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Escatología

3. La comunión con Cristo inmediatamente después de la muerte según el Nuevo Testamento
La esperanza cristiana de la resurrección


Por: Comisión Teológica Internacional | Fuente: Comisión Teológica Internacional





3.1. Los cristianos primitivos, sea que pensaran que la parusía estaba cercana, sea que la considerasen todavía muy distante, aprendieron pronto por experiencia que algunos de ellos eran arrebatados por la muerte antes de la parusía. Preocupados por la suerte de ellos (cf. 1 Tes 4, 13), Pablo los consuela recordándoles la doctrina de la resurrección futura de los fieles difuntos: «los que murieron en Cristo, resucitarán en primer lugar» (1 Tes 4, 16). Esta persuasión de fe dejaba abiertas otras cuestiones que tuvieron que plantearse pronto; por ejemplo: ¿en qué estado se encontraban entre tanto tales difuntos? Para esta cuestión no fue necesario elaborar una respuesta completamente nueva, pues en toda la tradición bíblica se encontraban, ya hacía tiempo, elementos para resolverla. El pueblo de Israel desde los primeros estadios de su historia que nos son conocidos, pensaba que algo de los hombres subsistía después de su muerte. Este pensamiento aparece ya en la más antigua representación de lo que se llama el sheol.

3.2. La antigua concepción judía acerca del sheol en su primer estadio de evolución era bastante imperfecta. Se pensaba que en contraposición al cielo estaba debajo de la tierra. De ahí se formó la expresión «bajar al sheol» (Gén 37, 35; Sal 55, 16 etc.). Los que habitan allí, se llaman refaim. Esta palabra hebrea carece de singular, lo cual parece indicar que no se prestaba atención a una vida individual de ellos. No alaban a Dios y están separados de Él. Todos, como una masa anónima, tienen la misma suerte. En este sentido, la persistencia posmortal que se les atribuye, no incluye todavía la idea de retribución.

3.3. Simultáneamente con esta representación empezó a aparecer la fe israelítica que cree que la Omnipotencia de Dios puede sacar a alguien del sheol (1 Sam 2, 6; Am 9, 2 etc.). Por esta fe se prepara la idea de resurrección de los muertos, que se expresa en Dan 12, 2 y en Is 26, 19, y que en tiempos de Jesús prevalece ampliamente entre los judíos, con la conocida excepción de los Saduceos (cf. Mc 12, 18).

La fe en la resurrección introdujo una evolución en el modo de concebir el sheol. El sheol ya no se concibe como el domicilio común de los muertos, sino como dividido en dos estratos, de los que uno está destinado a los justos, y el otro a los impíos. Los muertos se encuentran en ellos hasta el juicio último, en el que se pronunciará la sentencia definitiva; pero ya en estos diversos estratos reciben, de modo inicial, la retribución debida. Este modo de concebir aparece en el Henoch etiópico 22(527) y se presupone en Lc 16, 19-31.

3.4. En el Nuevo Testamento se afirma un cierto estado intermedio de este tipo en cuanto que se enseña pervivencia inmediatamente después de la muerte como tema diverso de la resurrección, la cual, por cierto, en el Nuevo Testamento nunca se pone en conexión con la muerte. Debe añadirse que al afirmar esta pervivencia, se subraya, como idea central, la comunión con Cristo.

Así Jesus crucificado promete al buen ladrón: «Yo te aseguro (_ìÞv): hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). El Paraíso es un término técnico judío que corresponde a la expresión «Gan Eden». Pero se afirma, sin describirlo ulteriormente; el pensamiento fundamental es que Jesús quiere recibir al buen ladrón en comunión consigo inmediatamente después de la muerte. Esteban en la lapidación manifiesta la misma esperanza; en las palabras «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la derecha de Dios» (Hech 7, 56), juntamente con su postrema oración «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hech 7, 59), afirma que espera ser recibido inmediatamente por Jesús en su comunión.

En Jn 14, 1-3, Jesús habla a sus discípulos de las muchas moradas que hay en casa de su Padre. «Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros» (v. 3). Apenas puede dudarse de que estas palabras se refieren al tiempo de la muerte de los discípulos, y no a la parusía, la cual en el Evangelio de Juan pasa a un segundo plano (aunque no en la 1 carta de Juan). De nuevo, la idea de comunión con Cristo es central. Él no es sólo «el Camino, [sino] la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Debe advertirse la semejanza verbal entre ìováß (moradas) y ìÝvåév (permanecer). Jesús nos exhorta, refiriéndose a la vida terrena: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15, 4), «permaneced en mi amor» (v. 9). Ya en la tierra, «si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada (ìovÞv) en él» (Jn 14, 23). Esta «morada» que es comunión, se hace más intensa más allá de la muerte.

3.5. Pablo merece especial atención. Sobre el estado intermedio, su principal pasaje es Flp 1, 21-24: «Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger. Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros». En el v. 21, «la vida» («el vivir», ô_ æ_v) es sujeto, y «Cristo», predicado. Así se subraya siempre la idea de comunión con Cristo, la cual, comenzada en la tierra, se proclama como el único objeto de esperanza en el estado después de la muerte: «estar con Cristo» (v. 23). La comunión después de la muerte se hace más intensa, y, por ello, es deseable el estado posmortal.

Pablo no procede con desprecio de la vida terrena; finalmente se decide por la permanencia «en la carne» (cf. v. 25). Pablo no desea naturalmente la muerte (cf. 2 Cor 5, 2-4). Perder el cuerpo es doloroso. Es habitual contraponer las actitudes de Sócrates y de Jesús ante la muerte. Sócrates considera la muerte una liberación del alma con respecto a la cárcel o sepulcro (ó_ìá) del cuerpo (óìá); Jesús que se entrega por los pecados del mundo (cf. Jn 10, 15), en el huerto de Getsemaní siente también pavor ante la muerte que se acerca (cf. Mc 14, 32). La actitud de Pablo no carece de semejanza con la de Jesús. El estado posmortal sólo es deseable, porque en el Nuevo Testamento implica siempre (es excepción Lc 16, 19-31, donde el contexto es del todo diverso) unión con Cristo.

Sería completamente falso afirmar que Pablo ha tenido una evolución, por la que habría pasado de la fe en la resurrección a la esperanza de inmortalidad. Ambas cosas coexisten en él desde el principio. En la misma carta a los Filipenses en la que expone el motivo por el que se puede desear el estado intermedio, habla, con gran alegría, de la espera de la parusía del Señor, «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Por tanto, el estado intermedio se concibe como transitorio, sin duda deseable por la unión que implica con Cristo, pero de modo que la esperanza suprema permanezca siempre la resurrección de los cuerpos: «En efecto, es necesario que este ser corruptible [es decir, el cuerpo] se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad" (1 Cor 15, 53).





 



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