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Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades
Reflexión del domingo V del Tiempo Ordinario Ciclo B


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



«Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían» (Mc 1,34).

En este quinto domingo del Tiempo Ordinario que celebramos hoy, el Señor nos regala a través de la Iglesia una impresionante Palabra de salvación con el mismo mensaje nuclear del domingo pasado. Ya es de gran ayuda el versículo del salmo responsorial, en el que se nos muestra el gran amor que Dios nos tiene: «Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre» (Salmo 146,3-4). Porque ciertamente, ¿cuántas veces no nos nubla el maligno el amor de Dios en nuestras vidas, o nos hace creer que no merecemos ser amados por el Señor, y, por tanto, no es posible que nos ame, haciéndonos mirar exclusivamente nuestros pecados de forma condenatoria?

Pero viene el Señor en nuestra ayuda en este día porque, personalmente, me he sentido como la suegra de Pedro, con incapacidad de servir y de amar, y el Señor no me ha tratado ni me trata con desprecio ni con actitud de condena, sino que me hace ver que me conoce por mi nombre y que ha venido para sanar mis heridas. Una vez leí una frase, no recuerdo ahora dónde, que decía: «Dios nunca ve pecados. Ve heridas». Resuenan en mi corazón las palabras del Papa Francisco durante el rezo de su primer Ángelus tras ser elegido Papa: «Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. ¡No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca! Él es un Padre amoroso que perdona siempre, que tiene un corazón de misericordia para todos nosotros» (Papa Francisco, Ángelus domingo 17-03-13).

Así que en este día me llena de alegría esta Palabra y me hace exclamar lo que dice el salmo: «¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!» (Sal 117,1), porque ciertamente es eterna la misericordia del Señor, «ya que por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 7-8).

Muestra el Señor su gran compasión sanando a tan gran cantidad de enfermos y poseídos por el maligno, tal y como narra San Marcos en el pasaje del evangelio de hoy, que me conduce a contemplar a Cristo crucificado, tal y como lo presenta el profeta Isaías en el Canto del Siervo: «Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53,3-5).



Así, siento hoy más que nunca la invitación de Dios a mirar a Cristo crucificado, que nos ama con locura, que ha dado su vida por cada uno de nosotros: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37), o como escribió S.S. Benedicto XVI: «En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán… Queridos hermanos y hermanas, miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el que eros y agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente. En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros…. Miremos con confianza el costado traspasado de Jesús, del que salió «sangre y agua» (Jn 19, 34)» (Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma del año 2007).

Por tanto, no cesemos de gritarle al Señor que sane nuestras heridas ni de darle gracias en este día. Feliz domingo.







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