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Escatología

4. La realidad de la resurrección en el contexto teológico actual
La esperanza cristiana de la resurrección.


Por: Comisión Teológica Internacional | Fuente: Comisión Teológica Internacional





4.1. Se entiende fácilmente que partiendo de esta doble línea doctrinal del Nuevo Testamento, toda la tradición cristiana, sin excepciones de gran importancia, haya concebido, casi hasta nuestros tiempos, el objeto de la esperanza escatológica, constituido por una doble fase. Cree que, entre la muerte del hombre y el fin del mundo, subsiste un elemento consciente del hombre al que llama con el nombre «alma» (øõ÷Þ), empleado también por la Sagrada Escritura (cf. Sab 3, 1; Mt 10, 28), y que ya en ella es sujeto de retribución. En la parusía del Señor que sucederá al final de la historia, se espera la resurrección bienaventurada de «los de Cristo» (1 Cor 15, 23). Desde entonces comienza la glorificación eterna de todo el hombre ya resucitado. La pervivencia del alma consciente, previa a la resurrección, salva la continuidad y la identidad de subsistencia entre el hombre que vivió y el hombre que resucitará, en cuanto que gracias a ella el hombre concreto nunca deja totalmente de existir.

4.2. Como excepciones frente a esta tradición, hay que recordar a ciertos cristianos del siglo segundo que, bajo el influjo de los gnósticos, se oponían a la «salvación de la carne», llamando resurrección a la mera pervivencia del alma dotada de cierta corporeidad(528). Otra excepción es el thnetopsiquismo de Taciano y de algunos herejes árabes que pensaban que el hombre moría totalmente de modo que ni siquiera el alma pervivía. La resurrección final se concebía como nueva creación de la nada, del hombre muerto(529).

Después de ellos hasta casi nuestros tiempos no ha habido prácticamente ninguna excepción en este tema. Martín Lutero no constituye una excepción, ya que admite la doble fase escatológica. Para él la muerte es «la separación del alma, del cuerpo»(530); mantiene que las almas perviven entre la muerte y la resurrección final, aunque haya expresado dudas acerca del modo de concebir el estado en que las almas se encuentran entre la muerte y la resurrección: a veces admitió que los santos quizás en el cielo oran por nosotros(531), mientras que otras opinó que las almas se hallan en un estado de sueño(532). No negó nunca, por tanto, el estado intermedio, aunque que lo haya interpretado de modo diverso que la fe católica(533). La ortodoxia luterana conservó la doble fase, dejando la idea de sueño de las almas.

4.3. Por primera vez en el siglo XX comenzó a propagarse la negación de la doble fase. La nueva tendencia apareció en algunos teólogos evangélicos y, por cierto, en la forma de muerte total (Ganztod, como el antiguo thnetopsiquismo) y de resurrección al final de los tiempos, explicada como creación de la nada. Las razones a las que se apelaba, eran prevalentemente confesionales: el hombre no podría presentar nada propio ante Dios, no sólo las obras, sino tampoco la misma inmortalidad natural del alma; la seriedad de la muerte sólo se mantendría si ésta afecta a todo el hombre y no sólo al cuerpo; siendo la muerte pena del pecado y todo el hombre pecador, todo el hombre debe ser afectado por la muerte, sin que se entienda que el alma en la que se encuentra la raíz del pecado, se libre de la muerte. Poco a poco, casi de modo programático, comenzó a proponerse un nuevo esquema escatológico: sólo la resurrección en lugar de la inmortalidad y la resurrección.

Esta primera forma de la tendencia presentaba muchísimas dificultades: si todo el hombre desaparece en la muerte, Dios podría crear un hombre completamente igual a él; pero si entre ambos no se da continuidad existencial, el segundo hombre no puede ser el mismo que el primero. Por ello, se elaboraron nuevas teorías que afirman la resurrección en la muerte, para que no surja un espacio vacío entre la muerte y la parusía. Hay que confesar que de este modo se introduce un tema desconocido para el Nuevo Testamento, ya que el Nuevo Testamento habla siempre de la resurrección en la parusía, y nunca en la muerte del hombre(534).

Cuando la nueva tendencia comenzó a pasar a algunos teólogos católicos, la Santa Sede, con una carta enviada a todos los Obispos(535), la consideró disonante con el legítimo pluralismo teológico.

4.4. Todas estas teorías deberían discernirse con una consideración serena del testimonio bíblico y de la historia de la tradición tanto con respecto a la escatología misma, como con respecto a sus presupuestos antropológicos. Pero además puede preguntarse con razón si puede despojarse fácilmente a una teoría, de todos los motivos que le dieron origen. Ello debe tenerse especialmente en cuenta, cuando de hecho una determinada línea teológica ha nacido de principios confesionales no católicos.

Además habría que atender a las desventajas para el diálogo ecuménico que nacerían de la nueva concepción. Aunque la nueva tendencia ha nacido entre algunos teólogos evangélicos, no corresponde a la gran tradición de la ortodoxia luterana que también ahora es prevalente entre los fieles de esa confesión. Entre los cristianos orientales separados es todavía más fuerte la persuasión acerca de una escatología de almas que es previa a la resurrección de los muertos. Todos estos cristianos piensan que es necesaria la escatología de almas, porque consideran la resurrección de los muertos en conexión con la parusía de Cristo(536). Más aún, si miramos fuera del ámbito de las confesiones cristianas, hay que considerar a la escatología de almas es un bien muy común para las religiones no cristianas.

En el pensamiento cristiano tradicional, la escatología de almas es un estado en el que, a lo largo de la historia, los hermanos en Cristo se reúnen sucesivamente con Él y en Él. El pensamiento de la unión familiar de las almas por la muerte, que no es completamente ajena a no pocas religiones africanas, ofrece una oportunidad para el diálogo interreligioso con ellas. Hay que añadir ulteriormente que en el cristianismo tal reunión llega a su culminación al final de la historia, cuando los hombres sean conducidos por la resurrección a su plena realidad existencial, también corpórea.

4.5. En la historia de esta cuestión se propuso más tarde otro modo de argumentación a favor de la fase única. Se objeta que el esquema de doble fase habría nacido por una contaminación producida por el helenismo. La única idea bíblica sería la de la resurrección; por el contrario, la inmortalidad del alma procedería de la filosofía griega. Consecuentemente se propone purificar a la escatología cristiana de toda adición del helenismo.

Hay que reconocer que la idea de resurrección es bastante reciente en la Sagrada Escritura (Dan 12, 1-3 es el primer texto indiscutido sobre ella). La más antigua concepción de los judíos afirmaba más bien la persistencia de las sombras de los hombres que habían vivido (refaim), en un domicilio común de los muertos (sheol), diverso de los sepulcros. Esta manera de pensar es bastante parecida al modo como Homero hablaba de las almas (øõ÷áß) en el averno (_äçò). Este paralelismo entre la cultura hebrea y la griega que se da también en otras épocas, hace dudar de su supuesta oposición. En la antigüedad, por todas las riberas del Mar Mediterráneo, las semejanzas culturales y los influjos mutuos fueron mucho mayores de lo que se piensa frecuentemente, sin que constituyan un fenómeno posterior a la Sagrada Escritura y contaminante de su mensaje.

Por otra parte, no puede suponerse que sólo las categorías hebreas hayan sido instrumento de la revelación divina. Dios ha hablado «muchas veces y de muchos modos» (Heb 1, 1). No puede pensarse que los libros de la Sagrada Escritura en los que la inspiración se expresa con palabras y conceptos culturales griegos, tengan, por ello, una autoridad menor que los que han sido escritos en hebreo o arameo.

Finalmente no es posible hablar de mentalidad hebrea y griega como si se tratara de unidades simples. Las concepciones escatológicas imperfectas de los patriarcas han ido siendo pulidas por la revelación posterior. Por su parte, la filosofía griega no se reduce al platonismo o al neoplatonismo. Esto no puede olvidarse, ya que existen muchos contactos de los Padres no sólo con el platonismo medio, sino también con el estoicismo(537). Por esta razón, habría que exponer, de modo muy matizado, tanto la historia de la revelación y de la tradición, como las relaciones entre la cultura hebrea y griega.





 



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