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Escatología

10. La grandeza del designio divino y la seriedad de la vida humana
La esperanza cristiana de la resurrección.


Por: Comisión Teológica Internacional | Fuente: Comisión Teológica Internacional





10.1. En la unicidad de la vida humana se ve claramente su seriedad. La vida humana no puede repetirse. Como la vida terrena es camino para las realidades escatológicas, el modo como procedemos en ella tiene consecuencias irrevocables. Por ello, esta nuestra vida corporal conduce a un destino eterno.

El hombre, por su parte, comenzará a conocer el sentido de su destino último sólo si considera su propia naturaleza recibida de Dios. Dios creó al hombre a su «imagen y semejanza» (Gén 1, 26). Esto implica que lo hizo capaz de conocer a Dios y de amarlo libremente, mientras que, como señor, rige todas las demás creaturas, las somete y usa de ellas(598). Esta capacidad se funda en la espiritualidad del alma humana. Porque ésta es creada en cada hombre inmediatamente por Dios(599), cada hombre existe como objeto de un acto concreto de amor creativo de Dios.

10.2. Dios no sólo creó al hombre, sino que ulteriormente lo puso en el Paraíso (Gén 2, 4); con esta imagen la Sagrada Escritura quiere expresar que el primer hombre fue constituido en cercanía y amistad con Dios(600). Se entiende entonces que por el pecado contra un precepto grave de Dios se pierde el Paraíso (Gén 3, 23-24), ya que tal pecado destruye la amistad del hombre con Dios.

Al pecado del primer hombre sigue la promesa de salvación (cf. Gén 3, 15), que, según la exégesis tanto judía como cristiana, había de ser aportada por el Mesías (cf. en conexión con la palabra óðÝñìá los LXX: á_ôüò y no á_ôü).

De hecho, en la plenitud de los tiempos, Dios «nos reconcilió consigo por Cristo» (2 Cor 5, 18). Es decir, «a quien no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5, 21). Movido por la misericordia «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). La redención nos permite «desvelar la profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del Hijo, para colmar la fidelidad del Creador y Padre respecto a los hombres creados a su imagen y ya desde el "principio" elegidos para la gracia y la gloria»(601).

Jesús es el verdadero «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). El perdón del pecado, obtenido por la muerte y resurrección de Cristo (cf. Rom 4, 25) no es meramente jurídico, sino que renueva al hombre internamente(602), más aún lo eleva sobre su condición natural. Cristo ha sido enviado por el Padre «para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gál 4, 5). Si con fe viva creemos en su nombre, él nos da «poder de llegar a ser hijos de Dios» (cf. Jn 1, 12). De este modo entramos en la familia de Dios. El designio del Padre es que reproduzcamos «la imagen de su Hijo, para que sea él el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8, 29). Consecuentemente el Padre de Jesucristo se hace nuestro Padre (cf. Jn 20, 17).

Porque somos hijos del Padre en el Hijo, somos «también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rom 8, 17). Así aparece el sentido de la vida eterna que nos ha sido prometida, como participación en la herencia de Cristo: «somos ciudadanos del cielo» (Flp 3, 20), ya que con respecto al cielo no somos «extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2, 19).

10.3. Jesús al revelarnos los secretos de su Padre, pretende hacernos amigos suyos (cf. Jn 15, 15). Pero ninguna amistad puede imponerse. La amistad, como también la adopción, se ofrecen para ser libremente aceptadas o rechazadas. La felicidad celeste es la consumación de la amistad ofrecida gratuitamente por Cristo y libremente aceptada por el hombre. «Estar con Cristo» (Flp 1, 23), en situación de amigo, constituye la esencia de la eterna bienaventuranza celeste (cf. 2 Cor 5, 6-8; 1 Tes 4, 17). El tema de la visión de Dios «cara a cara» (1 Cor 13, 12; cf. 1 Jn 3, 2) debe entenderse como expresión de amistad íntima (cf. ya en Ex 33, 11: «Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo»).

Esta amistad consumada libremente aceptada implica la posibilidad existencial de su rechazo. Todo lo que se acepta libremente, puede rechazarse libremente. Quien elige así el rechazo, «no participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios» (Ef 5, 5). La condenación eterna tiene su origen en el rechazo libre hasta el final, del Amor y de la Piedad de Dios(603). La Iglesia cree que este estado consiste en la privación de la visión de Dios y en la repercusión eterna de esta pena en todo su ser(604). Esta doctrina de fe muestra tanto la importancia de la capacidad humana de rechazar libremente a Dios, como la gravedad de ese libre rechazo. Mientras el cristiano permanece en esta vida, se sabe colocado bajo el juicio futuro de Cristo: «Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo a través del cuerpo, el bien o el mal» (2 Cor 5, 10). Sólo ante Cristo y por la luz comunicada por él, se hará inteligible el misterio de iniquidad que existe en los pecados que cometemos. Por el pecado grave, el hombre llega hasta a considerar, en su modo de obrar, «a Dios como enemigo de la propia creatura y, sobre todo, como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza para el hombre»(605).

Como el curso de nuestra vida terrena es único (Heb 9, 27)(606) y como en él se nos ofrecen gratuitamente la amistad y adopción divinas con el peligro de perderlas por el pecado, aparece claramente la seriedad de esta vida. Pues las decisiones que en ella se toman, tienen consecuencias eternas. El Señor ha colocado ante nosotros «el camino de la vida y el camino de la muerte» (Jer 21, 8). Aunque Él por la gracia preveniente y adyuvante nos invita al camino de la vida, podemos elegir cualquiera de los dos(607). Después de la elección, Dios respeta seriamente nuestra libertad, sin cesar, aquí en la tierra, de ofrecer su gracia salvífica también a aquellos que se apartan de Él. En realidad, hay que decir que Dios respeta lo que quisimos hacer libremente de nosotros mismos, sea aceptando la gracia, sea rechazando la gracia. En este sentido, se entiende que, de alguna manera, tanto la salvación, como la condenación, empiezan aquí en la tierra, en cuanto que el hombre, por sus decisiones morales, libremente se abre o se cierra a Dios. Por otra parte, se hace claramente manifiesta la grandeza de la libertad humana y de la responsabilidad que se deriva de ella.

Todo teólogo es consciente de las dificultades que el hombre, tanto en nuestro tiempo, como en cualquier otro tiempo de la historia, experimenta para aceptar la doctrina del Nuevo Testamento sobre el infierno. Por ello, debe recomendarse mucho un ánimo abierto a la sobria doctrina del Evangelio tanto para exponerla como para creerla. Contentos con esa sobriedad, debemos evitar el intento de determinar, de manera concreta, los caminos por los que pueden conciliarse la infinita Bondad de Dios y la verdadera libertad humana. La Iglesia toma en serio la libertad humana y la Misericordia divina que ha concedido la libertad al hombre, como condición para obtener la salvación. Cuando la Iglesia ora por la salvación de todos, en realidad está pidiendo por la conversión de todos los hombres que viven. Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). La Iglesia ha creído siempre que esta voluntad salvífica universal de Dios tiene, de hecho, una amplia eficacia. Nunca ha declarado la Iglesia la condenación de alguna persona en concreto. Pero porque el infierno es una verdadera posibilidad real para cada hombre, no es lícito -aunque se olvide hoy a veces en la predicación de las exequias- presuponer una especie de automatismo de la salvación. Por ello, con respecto a esta doctrina es absolutamente necesario hacer propias las palabras de Pablo: «¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!» (Rom 11, 33).

10.4. La vida terrena parece a los reencarnacionistas demasiado breve para poder ser única. Por esta razón pensaban en su iterabilidad. El cristiano debe ser consciente de la brevedad de esta vida terrena, de la que sabe que es única. Porque «todos caemos muchas veces» (Sant 3, 2) y el pecado ha estado presente frecuentemente en nuestra vida ya pasada, es necesario que «aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5, 16) y sacudiendo «todo lastre y el pecado que nos asedia, corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Heb 12, 1-2). «No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro» (Heb 13, 14). Así el cristiano, como extranjero y forastero (cf. 1 Pe 2, 11), se apresura para llegar por la vida santa a la patria (cf. Heb 11, 14), en la que estará siempre con el Señor (cf. 1 Tes 4, 17).



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