Escatología
5. El hombre llamado a la resurrección
Por: Comisión Teológica Internacional | Fuente: Comisión Teológica Internacional

5.1. El Concilio Vaticano II enseña: «El hombre, uno en cuerpo y alma, por su misma condición corporal reúne en sí los elementos del mundo material, de modo que por él llegan a su culmen y elevan al Creador su voz en una alabanza libre. [...] No se equivoca el hombre, cuando se reconoce superior a las cosas corporales y no sólo como una partícula de la naturaleza o un elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad supera al universo: retorna a esta profunda interioridad cuando se vuelve al corazón, donde le espera Dios que escruta los corazones, y donde él mismo decide sobre su propia suerte ante los ojos de Dios. Por tanto, reconociendo en sí mismo un alma espiritual e inmortal, no se engaña con una ilusión falaz, que fluya sólo de las condiciones físicas y sociales, sino que, por el contrario, alcanza la misma verdad profunda de la realidad»(538). Con estas palabras, el Concilio reconoce el valor de la experiencia espontánea y elemental, por la que el hombre se percibe a sí mismo como superior a todas las demás creaturas terrenas y, por cierto, porque es capaz de poseer a Dios por el conocimiento y el amor. La diferencia fundamental entre hombres y aquellas otras creaturas se manifiesta en el apetito innato de felicidad, que hace que el hombre rechace y deteste la idea de una total destrucción de su persona; el alma o sea «la semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se subleva contra la muerte»(539). Porque este alma inmortal es espiritual, la Iglesia mantiene que Dios es su Creador en cada hombre(540).
Esta antropología hace posible la escatología, ya citada, de doble fase. Porque esta antropología cristiana incluye una dualidad de elementos (el esquema «cuerpo-alma») que se pueden separar de modo que uno de ellos («el alma espiritual e inmortal») subsista y perviva separado, ha sido acusada, a veces, de dualismo platónico. La palabra «dualismo» se puede entender de muchas maneras. Por ello, cuando se habla de la antropología cristiana, es mejor emplear la palabra «dualidad». Por otra parte, porque en la tradición cristiana el estado de pervivencia del alma después de la muerte no es definitivo ni ontológicamente supremo, sino «intermedio» y transitorio, y ordenado, en último término, a la resurrección, la antropología cristiana tiene características completamente propias y es diversa de la conocida antropología de los platónicos(541).
5.2. Además no se puede confundir la antropología cristiana con el dualismo platónico, ya que en ella el hombre no es meramente el alma, de modo que el cuerpo sea una cárcel detestable. El cristiano no se avergüenza del cuerpo como Plotino(542). La esperanza de la resurrección parecería absurda a los platónicos, porque no se puede colocar la esperanza en una vuelta a la cárcel. Sin embargo, esta esperanza de la resurrección es central en el Nuevo Testamento. Consecuentemente con esta esperanza, la teología cristiana primitiva consideraba al alma separada, «medio hombre», y deducía de ello que era conveniente que siguiera después la resurrección: «o qué indigno sería de Dios llevar medio hombre a la salvación»(543). San Agustín expresa bien la mente común de los Padres, cuando escribe sobre el alma separada: «le es inherente un cierto apetito natural de administrar el cuerpo: [...] mientras no está el cuerpo con cuya administración se aquiete aquel apetito»(544).
5.3. La antropología de dualidad se encuentra en Mt 10, 28: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna». Este «logion», entendido a la luz de la antropología y la escatología coetáneas, nos enseña que es un hecho querido por Dios que el alma perviva después de la muerte terrestre hasta que en la resurrección se una, de nuevo, al cuerpo. No hay que admirarse de que el Señor haya pronunciado estas palabras con ocasión de dar doctrina sobre el martirio. La historia bíblica muestra que el martirio por la verdad constituye también el momento privilegiado en que se iluminan con la luz de la fe tanto la creación hecha por Dios, como la futura resurrección escatológica y la promesa de la vida eterna (cf. 2 Mac 7, 9. 11. 14. 22-23. 28 y 36).
También en el libro de la Sabiduría la revelación de la escatología de almas está en un contexto en el que se habla de aquellos que «a juicio de los hombres, han sufrido castigos» (Sab 3, 4); aunque «a los ojos de los insensatos pareció que habían muerto, y se tuvo por quebranto su partida» (Sab 3, 2), «las almas de los justos están en las manos de Dios» (Sab 3, 1). Esta escatología de almas está unida en el mismo libro con la clara afirmación del poder de Dios para realizar la resurrección de los hombres (cf. Sab 16, 13-14).
5.4. Aceptando fielmente las palabras del Señor en Mt 10, 28, «la Iglesia afirma la continuidad y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo "yo" humano, carente mientras tanto del complemento de su cuerpo»(545). Esta afirmación se funda en la dualidad característica de la antropología cristiana.
Sin embargo, a esta afirmación se oponen, a veces, unas palabras de Santo Tomás que sostiene: «mi alma no es el "yo"»(546). Pero el contexto de esta afirmación está constituido por las palabras inmediatamente precedentes, en las que se subraya que el alma es una parte del hombre. Esta doctrina es constante en la Suma teológica de Santo Tomas: cuando se objeta que «el alma separada es una substancia individual de una naturaleza racional; pero no es persona», responde: «el alma es una parte de la especie humana: y, por ello, aunque esté separada, porque, sin embargo, sigue teniendo la posibilidad de unión, no puede llamarse naturaleza individual, que es una hipóstasis, o substancia primera; de la misma manera que ni la mano ni cualquier otra de las partes del hombre. Y así no le corresponde ni la definición de persona ni el nombre»(547). En este sentido, en cuanto que el alma humana no es todo el hombre, se puede decir que no es el «yo». Más aún, hay que mantenerlo para permanezca la línea tradicional de la antropología cristiana. Por ello, de aquí deduce Santo Tomás que en el alma separada se da un apetito del cuerpo o sea de la resurrección(548). Esta posición de Santo Tomás manifiesta el sentido tradicional de la antropología cristiana, como ya lo expresaba San Agustín(549).
Sin embargo, en otro sentido se puede y se debe decir que en el alma separada subsiste «el mismo "yo" humano»(550), en cuanto que al ser el elemento consciente y subsistente del hombre, podemos sostener, gracias a ella, una verdadera continuidad entre el hombre que vivió en la tierra y el hombre que resucitará. Sin tal continuidad de un elemento humano subsistente, el hombre que vivió en la tierra y el que resucitará, no serían el mismo «yo». Por ella permanecen después de la muerte los actos de entendimiento y de voluntad hechos en la tierra. Ella, también en cuanto separada, realiza actos personales de entendimiento y voluntad. Además la subsistencia del alma separada es clara por la praxis de la Iglesia, la cual dirige oraciones a las almas de los bienaventurados.
De estas consideraciones aparece que, por una parte, el alma separada es una realidad ontológicamente incompleta, y, por otra, es consciente; más aún, según la definición de Benedicto XII, las almas de los santos plenamente purificadas «inmediatamente después de la muerte» y, por cierto, ya en cuanto separadas («antes de la reasunción de sus cuerpos»), tienen la felicidad plena de la visión intuitiva de Dios(551). Tal felicidad en sí es perfecta y no puede darse nada que sea específicamente superior. La misma transformación gloriosa del cuerpo en la resurrección es efecto de esta visión con respecto al cuerpo; en este sentido, Pablo habla de un cuerpo espiritual (cf. 1 Cor 15, 44), es decir, configurado por influjo del «espíritu», y ya no solamente del alma («cuerpo psíquico»).
La resurrección final, si se la compara con la felicidad del alma individual, implica también el aspecto eclesial, en cuanto que entonces todos los hermanos que son de Cristo, llegarán a la plenitud (cf. Apoc 6, 11). Entonces toda la creación será sometida a Cristo (cf. 1 Cor 15, 27-28) y así también ella «será liberada de la servidumbre de la corrupción» (Rom 8, 21).

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