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Escatología

11. La ley de la oración-la ley de la fe
La esperanza cristiana de la resurrección.


Por: Comisión Teológica Internacional | Fuente: Comisión Teológica Internacional





11.1. Es un principio teológico «que la ley de la oración establezca la ley de la fe»(608). Podemos y debemos buscar y encontrar en la liturgia, la fe de la Iglesia. Como ahora no es posible una investigación completa sobre la doctrina escatológica en la liturgia, intentaremos exponer meramente una breve síntesis de las ideas principales que se encuentran en la liturgia romana renovada después del Concilio Vaticano II.

11.2. En primer lugar, hay que notar que, en la liturgia de difuntos(609), Cristo resucitado es la realidad última que ilumina todas las demás realidades escatológicas. Consecuentemente la esperanza suprema se coloca en la resurrección corporal: «Porque Cristo ha resucitado, como primicias de los muertos, el cual transformará nuestro cuerpo humilde a imagen del cuerpo de su gloria, encomendemos nuestro hermano al Señor, para que lo reciba en su paz y resucite su cuerpo en el último día»(610). En este texto es claro que se afirma la resurrección no sólo como futura, es decir, todavía no realizada, sino que ha de tener lugar en el fin del mundo.

11.3. Porque hay que esperar la resurrección hasta el fin de los tiempos, existe mientras tanto una escatología de almas. Por esta razón, para bendecir el sepulcro se dice una plegaria «para que cuando su carne [del difunto] sea puesta en él, el alma sea recogida en el paraíso»(611). Con términos bíblicos, tomados de Lc 23, 43, se recuerda que hay un retribución «inmediatamente después de la muerte» para el alma. También otras fórmulas de plegarias confiesan esta escatología de almas; así el Ordo exsequiarum contiene esta oración que se dice para colocar el cuerpo en el féretro: «Recibe, Señor, el alma de su siervo N., que te has dignado llamar de este mundo a ti, para que liberada del vínculo de todos los pecados, se le conceda la felicidad del descanso y de la luz eterna, de modo que merezca ser levantada entre tus santos y elegidos en la gloria de la resurrección»(612). Una oración por el «alma» del difunto se repite otras veces(613). Es completamente tradicional y muy antigua la formula que debe decirse por el moribundo, cuando parece estar ya próximo el momento de la muerte: «Marcha, alma cristiana, de este mundo, en nombre de Dios Padre todopoderoso que te creó, en nombre de Jesucristo el Hijo de Dios vivo que padeció por ti, en nombre del Espíritu Santo que fue infundido en ti; esté hoy tu lugar en la paz y tu habitación junto a Dios en la Sión santa»(614).

Las fórmulas que se utilizan en tales oraciones incluyen una petición que no sería inteligible, si no hubiera una purificación posmortal: «No padezca su alma ninguna lesión, [...] perdónale todos sus delitos y pecados»(615). La referencia a los delitos y pecados debe explicarse de los pecados cotidianos y de las reliquias de los mortales, ya que en la Iglesia no se hace oración alguna por los condenados.

En una oración se subraya bellamente la ordenación de la escatología de almas a la resurrección: «Encomendamos a tus manos, Padre clementísimo, el alma de nuestro hermano, sostenidos por la esperanza cierta de que él, como todos los difuntos en Cristo, ha de resucitar con Cristo en el último día»(616). Esta resurrección se concibe de manera completamente realística tanto por el paralelismo con la resurrección del mismo Cristo como por la relación que se afirma con respecto al cuerpo muerto que está en el sepulcro: «Señor Jesucristo, que reposando tres días en el sepulcro, de tal manera santificaste las tumbas de todos los que en ti creen, que mientras sirven para sepultar los cuerpos, aumentasen también la esperanza de la resurrección, concede benignamente que tu siervo descanse durmiendo con paz en este sepulcro, hasta que tú que eres la resurrección y la vida, resucitándolo lo ilumines»(617). La «Plegaria eucarística III» subraya a la vez el realismo de la resurrección de los muertos (unido ciertamente a la idea de transformación gloriosa), su relación con la resurrección del mismo Cristo y su índole futura: «Concede que el que [por el bautismo] fue injertado a semejanza de la muerte de tu Hijo, también lo sea de su resurrección, cuando resucitará de la tierra en carne a los muertos y transformará nuestro cuerpo humilde según el cuerpo de su gloria»(618). A este texto debe atribuirse una gran importancia teológica ya que está dentro de la misma anáfora.
 



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