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Dios no es Dios de muertos, sino de vivos
Meditación al Evangelio 21 de noviembre de 2020 (audio)


Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net



Es curioso que mientras muchos dudan de la resurrección o niegan la posibilidad de una vida más allá, se multiplican las diferentes formas de creencia en una continuación de la vida. Muy pocos aceptan que al morir termina todo. Y aún ellos, buscan de alguna forma la inmortalidad con sus obras, con su recuerdo, con sus escritos… Pero Jesús nos habla de algo mucho más importante: de la vida plena que compartiremos con Dios.

No se detiene en detalles, pero despierta en nosotros la esperanza en otra vida, distinta, pero más plena. Los saduceos con sus preguntas tramposas demuestran la actitud que sostienen con sus creencias y que los lleva a una postura de vida fácil, donde termina todo con la muerte y que les permitía continuar con una vida comodina aprovechando sus posturas privilegiadas y disfrutando de sus puestos tanto religiosos como políticos.

Llevando una vida segura, de placer y de riqueza, les impide pensar en la vida eterna. Nosotros proclamamos la resurrección de Jesús y a partir de ella, nuestra esperanza en la propia resurrección. No como un escape o un conformismo ante las situaciones difíciles, sino como una esperanza que nos sostiene en la lucha diaria, que nos ayuda a situar en su verdadera dimensión cada uno de los problemas y a sentir en medio de nosotros al Dios de la Vida.

Cada día nosotros también queremos luchar por la vida en sus más variadas manifestaciones: la vida de la naturaleza, la vida de los pequeños y no nacidos, la vida de los pobres y marginados, la vida de nuestros ancianos. Si Dios es Dios de vida, nosotros también estamos comprometidos a seguir sosteniendo y defendiendo esas manifestaciones de vida.

Tengamos hoy la seguridad de esta presencia de Dios en medio de nosotros y asumamos con seriedad esta lucha contra una cultura de muerte. Que el Dios de la vida nos sostenga en esperanza. Él nos llama a la vida, a la fraternidad, y debemos responder de la misma manera: siendo testigos de esa vida y de esa esperanza prometidas por Dios en la resurrección.










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