctica de los consejos evangélicos (…) impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones, viven más y más para Cristo y para su Cuerpo, que es la Iglesia” (Decreto Perfectae caritatis, n.1). Aparece por tanto en aquellos momentos la imperiosa necesidad de definir en qué consiste esa unión con Cristo, este ser “más y más para Cristo”.

Este documento tiene el mérito de llenar el hueco que se venía dando en la explicación del tipo de formación que debía privilegiarse, una vez comenzado a ponerse en marchas las indicaciones del Concilio sobre la renovación de la vida religiosa. Una de sus contribuciones esenciales del documento será por tanto la de dar una definición de lo que es la formación en la vida consagrada “La formación religiosa en sus diversas fases, inicial y permanente, tiene por objetivo principal calar a los religiosos en la experiencia de Dios y ayudarlos a perfeccionar progresivamente esa experiencia en su propia vida” (La dimensión contemplativa de la vida religiosa, n. 17).

La definición, sucinta, breve y clara, centra el objetivo primordial de la formación en la experiencia de Dios. Esta experiencia de Dios no es un dato académico que puede ser adquirido intelectualmente. Ante la ausencia del texto latino, tomamos el texto italiano, el francés y el inglés, en donde la palabra que se utiliza para propiciar en los religiosos esta experiencia de Dios es la palabra española “sumergir” (italiano: immergere; francés: immerger; inglés: immerse). Para hacer la experiencia de Dios es necesario que los religiosos se sumerjan en la necesidad de Dios, es decir que vivan la vida de Dios en sí mismos y que se dejen poseer por esa vida divina. Tal es, a mi modo de ver el significado de la palabra sumergir aplicada a la formación. Que en español debería utilizarse en la forma reflexiva, diciendo por tanto que la formación tiene como objetivo principal el propiciar que los religiosos se sumerjan en a experiencia de Dios.

Cada uno de los religiosos debe hacer esta experiencia de Dios si quiere llevar a cabo un adecuado proceso formativo. El mismo documento en el número 27 nos da los elementos necesario mediante los cuales puede hacerse esta experiencia de Dios: “Se insiste en la necesidad de una formación inicial y permanente adecuada a la vocación y vida de búsqueda contemplativa de Dios en la soledad y el silencio, en la oración continua y en la intensa penitencia, en el serio empeño de fundamentar tal formación sobre bases bíblicas, patrísticas, litúrgicas, espirituales y de preparar formadores y formadoras idóneos para tal función” (La dimensión contemplativa de la vida religiosa, n. 17). La experiencia de Dios no debe confundirse con un fenómeno místico. La experiencia de Dios es una experiencia mística20 de la unión con Dios mientras que un fenómeno místico es la manifestación externa de dicha unión con Dios. “Per fenomeno si intende ciò che si manifesta o appare nell’ambito della sensibilità in contrapposizione all’elaborazione teorica del concetto.” 21

La unión con Dios, la experiencia de Dios o vivir la vida de Dios son términos semejantes que tratan de describir el punto central de la formación en la vida consagrada. Benedicto XVI ha dicho que “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. 22 Es por tanto el encuentro personal con Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo, lo que permite al cristiano vivir como tal. Dicha aseveración la podemos aplicar también a la persona consagrada. Y precisamente es este encuentro con Cristo, su unión con Él, vivir su misma vida, lo que será el objeto principal de todo el proceso formativo de la persona consagrada.

Se trata por tanto de que la persona consagrada aprenda a vivir la vida de Dios en sí mismo, es decir aprenda a ser una persona espiritual. A veces el término espiritual puede asustarnos porque se confunde con el fenómeno místico o con una vivencia demasiado subjetiva de la realidad espiritual. Ya hemos explicado que espiritual no tiene nada que ver con fenómeno místico. La vida espiritual que se nos ha abierto a partir del bautismo, debe vivirse en plenitud en la vida consagrada. Y honesto no es así como contraposición al mundo laico. Ellos, los laicos también pueden participar de la vida de Dios y pueden vivir la vida del Espíritu. Pero la persona consagrada, por su estilo de vida y por lo que está llamado a ser, tiene mayores posibilidades de vivir con mayor integridad, coherencia y fervor esta vida del Espíritu. De hecho los medios ascéticos que se proponen para vivir la vida del espíritu - la soledad y el silencio, la oración continua y la intensa penitencia- son más fáciles de vivir en el estilo de vida religiosa. Mediante ellos, la persona consagrada aprenderá a estar con Dios y ser de Dios.

Este y no otro es el objetivo de la persona consagrada y por tanto el objetivo al que tiende la formación en la vida consagrada. Estar con Dios y ser de Dios requiere de toda una formación que sólo se logra si desde el inicio de la vida consagrada se le ayuda a la religiosa a experimentar la vida de Dios en su vida, esto es, a hacer la experiencia de Dios. Y como ya hemos ido mencionando, si el carisma es la experiencia del Espíritu que Dios ha permitido que realizara un Fundador para que otros pudieran compartir, profundizar, desarrollar y transmitir dicha experiencia es lógico pensar que cada carisma puede y debe servir como escuela privilegiada para aprender a “calar” o sumergirse en la vida de Dios.


Elementos esenciales de la vida consagrada

Génesis del documento.

En 1979 Juan Pablo II tiene la oportunidad de realizar su primer viaje por Estados Unidos y puede “tocar con la mano” la situación de la Iglesia en aquel país. De singular importancia fue su discurso a las religiosas en el Santuario de la Inmaculada Concepción en Washington el 7 de octubre de 1979. Previamente el Papa había sido interpelado por la presidenta de la unión de congregaciones religiosas femeninas de aquel país sobre temas candentes como eran el sacerdocio para las mujeres, la liberación femenina en la vida consagrada. Juan Pablo II recordó a las religiosas que la consagración se construye sobre el bautismo y se perfecciona con la vivencia de los consejos evangélicos, en comunión con la Iglesia. “En los años que siguieron a nuestro bautismo nos creció el conocimiento —y hasta la admiración— del misterio de Cristo. Escuchando las bienaventuranzas, meditando en la cruz, hablando con Cristo en la oración y recibiéndole en la Eucaristía, fuimos progresando hasta un día, un momento particular de nuestra vida, en el que ratificamos solemnemente nuestra consagración bautismal con conciencia y libertad plenas. Manifestamos la determinación de vivir siempre unidos a Cristo y ser miembros vivos y generosos del Pueblo de Dios según los dones recibidos del Espíritu Santo. Vuestra consagración religiosa se construye sobre este único fundamento del que participan todos los cristianos en el Cuerpo de Cristo. Con el deseo de perfeccionar e intensificar lo que Dios comenzó por el bautismo en vuestra vida y convencidas de que Dios os estaba ofreciendo el don de los consejos evangélicos, quisisteis seguir a Cristo más de cerca, conformar más completamente vuestra vida con la de Jesucristo, en una comunidad religiosa determinada y a través de ella. Esta es la esencia de la consagración religiosa: profesar dentro de la Iglesia y para bien de ésta, pobreza, castidad y obediencia en respuesta a la invitación especial de Dios a fin de alabar y servir a Dios con mayor libertad de corazón (cf. 1 Cor 7, 34-35), y para llevar una vida más conforme a la de Cristo, según el tipo de vida elegido por El y su Madre bendita (cf. Perfectae caritatis, 1; Lumen gentium, 46)” .23

Dándose cuenta el Papa de los problemas que se comenzaban a dar en la vida religiosa en Estados Unidos especialmente por la cada vez más preocupante disensión del magisterio de la Iglesia, encarga a una comisión de obispos el ayudar a los religiosos a vivir su vocación eclesial. En esa carta del 3 de abril de 1983 recuerda cuáles son los elementos esenciales de la vida religiosa: “These include: a vocation given by God, an ecclesial consecration to Jesus Christ through the profession of the evangelical counsels by public vows, a stable form of community life approved by the Church, fidelity to a specific founding gift and sound traditions, a sharing in Christ´s mission by a corporate apostolate, personal and liturgical prayer- especially Eucharistic worship, public witness, a lifelong formation, a form of government calling for religious authority based on faith, a specific relation to the Church. Fidelity to these basic elements, laid down in the constitutions approved by the Church, guarantees the strength of religious life and grounds our hope for its future growth.”24

Por la importancia universal de estos elementos, el Papa encarga a la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos seculares la redacción de un documento de carácter universal, basado sobre la carta enviada a los obispos americanos. El documento representa un desarrollo teológico sobre tres puntos: el elemento base de la vida consagrada es la consagración que parte de Dios sobre el religioso y el religioso que responde a dicha acción de Dios; la consagración comporta una misión; la consagración es una llamada nueva y especial con respecto a aquella del bautismo.25

La formación.
En lo que se refiere a la formación el documento representa una profundización y un avance respecto al concepto de formación del documento precedente. Si La dimensión contemplativa de la vida religiosa se refería a la formación como una forma de hacer calar a los religiosos en la experiencia de Dios, Elementos esenciales retoma este concepto pero lo aplica a toda la vida. Parte de la convicción de que la vida es un constante desarrollo y si la consagración no es un acontecimiento que se reduce a un momento de la vida de la persona consagrada, sino que es un continuum, iniciado por Dios y continuado en el arco del tiempo a través de la misma acción de Dios con la cooperación de la persona consagrada, establece un concepto interesante y novedoso de formación. Como la consagración a Dios se desarrolla al mismo tiempo que se desarrolla la vida, la persona consagrada debe buscar los medios más adecuados para crecer en esta consagración a Dios, que no es otra cosa que el crecer en la vida de Cristo, en la experiencia de Dios, según lo establecía y como ya lo hemos explicado al estudiar La dimensión contemplativa de la vida religiosa. Crecer en la configuración con Cristo a través de las normas de un determinado Instituto viene a ser la esencia de toda formación en la vida consagrada: “La vocación de Dios y la consagración por El, continúan a lo largo de la vida, capaces de crecimiento y ahondamiento, en formas que van más allá de nuestro entender. El discernimiento de la capacidad de vivir una vida que promueva este desarrollo, de acuerdo con el patrimonio espiritual y las normas de un determinado instituto y el acompañamiento de la vida misma en su evolución personal en cada miembro de la comunidad, son las dos principales facetas de la formación” (Elementos esenciales, n. 44).

El documento explica cada una de las partes de esta definición, por lo que valdrá la pena que nos detengamos un poco en cada una de estas explicaciones para ahondar y enriquecer el concepto que nos vamos formando de la formación de la vida consagrada según el Magisterio de la Iglesia.`

El primer elemento que el documento subraya es la necesidad de definir la formación y lo hace estableciendo la formación como un proceso, es decir como un hecho iniciado, continuado y nunca acabado mientras la persona no se encuentre con Cristo en la muerte. Si la formación “tiene por objetivo principal calar a los religiosos en la experiencia de Dios y ayudarlos a perfeccionar progresivamente esa experiencia en su propia vida” (La dimensión contemplativa de la vida religiosa, n. 17), esta experiencia puede iniciar antes del noviciado, se enraíza en el noviciado y debe continuarse a lo largo de la vida de la persona consagrada, ya que se habla de experiencia y no de un hecho consumado. Quizás la palabra experiencia puede prestarse a confusión pues al estar expresada en forma singular puede pensarse en que se debe reducir a un hecho o a un acontecimiento. En este caso creo que la palabra experiencia quiere significar el cúmulo de experiencias o la experiencia continua que la persona consagrada hace de Dios. De esta forma se entiende la explicación que da Elementos esenciales sobre lo que significa la experiencia de Dios circunscrito al proceso de formación: “Para cada religioso, la formación es el proceso de llegar a ser más y más un discípulo de Cristo, creciendo en unión y en configuración con El. Se trata de ir asimilando cada vez más el Espíritu de Cristo, (…). Tal proceso requiere una genuina conversión. « Revestirse de Cristo » (cf Rm 13, 14; Gl 3, 27; Ef 4, 24) exige desprenderse de la autosuficiencia y del egoísmo (cf Ef 4, 22-24; Col 3, 9-10)” (Elementos esenciales, n. 45). Nos encontramos por tanto ante la formación como el proceso mediante el cual la persona hace la experiencia de Dios que bien puede entenderse como el vivir la vida del Espíritu de Cristo a lo largo de toda su vida. Es el irse configurando con la persona de Cristo de forma tal que Cristo pueda tomar cada día más posesión de la persona consagrada. La configuración con Cristo, el tener los mismo sentimientos de Cristo será el objetivo central de todo el proceso de formación. Este concepto será retomado y profundizado teológicamente años más tarde por la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata.

Para Elementos esenciales no existe una vida consagrada en sí misma. La vida consagrada se injerta en un carisma: “La señal distintiva de cada instituto religioso se halla en el modo con que estos valores de Cristo (los votos) se expresan visiblemente. Por esta razón, el contenido de los votos de cada instituto, como está expresado en sus Constituciones, debe aparecer claro y sin ambigüedad” (Elementos esenciales, n. 16). No se puede por tanto comprender que el crecimiento en la consagración, en la asimilación de la vida de Cristo y en el desarrollo personal se lleven a cabo al margen del carisma del Instituto. Si cada carisma contiene su propio espíritu, carácter, finalidad y tradición, no lo es por mero devocionismo, sino que cada aspecto de la persona consagrada, cada faceta de su vida, debe estar impregnada del carisma, en forma tal que su crecimiento en la configuración con Cristo se realice en base al carisma del propio Instituto. La persona consagrada debe conocer cada una de las facetas de su propio carisma, que como experiencia del Espíritu (Mutuae relationes, n. 11) puede y debe informar a toda la vida. No debe verse por separado las propias cualidades personales y el carisma del Instituto, como si éste fuera un artículo de uso meramente devocional. Como criatura espiritual, el carisma está llamado a informar las potencias de la persona, esto es sus facultades espirituales como la inteligencia y la voluntad en forma tal que la persona aprenderá con el carisma a ir teniendo los mismos sentimientos de Cristo, objetivo de la formación, porque aprenderá mediante el carisma a conocer las cosas desde el punto de vista de Cristo y a quererlas desde el mismo corazón de Cristo. Se establece por tanto el carisma como un medio privilegiado para la formación. “La creciente configuración con Cristo se va realizando en conformidad con el carisma y normas del instituto al que el religioso pertenece. Cada instituto tiene su propio espíritu, carácter, finalidad y tradición, y es conformándose con ellos, como los religiosos crecen en su unión con Cristo” (Elementos esenciales, n. 46).

Por último el documento recuerda que el principal artífice de la formación es Dios mismo: “Puesto que la iniciativa en la consagración religiosa está en la llamada de Dios, se sigue que Dios mismo, actuando por medio del Espíritu Santo de Jesús, viene a ser el primer y principal agente de la formación del religioso. El actúa a través de su palabra y de los sacramentos, de la oración y la liturgia, del magisterio de la Iglesia y, en forma más inmediata, a través de aquellos que han sido llamados por la obediencia a secundar de modo especial la formación de sus hermanos y hermanas” (Elementos esenciales, n. 47). Este es quizás uno de los elementos que más se han descuidado a lo largo del periodo de renovación de la vida consagrada que siguieron después del Concilio y que ahora vemos con satisfacción que se vuelve a retomar. Si la formación es sobretodo una obra espiritual en la que la persona quiere configurarse plena y completamente con Cristo, debe ser el mismo Espíritu de Cristo el que sea el autor principal. Es cierto, el hombre debe cooperar con su libertad, porque la gracia supone la naturaleza. Pero nunca la naturaleza podrá llevar a cabo lo que debería ser la obra de la gracia. Muchos institutos de vida consagrada no lo entendieron de dicha forma y parte ingente de sus esfuerzos en la formación los dedicaron a preparar formadoras expertas en las ciencias humanas, especialmente en la psicología, pero carentes de un conocimiento de la vida del Espíritu y aún más dramático, carentes de una vida personal espiritual fuerte y vigorosa, capaz de atraer a las formanda a la vida del Espíritu y por ende, capaz de comprenderlas y de guiarlas por los senderos del Espíritu. Esto trajo como colofón religiosas muy bien preparadas en diversos campos, amplias conocedoras de sí mismas y de sus problemas desde el punto de vista psicológico, pero carentes de una vida espiritual.

Tener a Dios como principal protagonista de la formación no es sólo fideísmo, sino que es aprender a escuchar su voz en el interior de cada persona, especialmente en la oración y tener la suficiente fuerza de voluntad expresada en el amor, capaz de secundar las mociones del Espíritu de Cristo para lograr cada día más una conformación más plena con la vida de Cristo, de acuerdo con el propio carisma.


NOTAS

20 “Abitualmente, esperienza indica ogni esperienza, vera o presunta, di unione con Dio, intima, passiva e immediata. Può essere accompagnata da fenomeni autenticamente mistici, pseudomistici o paramistici. Ascesi e mistica formano parte di unico processo di esperienza cristiana, sotteso dal mistero pasquale, innestato da Dio nell’uomo che coopera al suo progetto salvifico-comunionale.” Luigi Borriello, Maria R. Del Genio, Tomás Spidlík, La Mistica parola per parola, Ancora Editiric, Milano 2007, p. 149.
21 Luigi Borriello, Maria R. Del Genio, Tomás Spidlík, La Mistica parola per parola, Ancora Editiric, Milano 2007, p. 158.
22 Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n.1.
23 Juan Pablo II, Discurso, 7.10.1979, n. 1 y 2.
24 Juan Pablo II, Cartas, 3.4.1983



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Bibliografía recomendada/ artículos de apoyo :

- El Servicio de la autoridad y la obediencia

- Colaboración entre Institutos para la formación

- La dimensión contemplativa de la vida religiosa

- Religiosos y promoción humana

- Mutue Relationes

- Decreto Perfectae caritatis

- Vita Consacrata

- Elementos esenciales de la vida religiosa

- Orientaciones sobre al formación en los institutos religiosas

- Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa

- La vida fraterna en Comunidad


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