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«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13)
Reflexión del domingo XXXII del Tiempo Ordinario Ciclo A


Por: Roque Pérez Ribero | Fuente: Catholic.net



Nos regala el Señor en este domingo XXXII del Tiempo Ordinario, siempre extraordinario, una Palabra que nos anuncia ya la cercanía del tiempo litúrgico de Adviento, ya que nos invita de forma totalmente explícita a estar vigilantes: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13). Además, en toda la Liturgia de la Palabra que nos ofrece la Iglesia hoy nos subraya el Señor la base indispensable de esta actitud de vigilancia a la que se nos invita: La Sabiduría. Así, ya en la primera lectura se nos proclama: «Quien madrugue para buscar la Sabiduría, no se fatigará, que a su puerta la encontrará sentada. Pensar en ella es la perfección de la prudencia, y quien por ella se desvele, pronto se verá sin preocupaciones» (Sab 6,14-15).

Porque nuestra vida en la tierra es un combate continuo. Y para poder combatir es necesario el discernimiento para saber lo que viene del aliado y lo que viene del enemigo. Pero además del discernimiento es necesaria la rectitud de intención. Porque en todo combate hay dos frentes, y no se puede estar en ambos a la vez, sino que el Señor nos invita a definirnos, a ver quién es nuestro aliado y quién nuestro enemigo, y cómo combatir contra él: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30).

El Señor nos invita a unas bodas eternas con Él en el cielo, a participar plenamente de su naturaleza divina durante toda la eternidad, que es la plenitud, la meta de nuestra existencia. Pero el Señor no nos fuerza nunca. Es un caballero. Respeta siempre nuestra libertad. Intenta siempre seducirnos buscando siempre, porque nos ama con verdadera locura, que le respondamos libre y voluntariamente, como lo hizo nuestra madre, la siempre Virgen María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Y para poder vivir de forma plena y eterna en el Cielo la intimidad con el Señor disfrutando de SER UNO CON ÉL, el mismo Jesucristo nos ha señalado el camino, SER UNO CON ÉL en esta vida: «Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,24-26).

Así, mientras rezo con la Palabra de hoy resuenan en mi corazón las Palabras que escribió San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual: «Porque, para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos» (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual).

Para poder vivir unidos plenamente con Cristo en el Cielo es necesario estar unidos a Él, SER UNO CON ÉL en la Cruz en esta vida terrena. Por eso, no cesará de llamarnos a ser sabios, no según la sabiduría del mundo, sino con la sabiduría de Dios: «Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra (1 Co 2, 1-2.6-7).



Por tanto, como nos dirá San Pablo: «¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, llevando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno» (Ef 6,14-16); y como nos recordará San Pedro: «Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe». (1 Pe 5,8-9). Así, en palabras del mismo Jesucristo: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41).

Sería terrible que al final de nuestra vida nos sucediese cómo se proclama en el pasaje del Evangelio de hoy: «Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él respondió: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,10-12).

Así, el Señor llama hoy a despertar, a valorar «la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos» (Ef 1,18), a buscar, tal y como rezamos en el Salmo Responsorial, estar con el Señor: «¡Oh, Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo! Mi alma está sedienta de Ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra seca, agostada, sin agua» (Sal 62,1); o cómo se nos dice en otro salmo: «Una cosa he pedido al Señor, sólo eso buscaré: morar en la Casa del Señor eternamente para gustar la dulzura del Señor» (Sal 26,4). O, ¿qué buscamos en nuestra vida? ¿Para qué vivimos? O, mejor, ¿para quién vivimos? ¿Qué queremos? «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).

Así, dirá San Juan en una de sus epístolas: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2,15-17). Feliz domingo.









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